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EWTN RED GLOBAL CATOLICA

La catequesis debe llegar al corazón de las personas

ROMA,  (ZENIT).- Días atrás se realizó en Roma el XII Congreso Europeo para la Catequesis con el tema “Iniciación cristiana y nueva Evangelización”, organizado por el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE).

ZENIT conversó con monseñor Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia y miembro de la comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal Española.

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A su entender, ¿cuál es el desafío principal de la catequesis en Europa?

-Mons. Rodríguez: La secularización ambiental. Realmente hoy descubrimos que muchos en Europa viven como si Dios no existiese. Y algunos jóvenes piensan que no es importante para la vida. El desafío es hablarles de Cristo y que él es importante y necesario para sus vidas.

¿La nueva evangelización ayudará en esto?

-Mons. Rodríguez: Creo que la nueva evangelización es un proceso histórico que viene desde los papas anteriores. Ya el llamado de Juan XIII al Concilio Vaticano II, era una nueva evangelización…  Lo importante es que esta responda a las necesidades y urgencias de un mundo que está cambiando mucho. Dios lo cambia porque es para el hombre y Dios está presente en la vida de la sociedad, sean cuales sean las condiciones de esta sociedad y las relaciones de esta sociedad con Dios.

¿Cómo acercar el mensaje a los jóvenes ?

-Mons. Rodríguez: Los jóvenes viven en unas circunstancias ambientales en las que muchas veces no han oído hablar de Dios o de Cristo. Hay chicos que nacen en familias que no los educan en la fe y después se encuentran en contextos ambientales o frente a los medios de comunicación donde Dios no está presente como quisiéramos. Tenemos que hablarles de él y ponerlos en contacto con Jesús.

¿Cómo deben ser las líneas principales de este mensaje?

-Mons. Rodríguez: Decirles que es importante para tu vida. Que tienes muchas cosas y muchas están resueltas –-aún con la crisis--, pero que hay algo en tu vida que es más importante que todo eso que tienes. Y que te va a dar la solucion a tu vida, a tus problemas, la solución a lo que en el fondo de tu corazón buscas y que no te lo resuelven tantas cosas materiales que tienes. Y eso, modestamente, nosotros lo tenemos y te lo proponemos, y es Jesucristo.

¿Qué se debe mejorar a nivel metodológico en la catequesis?

-Mons. Rodríguez: Creo que en los últimos años se ha hablado muchísimo de método y se ha avanzado, pero ha sido algo formal y sí, ahora sabemos cómo hacer las cosas. Pero lo que debemos hacer fundamentalmente es intentar llegar a la vida y al corazón de las personas, y se llega con el testimonio. Hay quien dice que la catequesis es un acto de enamoramiento porque es un encuentro de la persona con Jesús, de su propia libertad con Jesús. Se debe ofrecer una propuesta personal hecha vida, con testimonio, para que haya un enamoramiento de Cristo.

¿Qué rol cumple la familia en este proceso?

-Mons. Rodríguez: Es fundamental. Nada se puede hacer sin la familia. También se debe implicar a la familia en los procesos de la catequesis. Hoy se habla de la catequesis intergeneracional. Es la familia que fecunda la fe del niño, pero también los chicos fecundan la fe de sus padres. Yo lo veo en mi diócesis, son tantos padres los que recuperan el sentido de la fe y de la vida cristiana por el contacto con la parroquia y con la comunidad cristiana a través de los sacramentos de sus hijos. Con tal de que esto se haga bien y se invite a los padres y se les diga: sin vosotros no se puede educar a sus hijos en la fe. Ellos necesitan de la credibilidad que les da vuestra vida, la credibilidad que les da un mensaje vivido, aceptado y valorado por sus padres.

Cuéntenos de su diócesis de Plasencia…

-Mons. Rodríguez: Es una diócesis bellísima. Allí están doscientas y dos parroquias, y en las visitas pastorales me encuentro con comunidades cristianas, gente, que acogen al obispo como su pastor y que esperan que su palabra los aliente y los anime en la fe. Tengo una diócesis en la que hay mucho que trabajar y servir, en la que todavía se acoge el mensaje, y aunque tenemos dificultades podemos hacer catequesis de iniciación cristiana.

Finalmente, ¿puede enviarle un mensaje a los lectores?

-Mons. Rodríguez: Con mucho gusto saludo a los lectores que son muchos, porque a través de ZENIT nos entra la vida de la Iglesia y el pensamiento, las opiniones, hechos y acontecimientos, y nos pone en contacto con la universalidad de la Iglesia. A veces veo que las hojas diocesanas utilizan ZENIT. Tengo que felicitarles porque nos están nutriendo de actualidad y del pensamiento cristiano.

Homilia del Papa para el Domingo de Ramos

Queridos hermanos y hermanas!

El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).

En la última parte del trayecto se produce un acontecimiento particular, que aumenta la expectativa sobre lo que está por suceder y hace que la atención se centre todavía más en Jesús. A lo largo del camino, al salir de Jericó, está sentado un mendigo ciego, llamado Bartimeo. Apenas oye decir que Jesús de Nazaret está llegando, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47). Tratan de acallarlo, pero en vano, hasta que Jesús lo manda llamar y le invita a acercarse. «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta. Y él contesta: «Rabbuní, que vea» (v. 51). Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha salvado». Bartimeo recobró la vista y se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). Y he aquí que, tras este signo prodigioso, acompañado por aquella invocación: «Hijo de David», un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud, suscitando en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos a Jerusalén, no sería quizás el Mesías, el nuevo David? Y, con su ya inminente entrada en la ciudad santa, ¿no habría llegado tal vez el momento en el que Dios restauraría finalmente el reino de David?

También la preparación del ingreso de Jesús con sus discípulos contribuye a aumentar esta esperanza. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un pollino de asna que encontrarían a lo largo del camino. Encuentran efectivamente el pollino, lo desatan y lo llevan a Jesús. A este punto, el ánimo de los discípulos y los otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima del pollino; otros alfombran con ellos el camino de Jesús a medida que avanza a grupas del asno. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, en este contexto, se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10). Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Y todo el mundo está allí, con creciente expectación por lo que Cristo hará una vez que entre en su ciudad.

Pero, ¿cuál es el contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Así, a la luz de Cristo, la humanidad se reconoce profundamente unida y cubierta por el manto de la bendición divina, una bendición que todo lo penetra, todo lo sostiene, lo redime, lo santifica.

Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. En el Libro de la Sabiduría, leemos: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste;… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sb 11,23-24.26).

Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?

Queridos jóvenes que os habéis reunido aquí. Esta es de modo particular vuestra Jornada en todo lugar del mundo donde la Iglesia está presente. Por eso os saludo con gran afecto. Que el Domingo de Ramos sea para vosotros el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de vuestra vida de cristianos. Como he querido recordar en el mensaje a los jóvenes para esta Jornada –«Alegráos siempre en el Señor» (Flp 4,4) –, esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.

Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo... Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas... Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: "Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor"» (PG 97, 994). Amén.

© Librería Editorial Vaticana

"Alegráos siempre en el Señor"
Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud

«¡Alegráos siempre en el Señor!» (Flp 4,4)

Queridos jóvenes:

Me alegro de dirigirme de nuevo a vosotros con ocasión de la XXVII Jornada Mundial de la Juventud. El recuerdo del encuentro de Madrid el pasado mes de agosto sigue muy presente en mi corazón. Ha sido un momento extraordinario de gracia, durante el cual el Señor ha bendecido a los jóvenes allí presentes, venidos del mundo entero. Doy gracias a Dios por los muchos frutos que ha suscitado en aquellas jornadas y que en el futuro seguirán multiplicándose entre los jóvenes y las comunidades a las que pertenecen. Ahora nos estamos dirigiendo ya hacia la próxima cita en Río de Janeiro en el año 2013, que tendrá como tema «¡Id y haced discípulos a todos los pueblos!» (cf. Mt 28,19).

Este año, el tema de la Jornada Mundial de la Juventud nos lo da la exhortación de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses: «¡Alegráos siempre en el Señor!» (4,4). En efecto, La alegría es un elemento central de la experiencia cristiana. También experimentamos en cada Jornada Mundial de la Juventud una alegría intensa, la alegría de la comunión, la alegría de ser cristianos, la alegría de la fe. Esta es una de las características de estos encuentros. Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana.

La Iglesia tiene la vocación de llevar la alegría al mundo, una alegría auténtica y duradera, aquella que los ángeles anunciaron a los pastores de Belén en la noche del nacimiento de Jesús (cf.Lc 2,10). Dios no sólo ha hablado, no sólo ha cumplido signos prodigiosos en la historia de la humanidad, sino que se ha hecho tan cercano que ha llegado a hacerse uno de nosotros, recorriendo las etapas de la vida entera del hombre. En el difícil contexto actual, muchos jóvenes en vuestro entorno tienen una inmensa necesidad de sentir que el mensaje cristiano es un mensaje de alegría y esperanza. Quisiera reflexionar ahora con vosotros sobre esta alegría, sobre los caminos para encontrarla, para que podáis vivirla cada vez con mayor profundidad y ser mensajeros de ella entre los que os rodean.

1. Nuestro corazón está hecho para la alegría

La aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del ser humano. Más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar «sabor» a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos.

Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película.

Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos encontramos en nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro, que nos podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos no es quizá una ilusión y una huída de la realidad. Hay muchos jóvenes que se preguntan: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría plena? Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo podemos distinguir las alegrías verdaderamente duraderas de los placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los momentos más difíciles?

2. Dios es la fuente de la verdadera alegría

En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman. Dios nos ha creado a su imagen por amor y para derramar sobre nosotros su amor, para colmarnos de su presencia y su gracia. Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la divina: yo soy amado, tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado personalmente por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista.

Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama.

En efecto, el encuentro con Jesús produce siempre una gran alegría interior. Lo podemos ver en muchos episodios de los Evangelios. Recordemos la visita de Jesús a Zaqueo, un recaudador de impuestos deshonesto, un pecador público, a quien Jesús dice: «Es necesario que hoy me quede en tu casa». Y san Lucas dice que Zaqueo «lo recibió muy contento» (Lc19,5-6). Es la alegría del encuentro con el Señor; es sentir el amor de Dios que puede transformar toda la existencia y traer la salvación. Zaqueo decide cambiar de vida y dar la mitad de sus bienes a los pobres.

En la hora de la pasión de Jesús, este amor se manifiesta con toda su fuerza. Él, en los últimos momentos de su vida terrena, en la cena con sus amigos, dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él.

Los Evangelios relatan que María Magdalena y otras mujeres fueron a visitar el sepulcro donde habían puesto a Jesús después de su muerte y recibieron de un Ángel una noticia desconcertante, la de su resurrección. Entonces, así escribe el Evangelista, abandonaron el sepulcro a toda prisa, «llenas de miedo y de alegría», y corrieron a anunciar la feliz noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro y dijo: «Alegraos» (Mt 28,8-9). Es la alegría de la salvación que se les ofrece: Cristo es el viviente, es el que ha vencido el mal, el pecado y la muerte. Él está presente en medio de nosotros como el Resucitado, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,21). El mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida, sino que la fe en Cristo Salvador nos dice que el amor de Dios es el que vence.

Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios, capaces de vivir y gustar su bondad, de dirigirnos a Él con la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su presencia y su acción en nosotros.

3. Conservar en el corazón la alegría cristiana

Aquí nos preguntamos: ¿Cómo podemos recibir y conservar este don de la alegría profunda, de la alegría espiritual?

Un Salmo dice: «Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón» (Sal 37,4). Jesús explica que «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44). Encontrar y conservar la alegría espiritual surge del encuentro con el Señor, que pide que le sigamos, que nos decidamos con determinación, poniendo toda nuestra confianza en Él. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de arriesgar vuestra vida abriéndola a Jesucristo y su Evangelio; es el camino para tener la paz y la verdadera felicidad dentro de nosotros mismos, es el camino para la verdadera realización de nuestra existencia de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.

Buscar la alegría en el Señor: la alegría es fruto de la fe, es reconocer cada día su presencia, su amistad: «El Señor está cerca» (Flp 4,5); es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. El «Año de la Fe», que iniciaremos dentro de pocos meses, nos ayudará y estimulará. Queridos amigos, aprended a ver cómo actúa Dios en vuestras vidas, descubridlo oculto en el corazón de los acontecimientos de cada día. Creed que Él es siempre fiel a la alianza que ha sellado con vosotros el día de vuestro Bautismo. Sabed que jamás os abandonará. Dirigid a menudo vuestra mirada hacia Él. En la cruz entregó su vida porque os ama. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. Un cristiano nunca puede estar triste porque ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida por él.

Buscar al Señor, encontrarlo, significa también acoger su Palabra, que es alegría para el corazón. El profeta Jeremías escribe: «Si encontraba tus palabras, las devoraba: tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón» (Jr 15,16). Aprended a leer y meditar la Sagrada Escritura; allí encontraréis una respuesta a las preguntas más profundas sobre la verdad que anida en vuestro corazón y vuestra mente. La Palabra de Dios hace que descubramos las maravillas que Dios ha obrado en la historia del hombre y que, llenos de alegría, proclamemos en alabanza y adoración: «Venid, aclamemos al Señor… postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro» (Sal 95,1.6).

La Liturgia en particular, es el lugar por excelencia donde se manifiesta la alegría que la Iglesia recibe del Señor y transmite al mundo. Cada domingo, en la Eucaristía, las comunidades cristianas celebran el Misterio central de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo. Este es un momento fundamental para el camino de cada discípulo del Señor, donde se hace presente su sacrificio de amor; es el día en el que encontramos al Cristo Resucitado, escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su Cuerpo y su Sangre. Un Salmo afirma: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118,24). En la noche de Pascua, la Iglesia canta el Exultet, expresión de alegría por la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte: «¡Exulte el coro de los ángeles… Goce la tierra inundada de tanta claridad… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo en fiesta!». La alegría cristiana nace del saberse amados por un Dios que se ha hecho hombre, que ha dado su vida por nosotros y ha vencido el mal y la muerte; es vivir por amor a él. Santa Teresa del Niño Jesús, joven carmelita, escribió: «Jesús, mi alegría es amarte a ti» (Poesía 45/7).

4. La alegría del amor

Queridos amigos, la alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce alegría, y la alegría es una forma del amor. La beata Madre Teresa de Calcuta, recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35), decía: «La alegría es una red de amor para capturar las almas. Dios ama al que da con alegría. Y quien da con alegría da más». El siervo de Dios Pablo VI escribió: «En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es un don» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 mayo 1975).

Pensando en los diferentes ámbitos de vuestra vida, quisiera deciros que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos. Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan que seamos sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es perseverante también y sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale para el trabajo, los estudios y los servicios que desempeñáis. La fidelidad y la perseverancia en el bien llevan a la alegría, aunque ésta no sea siempre inmediata.

Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien común. Esforzaos por estudiar con seriedad; cultivad vuestros talentos y ponedlos desde ahora al servicio del prójimo. Buscad el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero.

A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría especial; es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la llamada de Cristo a la vida religiosa, monástica, misionera o al sacerdocio. Tened la certeza de que colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con Él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que Él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia.

Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de vuestras comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp4,4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe así la primera comunidad cristiana: «Partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Empleaos también vosotros a fondo para que las comunidades cristianas puedan ser lugares privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros.

5. La alegría de la conversión

Queridos amigos, para vivir la verdadera alegría también hay que identificar las tentaciones que la alejan. La cultura actual lleva a menudo a buscar metas, realizaciones y placeres inmediatos, favoreciendo más la inconstancia que la perseverancia en el esfuerzo y la fidelidad a los compromisos. Los mensajes que recibís empujar a entrar en la lógica del consumo, prometiendo una felicidad artificial. La experiencia enseña que el poseer no coincide con la alegría. Hay tantas personas que, a pesar de tener bienes materiales en abundancia, a menudo están oprimidas por la desesperación, la tristeza y sienten un vacío en la vida. Para permanecer en la alegría, estamos llamados a vivir en el amor y la verdad, a vivir en Dios.

La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón.

Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas, Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.

Queridos jóvenes, ¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada. Pedid al Espíritu Santo la luz para saber reconocer vuestro pecado y la capacidad de pedir perdón a Dios acercándoos a este Sacramento con constancia, serenidad y confianza. El Señor os abrirá siempre sus brazos, os purificará y os llenará de su alegría: habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).

6. La alegría en las pruebas

Al final puede que quede en nuestro corazón la pregunta de si es posible vivir de verdad con alegría incluso en medio de tantas pruebas de la vida, especialmente las más dolorosas y misteriosas; de si seguir al Señor y fiarse de Él da siempre la felicidad.

La respuesta nos la pueden dar algunas experiencias de jóvenes como vosotros que han encontrado precisamente en Cristo la luz que permite dar fuerza y esperanza, también en medio de situaciones muy difíciles. El beato Pier Giorgio Frassati (1901-1925) experimentó tantas pruebas en su breve existencia; una de ellas concernía su vida sentimental, que le había herido profundamente. Precisamente en esta situación, escribió a su hermana: «Tú me preguntas si soy alegre; y ¿cómo no podría serlo? Mientras la fe me de la fuerza estaré siempre alegre. Un católico no puede por menos de ser alegre... El fin para el cual hemos sido creados nos indica el camino que, aunque esté sembrado de espinas, no es un camino triste, es alegre incluso también a través del dolor» (Carta a la hermana Luciana, Turín, 14 febrero 1925). Y el beato Juan Pablo II, al presentarlo como modelo, dijo de él: «Era un joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de su vida» (Discurso a los jóvenes, Turín, 13 abril 1980).

Más cercana a nosotros, la joven Chiara Badano (1971-1990), recientemente beatificada, experimentó cómo el dolor puede ser transfigurado por el amor y estar habitado por la alegría. A la edad de 18 años, en un momento en el que el cáncer le hacía sufrir de modo particular, rezó al Espíritu Santo para que intercediera por los jóvenes de su Movimiento. Además de su curación, pidió a Dios que iluminara con su Espíritu a todos aquellos jóvenes, que les diera la sabiduría y la luz: «Fue un momento de Dios: sufría mucho físicamente, pero el alma cantaba» (Carta a Chiara Lubich, Sassello, 20 de diciembre de 1989). La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su bien y el de los demás. A menudo repetía: «Jesús, si tú lo quieres, yo también lo quiero».

Son dos sencillos testimonios, entre otros muchos, que muestran cómo el cristiano auténtico no está nunca desesperado o triste, incluso ante las pruebas más duras, y muestran que la alegría cristiana no es una huida de la realidad, sino una fuerza sobrenatural para hacer frente y vivir las dificultades cotidianas. Sabemos que Cristo crucificado y resucitado está con nosotros, es el amigo siempre fiel. Cuando participamos en sus sufrimientos, participamos también en su alegría. Con Él y en Él, el sufrimiento se transforma en amor. Y ahí se encuentra la alegría (cf. Col1,24).

7. Testigos de la alegría

Queridos amigos, para concluir quisiera alentaros a ser misioneros de la alegría. No se puede ser feliz si los demás no lo son. Por ello, hay que compartir la alegría. Id a contar a los demás jóvenes vuestra alegría de haber encontrado aquel tesoro precioso que es Jesús mismo. No podemos conservar para nosotros la alegría de la fe; para que ésta pueda permanecer en nosotros, tenemos que transmitirla. San Juan afirma: «Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros… Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo» (1Jn 1,3-4).

A veces se presenta una imagen del Cristianismo como una propuesta de vida que oprime nuestra libertad, que va contra nuestro deseo de felicidad y alegría. Pero esto no corresponde a la verdad. Los cristianos son hombres y mujeres verdaderamente felices, porque saben que nunca están solos, sino que siempre están sostenidos por las manos de Dios. Sobre todo vosotros, jóvenes discípulos de Cristo, tenéis la tarea de mostrar al mundo que la fe trae una felicidad y alegría verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir de los cristianos parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los primeros en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe. El Evangelio es la «buena noticia» de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es importante para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así.

Por lo tanto, sed misioneros entusiasmados de la nueva evangelización. Llevad a los que sufren, a los que están buscando, la alegría que Jesús quiere regalar. Llevadla a vuestras familias, a vuestras escuelas y universidades, a vuestros lugares de trabajo y a vuestros grupos de amigos, allí donde vivís. Veréis que es contagiosa. Y recibiréis el ciento por uno: la alegría de la salvación para vosotros mismos, la alegría de ver la Misericordia de Dios que obra en los corazones. En el día de vuestro encuentro definitivo con el Señor, Él podrá deciros: «¡Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor!» (Mt 25,21).

Que la Virgen María os acompañe en este camino. Ella acogió al Señor dentro de sí y lo anunció con un canto de alabanza y alegría, el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47). María respondió plenamente al amor de Dios dedicando a Él su vida en un servicio humilde y total. Es llamada «causa de nuestra alegría» porque nos ha dado a Jesús. Que Ella os introduzca en aquella alegría que nadie os podrá quitar.

Vaticano, 15 de marzo de 2012

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Discurso del Papa a los obispos recién nombrados

¡Queridos hermanos en el episcopado!

Como ha mencionado el cardenal Ouellet, hace ya diez años que los obispos recién nombrados se reúnen en Roma para realizar una peregrinación a la Tumba de San Pedro y para reflexionar sobre los principales compromisos del ministerio episcopal. Este encuentro, organizado por la Congregación para los Obispos y por la Congregación para las Iglesias Orientales, se añade a las iniciativas para la formación permanente prescritas por la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores gregis(n. 24). También vosotros, poco tiempo después de vuestra consagración episcopal, estáis invitados a renovar la profesión de vuestra fe sobre la Tumba del Príncipe de los Apóstoles y vuestra adhesión confiada a Jesucristo con el estímulo de amor del mismo Apóstol, intensificando los vínculos de comunión con el Sucesor de Pedro y con vuestro hermanos obispos.

A este aspecto interior de la iniciativa se une una fuerte experiencia de colegialidad afectiva. El obispo, como vosotros bien sabéis, no es un hombre solo, sino que está dentro de el corpus episcoporum que va desde las raíces apostólicas hasta nuestros días conjugándose en Jesús, “Pastor y Obispo de nuestras almas” (Misal Romano, Prefacio después de la Ascensión). Que la fraternidad episcopal que vivís en estos días se prolongue al sentir y actuar cotidianos de vuestro servicio, ayudándoos a obrar siempre en comunión con el Papa y con vuestros hermanos en el episcopado, intentando cultivar también la amistad con estos y con vuestros sacerdotes. En este espíritu de comunión y de amistad os acojo con gran afecto, obispos de rito latino y de rito oriental, saludando en cada uno de vosotros a las Iglesias confiadas a vuestro cuidados pastoral, con un pensamiento particular para las que, especialmente en Oriente Medio, están sufriendo. Agradezco al cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, por las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre y por el libro, y al cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales.

El encuentro anual con los obispos nombrados en el curso del año me ha dado la posibilidad de destacar algún aspecto del ministerio episcopal. Hoy quisiera reflexionar brevemente con vosotros sobre la importancia de la acogida, por parte del obispo, de los carismas que el Espíritu suscita para la edificación de la Iglesia. La consagración episcopal os ha conferido la plenitud del sacramento del Orden, que, en la Comunidad eclesial, se pone al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad. El sacerdocio ministerial, como sabéis, tiene el objetivo y la misión de hacer vivir el sacerdocio de los fieles, que, por el Bautismo, participan a su modo en el único sacerdocio de Cristo, como afirma la Constitución conciliar Lumen gentium: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (nº10). Por esta razón, los obispos tienen el deber de vigilar y actuar para que los bautizados puedan crecer en la gracia y según los carismas que el Espíritu Santo suscita en sus corazones y en sus comunidades. El Concilio Vaticano II recordó que el Espíritu Santo, mientras unifica en la comunión y en el ministerio de la Iglesia, la provee y la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cfr ibid.,4). La reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid ha mostrado, una vez más, la fecundidad de los carismas en la Iglesia, concretamente hoy, y la unidad eclesial de todos los fieles reunidos en torno al Papa y a los obispos. Una vitalidad que refuerza la obra de evangelización y la presencia de Cristo en el mundo. Y vemos, podemos casi tocar, que el Espíritu Santo, todavía hoy, está presente en la Iglesia, que crea carismas y unidad.

El don fundamental que estáis llamados a alimentar en los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral es, antes que nada, el de la filiación divina, que es la participación de cada uno en la comunión trinitaria. Lo esencial es que nos convertimos verdaderamente en hijos e hijas en el Hijo. El Bautismo, que constituye a los hombres “hijos en el Hijo” y miembros de la Iglesia, es raíz y fuente de todos los demás dones carismáticos. Con vuestro ministerio de santificación, educáis a los fieles a participar cada vez más intensamente en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ayudándoles a edificar la Iglesia, según los dones recibidos de Dios, en modo activo y corresponsable. De hecho, debemos tener siempre presente que los dones del Espíritu, por extraordinarios o sencillos y humildes que sean, se donan gratuitamente para la edificación de todos. El obispo, en cuanto a signo visible de la unidad de su Iglesia particular (cfr ibid., 23), tiene el deber de unificar y armonizar la diversidad carismática en la unidad de la Iglesia, favoreciendo la reciprocidad entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio bautismal.

Acoged, por tanto, los carismas con gratitud ¡por la santificación de la Iglesia y la vitalidad del apostolado! Y esta acogida y gratitud hacia el Espíritu Santo, que trabaja también hoy entre nosotros, son inseparables del  discernimiento,que es propio de la misión del obispo, como ha afirmado el Concilio Vaticano II que ha confiado al ministerio pastoral el juicio sobre la autenticidad de los carismas y sobre su ordenado ejercicio, sin extinguir el Espíritu, pero examinando y teniendo en cuenta lo que es bueno (cfribid., 12). Esto me parece importante: por una parte no extinguir, pero por la otra distinguir, ordenar y tener en cuenta examinando. Por esto debe estar siempre claro que ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los Pastores de la Iglesia (cfr Exhort. ap. Christifideles laici, 24). Acogiendo, juzgando y ordenando los diversos dones y carismas, el obispo realiza un gran y precioso servicio al sacerdocio de los fieles y a la vitalidad de la Iglesia, que resplandecerá como esposa del Señor, revestida de la santidad de sus hijos.

Este ministerio articulado y delicado, exige al obispo alimentar con cuidado su propia vida espiritual. Sólo así crece el don del discernimiento. Como afirma la Exhortación apostólica Pastores gregis, el obispo se convierte en “padre” ya que es plenamente “hijo”de la Iglesia (nº10). Por otra parte en virtud de la plenitud del sacramento del Orden, es maestro, santificador y Pastor que actúa en nombre y en la persona de Cristo. Estos dos aspectos inseparables lo llaman a crecer como hijo y como Pastor en la estela de Cristo, de modo que su santidad personal manifieste la santidad objetiva recibida con la consagración episcopal, para que la santidad objetiva del sacramento y la santidad personal del obispo vayan unidas. Os exhorto, por tanto, queridos hermanos, a permanecer siempre en la presencia del buen Pastor y a asimilar cada vez más sus sentimientos y sus virtudes humanas y sacerdotales, mediante la oración personal que debe acompañar vuestras difíciles jornadas apostólicas. En la intimidad con el Señor encontraréis consuelo y apoyo para vuestro comprometido ministerio. No tengáis miedo de confiar al corazón de Jesucristo todas vuestras preocupaciones, seguros de que Él os cuida, como ya amonestaba el apóstol Pedro (cfr 1Pe 5,6). Que la oración se nutra siempre de la meditación de la Palabra de Dios, del estudio personal y del justo reposo, para que podáis saber escuchar y acoger con serenidad “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,11) y conducir a todos a la unidad de la fe y del amor. Con la santidad de vuestra vida y la caridad pastoral seréis ejemplo y ayuda a los sacerdotes, vuestros principales e imprescindibles colaboradores. Será vuestra urgencia hacerles crecer en la corresponsabilidad como sabios guías de los fieles, que con vosotros están llamados a edificar la Comunidad con sus dones, sus carismas y con el testimonio de sus vidas, para que en la pluralidad de la comunión, la Iglesia de testimonio de Jesucristo y el mundo crea. Y esta cercanía con los sacerdotes, todavía hoy, con todos sus problemas, es de grandísima importancia. Confiando vuestro ministerio a María, Madre de la Iglesia, que brilla ante el Pueblo de Dios llena de los dones del Espíritu Santo, imparto con afecto a cada uno de vosotros, a vuestras diócesis y particularmente a vuestros sacerdotes, la Bendición Apostólica. Gracias.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Discurso del Papa en el convento de Martín Lutero

Distinguidos Señores y Señoras:

Al tomar la palabra, quisiera ante todo dar gracias por tener esta ocasión de encontrarles. Mi particular gratitud al presidente Schneider que me ha dado la bienvenida y me ha recibido entre ustedes con sus amables palabras, quisiera agradecer al mismo tiempo por el don especial de que nuestro encuentro se desarrolle en este histórico lugar.

Como Obispo de Roma, es para mí un momento emocionante encontrarme en el antiguo convento agustino de Erfurt con los representantes del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania. Aquí, Lutero estudió teología. Aquí, en 1507, fue ordenado sacerdote. Contra los deseos de su padre, no continuó los estudios de derecho, sino que estudió teología y se encaminó hacia el sacerdocio en la Orden de San Agustín. En este camino, no le interesaba esto o aquello. Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de su camino. "¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?": Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para él, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios.

"¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?" No deja de sorprenderme que esta pregunta haya sido la fuerza motora de su camino. ¿Quién se ocupa actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último término, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras faltas? ¿Acaso no se destruye el mundo a causa de la corrupción de los grandes, pero también de los pequeños, que sólo piensan en su propio beneficio? ¿No se destruye a causa del poder de la droga que se nutre, por una parte, del ansia de vida y de dinero, y por otra, de la avidez de placer de quienes son adictos a ella? ¿Acaso no está amenazado por la creciente tendencia a la violencia que se enmascara a menudo con la apariencia de una religiosidad? Si fuese más vivo en nosotros el amor de Dios, y a partir de Él, el amor por el prójimo, por las creaturas de Dios, por los hombres, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del mundo? Las preguntas en ese sentido podrían continuar. No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios respecto a mí, cómo me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de Martín Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo, también en una pregunta nuestra. Pienso que esto sea la primera cuestión que nos interpela al encontrarnos con Martín Lutero.

Y después es importante: Dios, el único Dios, el Creador del cielo y de la tierra, es algo distinto de una hipótesis filosófica sobre el origen del cosmos. Este Dios tiene un rostro y nos ha hablado, en Jesucristo hecho hombre, se hizo uno de nosotros; Dios verdadero y verdadero hombre a la vez. El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: "Lo que conduce a la causa de Cristo". Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que su amor, la intimidad con Él, oriente nuestra vida.

Quizás, ustedes podrían decir ahora: De acuerdo. Pero, ¿qué tiene esto que ver con nuestra situación ecuménica? ¿No será todo esto solamente un modo de eludir con muchas palabras los problemas urgentes en los que esperamos progresos prácticos, resultados concretos? A este respecto les digo: Lo más necesario para el ecumenismo es sobre todo que, presionados por la secularización, no perdamos casi inadvertidamente las grandes cosas que tenemos en común, aquellas que de por sí nos hacen cristianos y que tenemos como don y tarea. Fue un error de la edad confesional haber visto mayormente aquello que nos separa, y no haber percibido en modo esencial lo que tenemos en común en las grandes pautas de la Sagrada Escritura y en las profesiones de fe del cristianismo antiguo. Éste ha sido el gran progreso ecuménico de los últimos decenios: nos dimos cuenta de esta comunión y, en el orar y cantar juntos, en la tarea común por el ethos cristiano ante el mundo, en el testimonio común del Dios de Jesucristo en este mundo, reconocemos esta comunión como nuestro fundamento imperecedero.

Por desgracia, el riesgo de perderla es real. Quisiera señalar aquí dos aspectos. En los últimos tiempos, la geografía del cristianismo ha cambiado profundamente y sigue cambiando todavía. Ante una nueva forma de cristianismo, que se difunde con un inmenso dinamismo misionero, a veces preocupante en sus formas, las Iglesias confesionales históricas se quedan frecuentemente perplejas. Es un cristianismo de escasa densidad institucional, con poco bagaje racional, menos aún dogmático, y con poca estabilidad. Este fenómeno mundial nos pone a todos ante la pregunta: ¿Qué nos transmite, positiva y negativamente, esta nueva forma de cristianismo? Sea lo que fuere, nos sitúa nuevamente ante la pregunta sobre qué es lo que permanece siempre válido y qué pueda o deba cambiarse ante la cuestión de nuestra opción fundamental en la fe.

Más profundo, y en nuestro país, más candente, es el segundo desafío para todo el cristianismo; quisiera hablar de ello: se trata del contexto del mundo secularizado en el cual debemos vivir y dar testimonio hoy de nuestra fe. La ausencia de Dios en nuestra sociedad se nota cada vez más, la historia de su revelación, de la que nos habla la Escritura, parece relegada a un pasado que se aleja cada vez más. ¿Acaso es necesario ceder a la presión de la secularización, llegar a ser modernos adulterando la fe? Naturalmente, la fe tiene que ser nuevamente pensada y, sobre todo, vivida, hoy de modo nuevo, para que se convierta en algo que pertenece al presente. Ahora bien, a ello no ayuda su adulteración, sino vivirla íntegramente en nuestro hoy. Esto es una tarea ecuménica central. En esto debemos ayudarnos mutuamente, a creer cada vez más viva y profundamente. No serán las tácticas las que nos salven, las que salven el cristianismo, sino una fe pensada y vivida de un modo nuevo, mediante la cual Cristo, y con Él, el Dios viviente, entre en nuestro mundo. Como los mártires de la época nazi propiciaron nuestro acercamiento recíproco, suscitando la primera apertura ecuménica, del mismo modo también hoy la fe, vivida a partir de lo íntimo de nosotros mismos, en un mundo secularizado, será la fuerza ecuménica más poderosa que nos congregará, guiándonos a la unidad en el único Señor.

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Discurso del Papa a los representantes de las comunidades musulmanas


Queridos amigos musulmanes:

Me es grato saludarlos aquí hoy. Representantes de diversas comunidades musulmanas presentes en Alemania. Agradezco de corazón al profesor Mouhanad Khorchide por sus amables palabras, que me han mostrado cómo ha crecido el clima de respeto y confianza entre la Iglesia católica y las comunidades musulmanas en Alemania.

Berlín es un lugar propicio para un encuentro como éste, no sólo porque aquí se encuentra la mezquita más antigua del territorio alemán, sino también porque en Berlín vive el número más grande de musulmanes respecto a todas las demás ciudades en Alemania.

A partir de los años 70, la presencia de numerosas familias musulmanas ha llegado a ser cada vez más un rasgo distintivo de este País. Sin embargo, es necesario esforzarse constantemente para un mejor y reciproco conocimiento y comprensión. Esto no es sólo esencial para una convivencia pacifica, sino también para la contribución que cada uno es capaz de ofrecer a la construcción del bien común dentro de la misma sociedad.

Muchos musulmanes atribuyen gran importancia a la dimensión religiosa. Esto, en ocasiones, se interpreta como una provocación en una sociedad que tiende a marginar este aspecto o a admitirlo, como mucho, en la esfera de las opciones individuales de cada uno.

La Iglesia católica está firmemente comprometida para que se otorgue el justo reconocimiento a la dimensión pública de la afiliación religiosa. Se trata de una exigencia de no poco relieve en el contexto de una sociedad mayoritariamente pluralista. Sin embargo, es necesario estar atentos para que el respeto hacia el otro se mantenga siempre. El respeto reciproco crece solamente sobre la base de un entendimiento sobre ciertos valores inalienables, propios de la naturaleza humana, sobre todo la inviolable dignidad de toda persona. Este entendimiento no limita la expresión de cada una de las religiones; al contrario, permite a cada uno dar testimonio de forma propositiva de aquello en lo que cree, sin sustraerse al debate con el otro.

En Alemania, como en muchos otros países, no sólo occidentales, dicho marco de referencia común está representado por la Constitución, cuyo contenido jurídico es vinculante para todo ciudadano, pertenezca o no a una confesión religiosa.

Naturalmente, el debate sobre una mejor formulación de los principios, como la libertad de culto público, es amplio y siempre abierto; con todo, es significativo el hecho que la Ley Fundamental los formule de modo todavía hoy válido, a más de 60 años de distancia (cf. Art. 4, 2). En ella, se pone de manifiesto, ante todo, ese ethos común que fundamenta la convivencia civil y que, de alguna manera, marca también las reglas aparentemente sólo formales del funcionamiento de los órganos institucionales y de la vida democrática.

Podríamos preguntarnos cómo puede un texto, elaborado en una época histórica radicalmente distinta, en una situación cultural casi uniformemente cristiana, ser adecuado a la Alemania de hoy, que vive en el contexto de un mundo globalizado, y marcada por un notable pluralismo en materia de convicciones religiosas.

La razón de esto, me parece, se encuentra en el hecho que los padres de la Ley Fundamental eran plenamente conscientes de deber buscar en aquel momento importante un terreno sólido, en el cual todos los ciudadanos pudiesen reconocerse. Al llevar a cabo esto, no prescindían de su afiliación religiosa; es más, para muchos de ellos la visión cristiana del hombre era la verdadera fuerza inspiradora. Sin embargo, sabiendo que debían confrontarse con personas de una base confesional diversa, o incluso no religiosa, el terreno común se halló en el reconocimiento de algunos derechos inalienables, propios de la naturaleza humana y que preceden a cualquier formulación positiva.

De este modo, una sociedad sustancialmente homogénea asentó el fundamento que hoy reconocemos válido para un mundo marcado por el pluralismo. Fundamento que, en realidad, indica también los evidentes límites de este pluralismo: no es pensable, en efecto, que una sociedad pueda sostenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales.

Queridos amigos, sobre la base de lo que he señalado aquí, pienso que es posible una colaboración fecunda entre cristianos y musulmanes. Y, de este modo, contribuiremos a la construcción de una sociedad que, bajo muchos aspectos, será diversa de aquello que nos ha acompañado desde el pasado. En cuanto hombres religiosos, a partir de las respectivas convicciones, podemos dar un testimonio importante en muchos sectores cruciales de la vida social. Pienso, por ejemplo, en la tutela de la familia fundada sobre el matrimonio, en el respeto de la vida en cada fase de su desarrollo natural o en la promoción de una justicia social más amplia.

También por este motivo, considero importante celebrar una Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia del mundo; y llevaremos a cabo esta iniciativa el próximo 27 de octubre, a los 25 años del histórico encuentro de Asís, guiado por mi Predecesor, el Beato Juan Pablo II. Con dicha reunión, mostraremos con sencillez que, como hombres religiosos, ofrecemos nuestra contribución específica para la construcción de un mundo mejor, reconociendo al mismo tiempo que, para la eficacia de nuestras actividades, es necesario crecer en el diálogo y en la estima recíproca.

Con estos sentimientos, renuevo mi cordial saludo y les doy las gracias por este encuentro, que enriquece mi estancia en mi patria. Gracias por vuestra atención.

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El ecumenismo de Benedicto XVI

En su primer mensaje tras la elección al solio pontificio, ya Benedicto XVI definía como su «causa prioritaria» la tarea de «trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo». Es normal, por lo tanto, que en sus primeros dos viajes a Alemania se hayan celebrado encuentros ecuménicos: en 2005 en Colonia y en 2006 en Ratisbona. El próximo viaje tendrá un acento ecuménico especial, pues Benedicto XVI visitará también Erfurt, donde vivió el reformador Martín Lutero como monje agustino: allí encontrará el Papa a representantes del Consejo de la Iglesia evangélica de Alemania y oficiará una celebración ecuménica. Con Benedicto XVI llega a Alemania un Papa que, por su experiencia personal, conoce muy bien este importante país de la Reforma y que, ya como teólogo ya como cardenal, se ha empleado mucho en la promoción del diálogo ecuménico en Alemania y mundialmente.

Recordemos, a título de ejemplo, el importante papel desempeñado por el cardenal Ratzinger en la Comisión ecuménica conjunta instituida tras la visita del beato Papa Juan Pablo II a Alemania en 1980 y copresidida por el cardenal Ratzinger junto al obispo protestante Eduard Lohse. Ellos avanzaron entonces la propuesta —que dió después sus frutos en las décadas sucesivas— de emprender en los diálogos ecuménicos un estudio orientado a definir si las condenas doctrinales recíprocas del siglo XVI tenían aún un impacto en las partes en diálogo y continuaban dividiendo a las Iglesias. Al respecto, el entonces obispo protestante Johannes Hanselmann ha recordado con gratitud que hay que atribuir al cardenal Ratzinger el gran mérito de haber logrado que, después de varias dificultades, pudiera firmarse por fin la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación en Augsburgo en 1999.

Este compromiso ecuménico siempre se ha acompañado de una intensa reflexión teológica sobre temáticas ecuménicas, a las que Joseph Ratzinger ha dedicado particular atención desde sus tiempos de profesor universitario. El gran capítulo sobre el ecumenismo en el volumen de su Opera omnia dedicado a la doctrina de la Iglesia es un testimonio elocuente del fundamento de cuanto se afirma en la amplia tesis del teólogo protestante Thorsten Maasen, publicada este año en El pensamiento de Joseph Ratzinger sobre el ecumenismo, donde se dice que el Papa es «ejemplar en su esfuerzo de practicar sin componendas una teología ecuménica honesta» y que «ha puesto el acento con tal fuerza» en la necesidad del ecumenismo que «éste deberá encontrar firmemente su lugar en el centro de la Iglesia/de las Iglesias».

De hecho, para Benedicto XVI el ecumenismo tiene un papel central en la Iglesia y en la teología. Así que se puede comprender que hoy vea el ecumenismo amenazado en dos frentes: por un lado, por un «confesionalismo de la división», que se asienta en lo que tiene de específico precisamente ahí donde su especificidad se contrapone a la de los demás; y por otro lado, por una «indiferencia sobre cuestiones de fe», que considera la búsqueda de la verdad como un obstáculo para la unidad. Nadie puede negar hoy la existencia de ambos peligros. Esto hace aún más importante localizar en el ecumenismo la profundidad de la fe. El ecumenismo puede, en efecto, crecer en amplitud sólo si se arraiga en profundidad.

Quien lleva a cabo un recorrido semejante en profundidad logra ver, como hace Benedicto XVI, en acción en las divisiones históricas de la Iglesia no sólo los pecados humanos, sino, en el sentido de las misteriosas palabras de san Pablo —quien dice que «es necesario» que sucedan las divisiones (1 Co 11, 19)—, percibe ahí también una dimensión «que corresponde a un proyecto divino». En esta convicción de fe, el Papa ha exhortado con fuerza creciente a encontrar la unidad ante todo «a través de la diversidad», lo que significa extraer el veneno de las divisiones, acoger lo que en ellas hay de fructífero y tomar lo positivo precisamente de la diversidad, naturalmente en la esperanza de que la división al final deje de ser tal. De hecho, «el auténtico amor no anula las diferencias legítimas, sino que las armoniza en una unidad superior, que no se impone desde fuera; más bien, desde dentro, por decirlo así, da forma al conjunto».

Dado que Benedicto XVI está convencido de que nosotros, como cristianos, podemos «ser una sola cosa, aunque estemos separados», él nos muestra el ecumenismo cada vez más a la luz de su realización, a fin de que reconozcamos el carácter provisional de nuestras propias acciones y no nos obstinemos en hacer lo que sólo puede realizar el Cristo de la parusía. El sentido —sencillo pero fundamental— del ecumenismo reside en el hecho de que «en camino hacia Cristo, estamos en camino hacia la unidad», y en una sociedad cada vez más secularizada tenemos la tarea común de testimoniar a Dios, que nos ha revelado su rostro en Jesucristo.

En este sentido, quien entiende que el fundamento del ecumenismo no es simplemente interrelacional y filantrópico, sino profundamente cristológico, entiende el ecumenismo como una participación en la oración sacerdotal de Jesús mismo, «para que todos sean uno» (Jn 17, 21). En esta profundidad de la fe, nos hallamos ya en el espacio vital del ecumenismo. En efecto, actúa ecuménicamente no tanto quien tiene siempre en sus labios esta palabra, sino quien, aún sin pronunciar el término, penetra en la profundidad de la confesión cristológica y allí encuentra la fuente común de la unidad de la Iglesia. Benedicto XVI recorre coherentemente este camino no sólo en su magisterio cotidiano, sino también con su publicación en dos volúmenes sobre Jesús de Nazaret, que puede leerse como confesión de fe del sucesor de Pedro. Enraizando en la confesión cristológica la tarea ecuménica de la búsqueda de la unidad visible de los discípulos de Cristo, él se deja guiar por una visión cristológica del ecumenismo. De ello se alegraría de corazón Martín Lutero. Tenemos buenos motivos para esperar que sus herederos hagan hoy lo mismo.

Diez reglas para comunicar la fe

La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado portadora de un mensaje, mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada.

Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la forma de comunicar la fe.

 Con frecuencia, la comunicación de la fe se plantea en el contexto de la “nueva evangelización”. Me parece interesante preguntarse por la razón del adjetivo “nueva”, que se usa especialmente para referirse a la evangelización que tiene lugar en Europa.

 Por una parte, la evangelización es nueva porque se dirige a culturas que ya fueron evangelizadas en el pasado. Volvemos a relatar nuestra historia a alguien que ya la conoce, aunque en muchos lugares de antigua tradición cristiana, se ha “perdido la memoria” de las propias raíces. Se siguen usando palabras cuyo sentido se ha olvidado.

 A este propósito, un colega me contó un caso de confusión en ámbito periodístico. Durante la retransmisión de una ceremonia pontificia, el locutor afirmó: "en este momento, el santo Padre se dispone a incinerar a los asistentes”. Lógicamente, quería decir incensar, pero confundió los términos.

 El cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista “La sal de la tierra”, menciona la palabra “tabernáculo”: a muchos les resulta familiar, pero pocos conocen su significado. Esas personas tienen la vaga sensación de estar informadas y, por tanto, no perciben la necesidad de saber más. Ante ese escenario, Ratzinger concluye que la nueva evangelización comienza por suscitar una “nueva curiosidad”, fomentar la demanda antes de presentar la oferta, diríamos en términos comerciales.

 La evangelización es novedosa también en otro sentido. Juan Pablo II lo resumía diciendo que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión".

Aquí nos referiremos en particular a la novedad de los métodos.

 Al tratar estos temas es legítimo plantearse una pregunta preliminar: ¿Es posible comunicar la fe en un contexto plural, democrático, relativista y complejo? ¿Vale la pena esforzarse por difundir el mensaje cristiano en una sociedad que desconoce el léxico necesario para descifrarlo? ¿Puede llegar ese mensaje a culturas construidas desde otras bases, con otros paradigmas, que tienen su propia jerarquía de valores y su propia agenda de intereses?

 Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública. Porque así como existen leyes universales de la Física o de la Química, se pueden identificar también leyes de la comunicación, que poseen casi el mismo carácter universal, aunque de otro orden.

 1. Veamos primero los principios relativos al mensaje.

Ante todo, el mensaje ha de ser serpositivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.

Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  

Un episodio puede ayudarnos a ilustrar esta idea. Benedicto XVI viajó a Valencia en junio de 2006, con motivo de la Jornada Mundial de la Familia. Durante sus intervenciones, no hizo referencias críticas a la legislación española sobre la familia, que era conocida por su discutible base antropológica. En realidad, el Papa disponía de pocos minutos, sólo dos homilías, dirigidas a una audiencia potencialmente universal. Si se hubiera limitado  a exponer los puntos en los que la Iglesia discrepa del Gobierno español, no habría tenido  tiempo de exponer todas las luces del Evangelio sobre la familia. No podía dedicar la mayor parte del tiempo a condenar; era preferible invertirlo en proponer. Ya llegaría el momento de denunciar esas leyes.

El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para lograrlo, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo. Es posible que a veces no se comunique con el enfoque adecuado porque el mensajero no termina de percibir la fe en todo su valor positivo.

Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.

Lo contrario de un enfoque positivo es una actitud reactiva, que modela la propia visión del mundo en función del paradigma que critica y no en función de una propuesta constructiva. Lo dice la expresión popular: “enciende una lumbre y deja de maldecir la oscuridad”.

En segundo lugar, el mensaje ha de serrelevante. Significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.  

Al describir el coloquio de los ángeles entre sí, Tomás de Aquino afirma  que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan;  y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. No se trata de derrotar a nadie. En el caso del aborto, por ejemplo, el esfuerzo se encamina a intentar que quien hoy está a favor llegue por su propia convicción y con su propia libertad a la conclusión de que lo mejor que puede hacer en este mundo es defender la vida.

El deseo de convencer sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.

Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad, uno de los grandes obstáculos de la auténtica comunicación. Limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

La comunicación no es principalmente lo que  el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar palabras sencillas y argumentos claros, que no quiere decir banales.  

En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para transmitir el mensaje cristiano.

Me viene a la memoria la noticia de un informativo de la televisión que pude ver hace unos años. Un político italiano, cuyo partido estaba atravesando un mal momento, se vio acorralado por varios periodistas que le preguntaban micrófono en mano por la gravedad de la crisis. El político respondió con rapidez: “mi partido es como la torre de Pisa: siempre inclinada, nunca cae”. El poder de una buena metáfora.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se adopta una actitud equivocada y se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como ignorantes, incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente.

Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad. No es sólo una cuestión de ética y de caridad. Existen también numerosas razones profesionales que confirman que la dialógica es preferible a la dialéctica.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 

Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después.

Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.

En definitiva, el principio de la cortesía ayuda a evitar la trampa de la radicalidad y la violencia  verbal.

El sociólogo Rodney Stark, dedicó un libro a la extensión del cristianismo en la época  de la decadencia del Imperio Romano. Este autor se pregunta: ¿Por qué se abrió paso el cristianismo en aquella época? Se ha dicho que el derrumbamiento del Imperio dejó un vacío que el cristianismo vino a llenar. Stark propone otra explicación. En su opinión, el Imperio Romano había alcanzado increíbles cotas de cultura y de arte, pero a la vez era una sociedad dura y a veces incluso cruel con las personas. En ese ambiente, la Iglesia se extendió porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta.  

Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.

Celibato: Un único amor

 Presentamos el artículo que ha escrito en “L'Osservatore Romano” sobre el celibato monseñor Giuseppe Versaldi, obispo de Alejandría, Italia.

* * *

La vocación al celibato por el reino de los cielos y la llamada al matrimonio se perciben a menudo, si no en oposición, al menos como de difícil armonización. De hecho, por una parte, la renuncia del célibe al amor conyugal se ve como una renuncia al amor en general y, por otra, la decisión de unirse en matrimonio a veces se presenta como una disminución de la pureza del amor. San Pablo, en su carta a los cristianos de Éfeso, usa una expresión que ofrece una visión resolutiva de la aparente antinomia entre amor virginal y amor esponsal. Hablando del deber del amor mutuo entre marido y mujer, el Apóstol exalta la vocación originaria del hombre a dejar a su padre y a su madre para unirse a su mujer de forma que «los dos sean una sola carne»  (cf. Gn 2, 24), pero añade enseguida: «Es este un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32). Este repentino cambio de los términos de comparación revela una nueva perspectiva: ciertamente se reafirma en su plenitud la grandeza del amor conyugal, pero se pone en relación de dependencia con el amor de Cristo a la Iglesia. 

Aquí surgen algunos interrogantes recurrentes también con respecto al magisterio de la Iglesia: «¿Cómo puede Cristo célibe ser modelo de los esposos? ¿Cómo podéis vosotros, célibes, indicar y dar reglas sobre el matrimonio, del cual no tenéis experiencia?». Pues bien, precisamente las palabras de san Pablo indican la respuesta. El amor de Cristo a la Iglesia es, ciertamente, a la vez amor virginal y esponsal, porque es amor que, con palabras de Benedicto XVI, «puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé» (Deus caritas est, 9). Un amor que es gratuito y  preveniente («En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó»: 1 Jn 4, 10);  incondicional y misericordioso («Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros»: Rm 5, 8); y sacrificado («Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo»: 1 P 1, 18-19). Estas características aparentemente no parecen referirse al amor conyugal, tal como se entiende comúnmente, que sí es entrega de sí, pero en una reciprocidad  que conlleva una ayuda mutua y una gratificación recíproca. 

Con todo, precisamente para que el amor conyugal pueda realizarse no como experiencia exaltante, pero temporal, sino perseverar como proyecto para toda la vida, es necesario que también los cónyuges sean capaces de un amor preveniente y gratuito, de forma que al menos uno sea capaz de amar incluso cuando el otro no lo ame; de un amor incondicional y misericordioso, para que al menos uno sea capaz de perdón cuando el cónyuge, superada su debilidad, se arrepienta;  de un amor sacrificado, para que al menos uno sepa soportar los sufrimientos de la espera sin resignarse a la derrota. Y en todo esto el modelo es precisamente Cristo, que así amó a su Iglesia como esposa y «se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 26-27).

 Así pues, tiene razón Benedicto XVI cuando afirma que «en el fondo, el amor es una única realidad, si bien con diversas dimensiones» (Deus caritas est, 8).  En su pleno significado, el amor es amor agápico, es decir, amor capaz de integrar la pasión  (eros) y la donación (agape) de mod0 que pueda satisfacer el corazón humano, cualquiera que sea su vocación. En este sentido, el amor virginal y el amor conyugal no pueden menos de brotar de una única fuente, y de tener un único modelo, que es Cristo.  

Ciertamente, la modalidad de las dos vocaciones es distinta, pero precisamente la fuente común garantiza su complementariedad. El carisma del celibato por el Reino puede ayudar a los esposos a no absolutizar el amor humano y, en espera de la comunión definitiva con Dios-Amor, a soportar el peso y el precio del don de sí, a pesar de las debilidades de la experiencia conyugal. También quien, ya aquí en la tierra, está llamado a consagrarse al amor indiviso de Dios puede aprender de los esposos la concreción y la actualidad del amor que no puede dirigirse  sólo a Dios, a quien no ve, sino que debe manifestarse como efecto también hacia el prójimo, a quien ve. De este modo no se cae en la falsa ilusión de que para amar a Dios es necesario no amar a nadie con el amor con que Cristo nos ha amado. La recíproca iluminación enriquece a ambas vocaciones y embellece a toda la Iglesia en su misión de testimoniar en el mundo el amor de Dios.

Sacerdotes sin libertad de expresión

VER

El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ordenó a la Secretaría de Gobernación sancionar al sacerdote Hugo Valdemar, director de comunicación social de la arquidiócesis de México, por llamar a votar en contra del Partido de la Revolución Democrática, a raíz de que los diputados de ese partido en la capital del país aprobaron leyes contra la vida y el matrimonio. El sacerdote dice no haber hecho proselitismo en contra, pues sólo una vez hizo esa declaración en un medio informativo, y por proselitismo se entiende una campaña reiterada y repetitiva.

Por otra parte, cuando los obispos hacemos declaraciones contra la homosexualidad, el aborto y otras leyes contrarias a la vida y a la familia, exponiendo la doctrina católica inspirada en la Sagrada Escritura, de inmediato nos quieren aplicar leyes restrictivas al derecho a defender nuestra fe. Dicen porque incitamos a la homofobia, que violamos el laicismo oficial, que pretendemos imponer nuestra moral a toda la sociedad, que queremos gozar de fueros. ¿Podemos o no podemos hablar, por ser ministros de culto?

JUZGAR

Tenemos el mandato divino de predicar la Palabra de Dios y denunciar lo que sea contrario a ella (cf Mc 16,15; Mt 28,19-20). Debemos ser respetuosos de las leyes civiles; pero cuando éstas violan derechos fundamentales y no son conformes a lo que Dios ha propuesto a la humanidad, tenemos obligación de denunciarlas, pues “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5,29) y “la Palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2,9).

Nuestras leyes civiles, por otra parte, se contradicen. La Constitución nos reconoce el derecho a la libertad de expresión. La Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, en su artículo 2, dice que “el Estado mexicano garantiza a favor del individuo, los siguientes derechos y libertades en materia religiosa: No ser objeto de discriminación, coacción u hostilidad por causa de sus creencias religiosas. No ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa por la manifestación de ideas religiosas”. El artículo 9 establece que las Asociaciones Religiosas podrán “propagar su doctrina, siempre que no se contravengan las normas y previsiones de éste y demás ordenamientos aplicables”. El artículo 31 del Reglamento de dicha Ley indica que “no se requerirá de la autorización [de la Secretaría de Gobernación], en tratándose de programas informativos o de opinión sobre aspectos en materia de asuntos religiosos”.

¿Por qué digo que hay contradicción en las leyes? Porque nos autorizan a expresar nuestra opinión en materia de asuntos religiosos; propagar nuestradoctrina; no ser objeto de discriminación por creencias religiosas; no ser objeto de inquisición por la manifestación de ideas religiosas; peroel artículo 14 señala que “tampoco podrán los ministros de culto asociarse con fines políticos ni realizar proselitismo a favor o en contra de candidato, partido o asociación política alguna”. El artículo 32 enumera posibles sanciones a quien quebrante esta ley: “apercibimiento, multa de hasta veinte mil días de salario mínimo general vigente en el Distrito Federal, clausura temporal o definitiva de un local destinado al culto público, suspensión temporal de derechos de la asociación religiosa, cancelación del registro”.

Nuestras creencias incluyen puntos que son atacados por algunos partidos políticos y sus candidatos abiertamente. ¿Ellos tienen derecho a destruir valores fundamentales de nuestra fe y hacer campañas en contra de lo que creemos, con el dinero de nuestros impuestos, mientras nosotros somos discriminados, amenazados y amordazados por defender nuestra fe? ¿Debemos ocultarla o disimularla, por miedo de ser sancionados? ¿Cuál libertad de expresión nos reconocen? ¿Podemos, como dice la ley, propagar nuestra doctrina, o debemos callar ante los políticos que la pisotean?

ACTUAR

Es urgente proponer avances en materia de libertad religiosa, como un derecho fundamental para todos. ¡Que los legisladores no teman a la Iglesia! Los obispos y sacerdotes no ambicionamos el poder político, sino libertad para ofrecer la luz que hemos encontrado en Jesucristo, sin imponerla a nadie.

Conversación del papa con los astronautas de la Estación Espacial

CIUDAD DEL VATICANO,  (ZENIT).- Publicamos la transcripción de la conversación que mantuvo este sábado Benedicto XVI con la tripulación de la Estación Espacial Internacional, con motivo de la última misión de la nave Endeavour.

Gracias a una conexión por satélite, el papa, que se encontraba en la Sala Foconi del Palacio Apostólico Vaticano, pudo ver a los astronautas en una pantalla de televisión, mientas que la Estación Espacial sólo recibió el audio de sus palabras.

La conexión duró veinte minutos y comenzó con unas breves palabras del coronel Thomas Reiter, director de los vuelos humanos y operaciones de la Agencia Espacial Europea, que se encontraba en el Vaticano, de los miembros de la tripulación, y de la NASA para verificar el funcionamiento técnico.

--Benedicto XVI: Queridos astronautas: estoy muy contento de tener esta oportunidad extraordinaria para conversar con vosotros durante vuestra misión. Me siento sumamente agradecido al poder hablar de este modo con todos vosotros, dado que los miembros de ambas tripulaciones están presentes en la estación espacial en este momento.

La humanidad experimenta un período de progreso sumamente rápido en el campo del conocimiento científico y de las aplicaciones técnicas. En cierto sentido, vosotros sois nuestros representantes, pues encabezáis la exploración de la humanidad de nuevos espacios y posibilidades para nuestro futuro, superando las limitaciones de nuestra vida cotidiana.

Todos admiramos vuestra valentía, así como la disciplina y el compromiso con el que os habéis preparado para esta misión. Estamos convencidos de que os inspiran nobles ideales y de que buscáis poner los resultados de vuestra investigación y logros a disposición de toda la humanidad al servicio del bien común,

Esta conversación me da la oportunidad de expresaros mi propia admiración y aprecio a vosotros y a todos los que colaboran para hacer que vuestra misión sea posible, y para manifestaros mi aliento de todo corazón para que la concluyáis con seguridad y éxito.

Pero esto es una conversación, de modo que yo no debo ser el único que habla. Tengo curiosidad por escuchar lo que queréis decir sobre vuestras experiencias y reflexiones. Si os parece bien, quisiera proponeros que presentéis algunas preguntas.

Primera pregunta

Desde la estación espacial, vosotros tenéis una visión muy diferente de la Tierra. Sobrevoláis diferentes continentes y varias naciones al día. Creo que debe ser obvio para vosotros que todos vivimos en una Tierra y cómo es absurdo el que nos peleemos y matemos entre nosotros. Sé que la esposa de Mark Kelly ha sido víctima de un serio ataque y espero que su salud siga mejorándose. Cuando uno contempla la tierra desde arriba, ¿os habéis preguntado cómo viven aquí abajo las naciones y las personas o cómo la ciencia puede contribuir a la causa de la paz?

--Mark Kelly (Estados Unidos): Gracias por sus amables palabras, Santidad, y gracias por haberse acordado de mi mujer, Gabby. Es una pregunta muy buena: sobrevolamos casi todo el mundo y no puedes ver las fronteras, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que la gente se pelea y hay mucha violencia en este mundo y esto es verdaderamente una desgracia. En general, la gente se pelea por muchas razones. Como hemos visto ahora en Oriente Medio, en ocasiones es por democracia en ciertas áreas, pero en general la gente se pelea por los recursos. Esto es interesante desde el espacio. En la tierra la gente se pelea por la energía; en el espacio utilizamos la energía solar y en la estación espacial tenemos pilas de combustible. La ciencia y la tecnología que hemos aplicado en la estación espacial para desarrollar la energía solar nos da prácticamente una cantidad ilimitada de energía. Y si algunas de estas tecnologías pudieran adaptarse más a la Tierra, quizá podríamos reducir en algo esa violencia.

Segunda pregunta

--Benedicto XVI: Uno de los temas que abordo con frecuencia en mis discursos es el la responsabilidad que todos tenemos ante el futuro de nuestro planeta. Recuerdo los serios riesgos que afronta el ambiente y la supervivencia de las futuras generaciones. Los científicos nos dicen que debemos tener cuidado y que desde el punto de vista ético tenemos que educar nuestras conciencias.

Desde vuestro extraordinario observatorio, ¿cómo veis la situación en la tierra? ¿Veis signos o fenómenos por los que tenemos que prestar más atención?

--Ron Garan (Estados Unidos): Santidad, es un gran honor conversar con usted y usted tiene razón: desde aquí contamos realmente con un extraordinario observatorio. Por una parte, podemos ver cómo es inenarrablemente bello el planeta que se nos ha dado; pero por otro lado, podemos ver con claridad lo frágil que es. Basta pensar en la atmósfera, por ejemplo, vista desde el espacio, la atmósfera es tan fina como una hoja de papel, y pensar que esta cobertura delgada como el papel es todo lo que separa a todo ser viviente del vacío del espacio, todo lo que nos protege, es realmente un pensamiento serio. Para nosotros es increíble ver la Tierra suspendida en la oscuridad del espacio y pensar que todos estamos juntos en esto, cabalgando este hermoso y frágil oasis del universo. Nos llena de enorme alegría pensar que todos los que estamos abordo de esta increíble estación orbital, que fue construida por muchas naciones de nuestra alianza internacional, hemos alcanzado este enorme logro en órbita. Usted comprenderá que esto muestra cómo trabajando juntos y con cooperación podemos superar muchos de los problemas que afrontamos en nuestro planeta, podemos resolver muchos de los desafíos que afrontan los habitantes de nuestro planeta. Es realmente un maravilloso lugar para vivir y trabajar, y es un maravilloso mirador de nuestra bella Tierra.

Tercera pregunta

--Benedicto XVI: La experiencia que estáis viviendo en este momento es extraordinaria y muy importante, aunque tengáis que regresar a la Tierra como el resto de todos nosotros.

Cuando regresaréis, seréis sumamente admirados y tratados como héroes que hablan y actúan con autoridad. Os pedirán que habléis de vuestras experiencias. ¿Cuáles serán los mensajes más importantes que queréis compartir --en particular a los jóvenes-- que vivirán en un mundo decididamente influenciado por vuestras experiencias y descubrimientos?

--Mike Finchke (Estados Unidos): Santidad, como han dicho mis colegas, podemos mirar hacia abajo y contemplar nuestro precioso planeta Tierra que Dios ha creado, y es el planeta más hermoso de todo el Sistema Solar. De todos modos, si miramos para arriba, podemos ver el resto del universo, y el resto del Universo está ahí fuera para que lo exploremos. Y la Estación Espacial Internacional no es más que un símbolo, un ejemplo de lo que los seres humanos pueden hacer cuando trabajamos juntos constructivamente. Por tanto nuestro mensaje, uno de nuestros muchos mensajes, aunque creo que uno de los más importantes mensajes, es dejar que los niños del planeta, los jóvenes, sepan que existe todo un universo para nosotros que hay que explorar. Y cuando lo hacemos juntos, no hay nada que no podamos lograr.

Cuarta pregunta

--Benedicto XVI: La exploración del universo es una aventura científica fascinante. Sé que habéis estado instalando nuevos equipos para avanzar en la investigación científica y el estudio de la radiación que procede del espacio exterior. Pero creo que es también una aventura del espíritu humano, un poderoso estímulo para reflexionar sobre los orígenes y sobre el destino del universo y de la humanidad. Los creyentes contemplan con frecuencia los cielos ilimitados y, meditando en el Creador, quedan impresionados por el misterio de su grandeza. Por este motivo, la medalla que le entregué a Robert [Vittori] como signo de mi propia participación en vuestra misión, representa la Creación del Hombre, pintada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. En medio de vuestro intenso trabajo e investigación, ¿os habéis detenido para reflexionar sobre esto o incluso para elevar una oración al Creador? ¿O será más fácil para vosotros pensar en todo esto cuando hayáis regresado a la Tierra?

--Roberto Vittori (Italia): Santidad, vivir abordo de la Estación Espacial Internacional, trabajar como astronauta en la nave Soyuz de la estación, es algo sumamente intenso. Pero todos tenemos la oportunidad, cuando llega la noche, de bajar la mirada a la Tierra: nuestro planeta, el planeta azul, es hermoso. Azul es el color de nuestro planeta, azul es el color del cielo, azul es también el color de las Fuerzas Aéreas Italianas, la organización que me dio la oportunidad de unirme a la Agencia Espacial Italiana y a la Agencia Espacial Europea. Cuando tenemos un momento para bajar la mirada, la belleza, que es el efecto en tres dimensiones de la hermosura del planeta, nos conquista el corazón, me conquista el corazón. Y entonces sí, rezo: rezo por mí, por nuestras familias, por nuestro futuro. Llevo conmigo su medalla y dejo que la medalla se quede flotando ante mí para demostrar la ausencia de gravedad. Debería darle las gracias por esta oportunidad y quiero que esta medalla flote por mi amigo y colega Paolo: él regresará a la Tierra en la nave Soyuz. Yo traje la medalla al espacio y él la llevará a la tierra para devolvérsela a usted.

Quinta pregunta [en italiano] dirigida a Paolo Nespoli.

--Benedicto XVI: Mi última pregunta es para Paolo. Querido Paolo, sé que en los días pasados tu mamá te ha dejado y cuando regreses en unos días a casa ya no estará esperándote. Todos estamos a tu lado, yo también he rezado por ti... ¿Cómo has vivido este momento de dolor? En vuestra estación, ¿os sentís alejados y aislados y experimentáis la desesperación o más bien os sentís unidos entre vosotros e integrados en una comunidad que os acompaña con atención y afecto?

--Paolo Nespoli (Italia) [en italiano]: Santo Padre, he experimentado sus oraciones, vuestras oraciones han llegado hasta aquí. Es verdad, estamos fuera de este mundo, estamos en órbita alrededor de la Tierra y podemos ver mejor la Tierra y seguir todo lo que nos rodea. Mis colegas aquí, abordo de la Estación --Dimitri, Kelly, Ron, Alexander y Andrei-- han estado muy cerca de mí en este momento importante para mí, muy intenso, así como mis hermanos, mis hermanas, mis tías, mis primos, mis parientes han estado cerca de mi madre en los últimos momentos. Doy las gracias por todo esto. Me he sentido lejos pero también muy cerca, y seguramente el pensamiento de experimentaros a todos cerca de mí, unidos en este momento, ha sido un enorme alivio. Doy también las gracias a la Agencia Espacial Europea y a la Agencia Espacial de los Estados Unidos que han puesto a disposición los recursos para que yo haya podido hablar con ella en los últimos momentos.

Saludo final [en inglés]

--Benedicto XVI: Queridos astronautas: os doy las gracias de corazón por esta maravillosa oportunidad de encuentro y diálogo con vosotros. Vosotros me habéis ayudado a mí y a otras muchas personas a reflexionar juntos sobre cuestiones importantes que afectan al futuro de la humanidad. Os deseo todo lo mejor para vuestro trabajo y para el éxito de vuestra gran misión al servicio de la ciencia, de la colaboración internacional, del auténtico progreso, y de la paz en el mundo. Vosotros seguiréis estando en mis pensamientos y oraciones y de corazón os imparto mi bendición apostólica.

[Traducción del original inglés e italiano realizada por Jesús Colina

© Libreria Editrice Vaticana]

Mensaje a los católicos chinos

MENSAJE A LOS CATÓLICOS CHINOS

1. "Que el Dios de la esperanza os llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en vosotros por obra del Espíritu Santo. " (Rm 15, 13).

Del 11 al 13 del mes de abril corriente nos hemos reunido en el Vaticano para estudiar algunas cuestiones de mayor importancia, referidas a la vida de la Iglesia católica en China.

Los encuentros han tenido lugar en un clima de fraternidad serena y cordial y han sido enriquecidos por contribuciones, que han tomado su eficacia tanto de la reflexión y de la experiencia de los Participantes como de las informaciones y de los testimonios llegados aquí desde China.

Movidos por el amor por la Iglesia en China, por el dolor por las pruebas que estáis afrontando y por el deseo de animaros, hemos profundizado nuestro conocimiento de la situación eclesial mediante una visión panorámica de la organización y de la vida de las Circunscripciones eclesiástica de vuestro país. Hemos constatado el clima general de desorientación y de ansiedad por el futuro, los sufrimientos de algunas Circunscripciones privadas de Pastores, las divisiones internas en otras, la preocupación de otras que no tienen personal ni medios suficientes para afrontar los fenómenos de creciente urbanización y de despoblación de las áreas rurales.

De la lectura de los datos se han puesto de manifiesto, también, una fe viva y una experiencia de Iglesia, capaces de dialogar de modo fructífero con las realidades sociales de cada territorio. La acción conjunta de obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y fieles laicos viene a componer, en la mayor parte de los casos, un mosaico, en el que se refleja la imagen de cristo y de sus muchos discípulos. Muchas religiosas, con espíritu de abnegación y viviendo no pocas veces en auténticas estrecheces económicas, se consumen diariamente en la cercanía a las familias, a los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos. Varias asociaciones cuidan las obras de caridad y de asistencia, haciéndose cargo de las necesidades de los más pobres y de aquellos que en estos años se han visto afectados por inundaciones y terremotos.

2. Alentamos a los obispos, junto con los sacerdotes, a conformarse cada vez más a Cristo Buen Pastor, a proveer para que a sus fieles no les falte la enseñanza de la fe, a estimular una justa laboriosidad y a arreglárselas para erigir, allí donde faltan y son necesarios, nuevos lugares de culto y de educación en la fe y, sobre todo, para formar comunidades cristianas maduras. Invitamos también a los Pastores a cuidar, con renovado compromiso y entusiasmo, la vida de los fieles, especialmente en sus elementos esenciales de la catequesis y de la liturgia. Exhortamos a los propios Pastores a enseñar a los sacerdotes, con su propio ejemplo, a amar, a perdonar y a ser fieles. Invitamos también a las comunidades eclesiales a seguir anunciando el Evangelio con fervor cada vez más intenso, mientras que nos unimos a su agradecimiento hacia Dios por el bautismo de los adultos, que se celebrará en los próximos días pascuales.

3. Nos hemos detenido en particular en algunas dificultades, surgidas recientemente en vuestras comunidades.

En lo que respecta al triste episodio de la ordenación episcopal de Chengde, la Santa Sede, en base a las informaciones y a los testimonios recibidos hasta ahora no tiene razones para considerarla inválida, mientras que la considera gravemente ilegítima, porque ha sido conferida sin el mandato pontificio, y esto hace también ilegítimo el ejercicio del ministerio. Estamos además doloridos porque ha tenido lugar después de una serie de consagraciones episcopales consensuadas y porque los obispos consagrantes han sufrido varias presiones. Como escribe el Santo Padre en su carta de 2007, "la Santa Sede sigue con suma atención el nombramiento de los Obispos, puesto que esto afecta al corazón mismo de la vida de la Iglesia, ya que el nombramiento de los Obispos por parte del Papa es garantía de la unidad de la Iglesia y de la comunión jerárquica. Por este motivo el Código de Derecho Canónico (cf.canon 1382) establece graves sanciones tanto para el Obispo que confiere libremente la ordenación sin mandato apostólico como para quien la recibe; en efecto, dicha ordenación representa una dolorosa herida para la comunión eclesial y una grave violación de la disciplina canónica. El Papa, cuando concede el mandato apostólico para la ordenación de un Obispo, ejerce su autoridad espiritual suprema: autoridad e intervención que quedan en el ámbito estrictamente religioso. No se trata por tanto de una autoridad política que se entromete indebidamente en los asuntos interiores de un Estado y vulnera su soberanía" (n. 9).

Las presiones y constricciones externas pueden hacer que no se incurra automáticamente en la excomunión. Queda sin embargo una herida, provocada al cuerpo eclesial. Cada obispo implicado debe, por tanto, dar explicaciones a la Santa Sede y encontrar el modo de aclarar su propia postura a los sacerdotes y a los fieles, profesando nuevamente la fidelidad al Sumo Pontífice, para ayudarles a superar su sufrimiento interior y para reparar el escándalo exterior que se ha causado.

Estamos a vuestro lado en estos momentos difíciles. Invitamos a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los fieles laicos a comprender las dificultades de sus propios obispos, a animarles, a apoyarles con la solidaridad y con la oración. Para todos será, ciertamente, de consuelo lo que el Papa escribe en su Carta: “Soy consciente de las graves dificultades que tenéis que afrontar […] para manteneros fieles a Cristo, a su Iglesia y al Sucesor de Pedro. Recordándoos —como ya afirmaba san Pablo (cf. Rm 8,35-39)— que ninguna dificultad puede separarnos del amor de Cristo, espero que sabréis hacer todo lo posible, confiando en la gracia del Señor, para salvaguardar la unidad y la comunión eclesial incluso a costa de grandes sacrificios" (n. 8).

4. En lo que respecta a la 8ª Asamblea Nacional de los Representantes Católicos, son iluminadoras, una vez más, las palabras del Santo Padre: "Considerando 'el plan originario de Jesús', resulta evidente que la pretensión de algunos organismos, que el Estado ha querido y que son ajenos a la estructura de la Iglesia, de ponerse por encima de los Obispos mismos y de dirigir la vida de la comunidad eclesial, no está de acuerdo con la doctrina católica, según la cual la Iglesia es apostólica, como ha reiterado también el Concilio Vaticano II. […] La finalidad declarada de los mencionados organismos de poner en práctica 'los principios de independencia y autonomía, autogestión y administración democrática de la Iglesia', es también inconciliable con la doctrina católica" (n. 7).

5. La elección de Pastores para la guía de las numerosas diócesis vacantes es una necesidad urgente y, al mismo tiempo, fuente de viva preocupación. La Comisión augura vivamente que no haya nuevas heridas a la comunión eclesial, y pide al Señor fuerza y valor para todas las personas implicadas. Al respecto, se debe tener presente también lo que escribió el Papa Benedicto XVI: "La Santa Sede desearía ser completamente libre en el nombramiento de los Obispos; por tanto, considerando el reciente y peculiar camino de la Iglesia en China, deseo que se llegue a un acuerdo con el Gobierno para solucionar algunas cuestiones referentes tanto a la selección de los candidatos al episcopado como a la publicación del nombramiento de los Obispos y el reconocimiento —en lo que sea necesario a efectos civiles— del nuevo Obispo por parte de las Autoridades civiles" (n. 9). Hagamos nuestros estos deseos y miremos con temblor y con temor al futuro: sabemos que éste no está enteramente en nuestras manos y lanzamos un llamamiento para que los problemas no crezcan y las divisiones no se ahonden, a costa de la armonía y de la paz.

6. En el examen de la situación de las Circunscripciones han surgido también algunas dificultades a propósito de sus límites. Al respecto, se ha reconocido la necesidad de tomar nota de las nuevas condiciones, respetando la normativa eclesiástica y teniendo siempre presente lo que se lee en la Carta Pontificia a los católicos en China: “Durante los últimos cincuenta años se han producido numerosos cambios administrativos en campo civil. Esto ha afectado también a muchas circunscripciones eclesiásticas, que han sido eliminadas o reagrupadas, o bien modificadas en su configuración territorial tomando como base las circunscripciones administrativas civiles. A este respecto, deseo confirmar que la Santa Sede está disponible para afrontar toda esta cuestión de las circunscripciones y provincias eclesiásticas en un diálogo abierto y constructivo con el Episcopado chino y —en lo que sea útil y oportuno— con las Autoridades gubernativas" (n. 11).

7. Nos hemos detenido, finalmente, en el tema de la formación de los seminaristas y de las religiosas, dentro y fuera de China. Hemos considerado las dificultades que los seminaristas encuentran tanto para sus estudios en el extranjero como en su vida de seminario, apreciando también ejemplos de valentía y paciencia. Se ha constatado, además, la necesidad de utilizar instrumentos ulteriores y más eficaces para favorecer la formación permanente del clero. Hemos notado con agrado que las comunidades católicas en China organizan, en su interior, iniciativas con fines formativos. Para todos resulta oportuno ofrecer propuestas educativas que desarrollen de modo integral la personalidad humana y cristiana de los diversos sujetos.

8. Auguramos que el diálogo sincero y respetuoso con las Autoridades civiles ayude a superar las dificultades del momento actual, para que también las relaciones con la Iglesia católica contribuyan a la armonía de la sociedad.

9. Hemos sabido con alegría la noticia de que la diócesis de Shanghai puede iniciar la causa de beatificación de Pablo Xu Guangqi, que se añade a la del padre Matteo Ricci, S.I.

10. Para superar las situaciones difíciles de cada comunidad, la oración será de gran ayuda. Se podrán organizar varias iniciativas, que os ayudarán a renovar vuestra comunión de fe en Jesús Nuestro Señor y de fidelidad al Papa, para que la unidad entre vosotros sea cada vez más profunda y visible. Al mismo tiempo os aseguramos nuestra oración cotidiana, de modo particular por aquellos que afrontan graves dificultades de diverso tipo, y por todos los enfermos y los sufrientes de vuestra nación.

11. En el encuentro que tuvo lugar al término de la Reunión Plenaria, Su Santidad reconoció el deseo de unidad con la Sede de Pedro y con la Iglesia universal que los fieles chinos no dejan de manifestar, aun en medio de muchas dificultades y aflicciones. La fe de la Iglesia, expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica y que hay que defender aun al precio de sacrificios, es el fundamneto sobre el que las comunidades católicas en China deben crecer en la unidad y en la comunión.

El Santo Padre ha recordado, además, la importancia de la formación, en particular la espiritual, para que la vida interior del cristiano, educada en la oración personal y litúrgica, haga frente a los retos del momento actual. Finalmente, confiando todo el rebaño de los fieles chinos a la intercesión de María Santísima, Reina de China, renovó la apremiante invitación a toda la Iglesia a dedicar el día 24 de mayo, memoria litúrgica de la Beata Virgen María, Auxilio de los Cristianos, a la oración por la Iglesia en China.

13 de abril de 2011

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Beato Juan Pablo II: Homilía de Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio"». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

En el texto de la homilía: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén.

[Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana]

La beatificación de Wojtyla, tres días de oración y memoria

“Cada una de las tres celebraciones de la beatificación – afirmó a la prensa monseñor Marco Frisina, director de la Oficina Litúrgica del vicariato de Roma – se caracteriza por algunos elementos particulares que quieren poner de manifiesto la riqueza de la personalidad del nuevo Beato y, al mismo tiempo, el gran impacto que su pontificado tuvo en la diócesis de Roma y en el mundo entero”.

Sábado 30 de abril

En el Circo Máximo la cita para la vigilia es a las 18,00 h. (el acceso a los fieles de permitirá desde las 17.30 h). La celebración se desarrollará en dos momentos: la celebración de la Memoria y la celebración del Santo Rosario. “En la primera parte – afirmó monseñor Frisina – estaremos acompañados por las palabras y los gestos de Juan Pablo II: una forma concreta de hacer nuestra la gran herencia espiritual del nuevo Beato para poderla vivir hoy”.

En el palco se expondrá una reproducción en grande de María Salus Populi Romani,patrona de la ciudad de Roma, ante la cual algunos representantes de las parroquias y de las capellanías diocesanas colocarán velas.

Un montaje vídeo recordará los últimos meses del pontificado de Juan Pablo II, marcados de modo particular por el sufrimiento, al término de cual ofrecerán su testimonio dos de los más estrechos colaboradores del Papa: Joaquín Navarro-Valls, director de la Sala de Prensa entre 1984 y 2006, y el cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo de Cracovia y secretario personal de Juan Pablo II.

Seguirá el testimonio del sor Marie Simon-Pierre, cuya curación milagrosa abrió el camino para la beatificación, y de algunos jóvenes de Roma recogidos en breves grabaciones. Marcará el final de la primera parte el canto "Totus tuus", compuesto por monseñor Frisina para el 50° aniversario de la ordenación sacerdotal de Juan Pablo II.

La segunda parte constará de la celebración de los Misterios luminosos del Santo Rosario – introducidos precisamente por el papa Juan Pablo II – en los que se celebra la vida pública de Jesús. Se iniciará con el canto del Himno del Beato Juan Pablo II "Abrid las puertas a Cristo" escrito por monseñor Frisina “cuyo texto – explicó el propio prelado – resume los contenidos más importantes del pontificado de Juan Pablo II, mientras que el estribillo contiene el llamamiento a abrir nuestro corazón al amor de Dios’ con el que el papa comenzó su pontificado”.

Seguirá una introducción del cardenal Vicario de Roma, Agostino Vallini, que presentará en síntesis la personalidad espiritual y pastoral del Beato; después el rezo del Rosario, que se celebrará en conexión en directo con 5 santuarios marianos diseminados por el mundo.

“Cada uno de los misterios del Rosario – subrayó monseñor Frisina – se unirá a una intención de oración, querida a Juan Pablo II: por los jóvenes, la del Santuario de Łagniewniki de la Divina Misericordia en Cracovia (Polonia); por la familia la del Santuario de Kawekamo – Bugando (Tanzania); por la evangelización la del Santuario de Notre Dame du Lebanon – Harissa (Líbano); por la esperanza y la paz de los pueblos la de la Basílica de Santa María de Guadalupe (México) y, finalmente, por la Iglesia la del Santuario de Fátima (Portugal)”.

Benedicto XVI, en conexión desde el Palacio Apostólico, recitará la oración final e impartirá la bendición apostólica a todos los participantes. Estos últimos, durante el canto de la Salve, serán invitados a encender sus velas en signo de alabanza a Dios y de devoción a la Virgen María. Terminará así la celebración en el Circo Máximo, pero no la vigilia de oración en la noche romana.

“Noche blanca” de oración

“Roma – explicó Walter Insero, responsable de la Oficina de las comunicaciones sociales del Vicariato de Roma – vivirá por primera vez una “noche blanca de oración”. A partir de las 23 h., para los peregrinos que lo deseen en ocho iglesias del Centro histórico será posible rezar hasta el alba. Las iglesoas – S. Anastasia, S. Bartolomeo all’isola, S. Agnese in Agone en Piazza Navona, S. Marco al Campidoglio, Santissimo Nome di Gesù en Argentina, S. Maria in Vallicella, S. Andrea della Valle y S. Giovanni dei Fiorentini – se encuentran a lo largo del recorrido que desde el Circo Máximo conduce a la Basílica de San Pedro.

“Los jóvenes de Roma – prosiguió Insero –, animadores de esta noche de fe, acogerán a los peregrinos invitándoles a entrar en la Iglesia y a unirse en la oración”. Estos, así, “no verán únicamente los testimonios artísticos, sino las 'piedras vivas' de la Iglesia de Roma”.

Habrá un esquema común para la oración en las ocho iglesias, en la que se alternarán lectura y meditación de la Palabra de Dios: “Hemos venido a adorarlo" (Mt 2, 2ss); "Vosotros quién decís que soy yo" (Mt 16,15ss); silencio y adoración eucarística; lectura de algunos textos de Juan Pablo II dirigidos a los jóvenes y, también, testimonios de algunos jóvenes, cantos realizados por grupos juveniles, rezo del Rosario y Corona de la Divina Misericordia.

“Hasta el alba – concluyó Insero – gracias a la disponibilidad de muchos sacerdotes que se han adherido, los peregrinos podrán, celebrando el sacramento de la reconciliación, experimentar la misericordia de Dios”.

Domingo 1 de mayo

Las puertas de acceso de los peregrinos a la plaza de San Pedro (cerrada, junto a la Via della Conciliazione desde las 13,00 h del sábado) se abrirán a las 5,30 de la mañana. También estarán presentes 2.300 periodistas procedentes de 101 países del mundo.

La liturgia de Beatificación, prevista a las 10,00 h., será precedida por una hora en la que, explicó monseñor Frisina “rezaremos juntos la Corona de la Divina Misericordia, una devoción introducida por santa Faustina Kowalska y muy querida al Beato Juan Pablo II”. La Corona “es una oración letánica, parecida al Rosario, con la que se invoca la misericordia de Dios y se pide el perdón de los pecados en un acto de confianza hacia la misericordia de Cristo”. Esta preparación terminará con una Invocación de la Misericordia de Dios sobre el mundo con el canto Jezu ufam tobie – Jesús, confío en ti.

A las 9,55 la procesión litúrgica de ingreso con el Papa saldrá de la Puerta de Bronce y subirá hacia el altar desde el pasillo central de la plaza.

“En la celebración – informó el padre Federico Lombardi, director de la Sala de Prensa vaticana – estarán presentes 87 delegaciones oficiales de otros tantos países, entre los cuales los representantes de cinco casas reinantes (Bélgica, Luxemburgo, Liechtstenstein, España, Reino Unido), 16 Jefes de Estado (entre los cuales los presidentes de Italia y Polonia), 6 Jefes de gobierno y exponentes de la Unión europea”.

Concelebrantes del Papas, según las informaciones difundidas por el maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, monseñor Guido Marini estarán sólo los cardenales presentes, a lo cuales se unirá monseñor Mieczyslaw Mokrzycki, de 1995 a 2005 segundo secretario de Juan Pablo II. El cáliz que se usará será el que usaba habitualmente Juan Pablo II en los últimos años de su pontificado, y la casulla y la mitra que llevará el Papa se realizaron bajo el pontificado de Juan Pablo II y él las usó a menudo.

El rito de la beatificación verdadero y propio está previsto después del acto penitencial. El cardenal Agostino Vallini, en cuanto vicario general para la diócesis de Roma, parte implicada en el proceso de beatificación de Juan Pablo II, hará requerimiento expreso y leerá algunos rasgos biográficos del Siervo de Dios que constituyen una síntesis de los motivos que han llevado a su beatificación. Inmediatamente después el Papa pronunciará la fórmula de Beatificación. En ese momento se quitará el velo que cubre el tapiz colocado bajo la logia central de la Basílica de San Pedro, y que reproduce una fotografía de Juan Pablo II en 1995. Después se colocarán en el Altar las reliiqoas del nuevo Beato.

“Se trata – explicó el padre Lombardi – de un relicario con forma de ramos de olivo, de 40 cm de alto, distinto del de forma de libro del Evangelio que se usará en la Misa de acción de gracias del 2 de mayo”.

La reliquia que será expuesta a la veneración de los fieles es una pequeña ampolla de sangre que será llevada al altar por sor Tobiana Sobódka, de la Congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, que sirvió en el apartamento de Juan Pablo II durante todo el pontificado, por sor Marie Simon Pierre, de la Congregación de las Petite Soeurs des Maternités, que fue agraciada con un milagro por el nuevo Beato y por cuatro jóvenes de la diócesis de Roma y de la diócesis de procedencia de sor Marie, que llevarán cirios, mientras que otras dos personas llevarán flores.

Al término de la celebración eucarística, el Papa entrará el primero en la Basílica junto a los cardenales para venerar el féretro con los restos del beato. Seguirán las autoridades y las delegaciones oficiales (que recibirán el saludo de Benedicto XVI junto a la Piedad de Miguel Ángel) y después comenzará el flujo de fieles que podrán desfilar hasta la tarde e incluso durante la noche, si fuese necesario, hasta las 5,00 de la mañana del lunes 2 de mayo, cuando comenzarán las actividades para preparar la Plaza de San Pedro a la celebración de acción de gracias.

Lunes 2 de mayo

Los tres días de oración concluirán con la primera misa celebrada en honor del nuevo Beato – cuya intercesión se invocará por primera vez por la Iglesia – presidida por el secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, a las 10,30 h.

También esta celebración será precedida por una hora de preparación: desde las 9,30 “escucharemos – anunció monseñor Frisina – algunas poesías del Beato recitadas por los actores Dariusz Kowalski y Pamela Villoresi. Las lecturas serán entremezcladas por fragmentos sinfónicos ejecutados por el Coro de la diócesis de Roma con la participación del Coro unido polaco de Varsovia y de la Orquesta sinfónica de la Radio polaca de Katowice, y con la participación de la soprano Ewa Izykowska”.

Los textos litúrgicos, explicó también el prelado, serán los propios del nuevo Beato: “el pasaje de Isaías sobre el mensajero de anuncios alegres, el número 8 de la carta a los Romanos con la invocación '¿quién nos separará del amor de Cristo?’ y el pasaje del Evangelio de Juan en el que Jesús le pregunta a Pedro: ¿Me amas?”.

La celebración terminará con el canto del Regina Coeli.

Por Chiara Santomiero, traducción del italiano por Inma Álvarez

Testamento espiritual del prior de los monjes asesinados en Argelia

Si me sucediera un día -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer involu crar ahora a todos los extranjeros que viven en Argelia, desearía que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida estaba entre gada a Dios y a este país. Que aceptaran que el único Señor de toda vida no podría permane cer ajeno a esta partida brutal. Que oraran por mí: ¿cómo podría ser hallado digno de tal ofrenda? Que supieran asociar esta muerte a tantas otras igualmente violentas, relegadas a la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra. Tampo co menos. En cualquier caso, carece de la ino cencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saberme cómplice del mal que, la mentablemente, parece prevalecer en el mundo, y también de aquel que podría golpearme ciegamente.

Llegado el momento, querría tener ese ins tante de lucidez que me permitiera solicitar el perdón de Dios y el de mis hermanos en la hu manidad, y al mismo tiempo perdonar de todo corazón a quien me hubiera golpeado. No po dría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. De hecho, no veo cómo podría alegrarme de que este pueblo al que amo fuera acusado indistintamente de mi asesi nato. Sería un precio demasiado alto para la que, tal vez, llamarán la «gracia del martirio» debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice actuar por fidelidad a lo que él cree que es el islam. Conozco el desprecio con el que se ha llegado a rodear a los argeli nos globalmente considerados. Conozco igual mente las caricaturas del islam que alienta cier to islamismo. Es demasiado fácil tranquilizar la conciencia identificando esta vía religiosa con los integrismos de sus extremistas.

Argelia y el islam, para mí, son otra cosa: son un cuerpo y un alma. Lo he proclamadobastante, según lo que he reci bido de ellos concretamente, encontrando ahí con mucha fre cuencia el hilo conductor del Evangelio que aprendí en las rodillas de mi madre, mi más temprana Iglesia, precisamente en Argelia y, ya entonces, en elrespeto de los creyentes musul manes. Evidentemente mi muerte parecerá dar la razón alos que me han tratado a la li gera como ingenuo o idealista: «¡Que diga ahora lo que pien sa!». Pero aquellos deben saber que por fin se liberará mi cu riosidad más punzante.

He aquí que, si Dios así lo quiere, podré sumergir mi mira da en la del Padre, para con templar con él a sus hijos del islam como él los ve, totalmen te iluminados por la gloria deCristo, frutos de su pasión, in-vestidos del don del Espíritu,cuyo gozo secreto siempre seráestablecer la comunión y resta blecer la semejanza, jugandocon las diferencias.

Por esta vida perdida, total mente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios queparece haberla querido toda en tera para ese gozo, através y a pesar de to do.

En este gracias, en el que está todo dicho yade mi vida, ciertamente os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, ami gos de aquí, junto a mi madre y a mi padre, mis hermanas y mis hermanos, y a los su yos ¡el céntuplo acor dado, como se prome tió!

Y a ti también, amigo del úl timo instante, que no habrás sa bido lo que hacías. Sí: también para ti quiero este gracias y este «a-Dios» por ti previsto. Y que se nos conceda reencontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nues tro, tuyo y mío. Amén. Insh'allah.


[Traducción publicada por L'Osservatore Romano]

El Papa y su oso

En la dedicación de la parroquia romana de San Corbiniano -una liturgia ejemplar por el esmero y la participación de los fieles, entre ellos muchísimos niños- estaban presentes tres sucesores del fundador de la diócesis de Freising: además de Joseph Ratzinger, actual Papa con el nombre de Benedicto XVI, los cardenales Friedrich Wetter y Reinhard Marx. Un hecho excepcional, que el párroco puso de relieve en su emotivo saludo inicial.

El Obispo de Roma, sucesor del primero de los Apóstoles, en la homilía improvisó una breve reflexión sobre este monje francés, atraído por la vida contemplativa, que bajó a Roma para fundar en ella un monasterio. Pero aquí su vida cambió de un modo inesperado: el Papa lo ordenó obispo para Baviera, donde la población "quería hacerse cristiana, pero faltaba gente culta, faltaban sacerdotes para anunciar el Evangelio".

Esa elección de Gregorio II manifestó universalidad -el santo, de hecho, "une Francia, Alemania y Roma", destacó el Papa- y al mismo tiempo unidad: Corbiniano nos dice que "la Iglesia está fundada sobre Pedro" y que era la misma "de hoy".

Por una razón muy sencilla: Cristo es el mismo, "la Verdad, siempre antigua y siempre nueva, actualísima, presente, y es la clave para el futuro".

Dirigiéndose a los fieles, Benedicto XVI aludió al oso que eligió para poner en su escudo, episcopal y luego papal. Joseph Ratzinger había escrito por primera vez sobre esto en su libro autobiográfico, tan pequeño como valioso, que publicó al cumplir setenta años y donde recogió sus recuerdos hasta la consagración episcopal.

En él cuenta cómo a este animal, que había devorado el caballo de Corbiniano en su viaje hacia Roma, el monje lo obligó a cargar su bulto.

Ratzinger, siguiendo las huellas de su predilecto Agustín, explicaba que aquel peso -la carga episcopal de quien "tira del carro de Dios en este mundo"- había sido impuesto a Corbiniano y al obispo africano [san Agustín], ambos atraídos por la contemplación y el estudio.

"Pero precisamente de este modo yo estoy cerca de ti, te sirvo, tú me tienes de la mano", concluía el cardenal ya en Roma. Encomendándose al único Señor, como hace cada día Benedicto XVI, que sigue siempre muy apegado a su oso.

Siete claves del matrimonio y de la familia cristiana

Quisiera hacer una exposición sencilla y humilde, que no pretende abordar sistemáticamente el tema de la familia, sino sólo ofrecer una serie de intuiciones que me gustaría compartir con vosotros. Posteriormente, en un clima de plena confianza, me gustaría que tuviésemos tiempo para hablar, y para que podáis presentar a vuestro obispo las dudas y otras cuestiones que os parezcan pertinentes. 

Más allá de este encuentro de pastoral familiar, por lo que a mí respecta, también es importante presentarme como obispo. Soy consciente de que en la Iglesia cargamos sobre nuestros hombros muchas imágenes distorsionadas y antipáticas; y la única forma que se me ocurre de poder sanarlas, es tener encuentros como éste en el que estamos ahora mismo; escucharnos mutuamente, hablar con sencillez y libertad, comprobar que no tenemos "cuernos", e ir avanzado en la vida de la Iglesia. Yo quisiera que tuviéramos esa santa confianza de comunicación y que nadie piense que el plantear ciertas cuestiones pueda ser inoportuno. Estamos en familia y, precisamente, vamos a hablar de la familia.

Mi punto de partida es la afirmación de que la Iglesia tiene una preocupación muy especial por la familia. Muchas veces hemos expresado la convicción compartida de que difícilmente vamos a poder transmitir la fe a las nuevas generaciones, a los niños, a los jóvenes, si no contamos con la familia, como el lugar "natural" para la evangelización. Es imposible transmitir la fe a una tercera generación, teniendo que pasar por encima de la segunda. ¡Muy difícil! En torno a la familia nos jugamos el futuro de la Iglesia y hasta de la misma sociedad. Más aún, como decía Juan Pablo II: "En torno a la familia y a la vida se libra el principal combate por la dignidad del hombre".

Es verdad que, afortunadamente, la familia es una institución muy valorada. Cuando se hacen por ahí encuestas, la gran mayoría afirma valorar mucho la familia; pero al mismo tiempo se va derivando hacia un concepto de familia "difuso". La familia ha pasado a ser para muchos el lugar en que recibimos una acogida confortable, cómoda, el "txoko" en el que sentirse afectivamente a gusto... Sin embargo, queda en el olvido, o muy en segundo lugar, el hecho de que la familia es también el lugar de transmisión de los valores y de la educación moral.  Se produce esta paradoja: la familia es muy valorada, pero al mismo tiempo está inmersa en una gran crisis moral. Este riesgo existe.

No creo que os descubro el Mediterráneo,  si digo que en nuestra cultura lo que prima, lo que está en alza, es la concepción autónoma del hombre; un hombre libre, independiente, que piensa: "a mí, que nadie me diga lo que tengo que hacer"; con una concepción de "liberación" en la que parece que el hombre más maduro es aquel que no depende de nadie.

Se trata de una concepción de "autonomía" y de "libertad" que no se compagina fácilmente con la vocación de la familia. Nosotros creemos que el valor supremo no es tanto la independencia del hombre, cuanto su "comunión". El hombre maduro no es el más independiente o el más aislado frente a los demás, sino todo lo contrario.

Por lo demás, recordemos que nosotros, los creyentes, creemos en un Dios que es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios no es un ser individual, sino que Dios es familia. Y esto no es algo baladí. El hecho de que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo quiere decir que a los hombres nos ha creado con el sello de la familia; nos ha creado con una vocación a la comunión. Dicho de otra manera: no es que Dios nos crease como individuos y luego se nos ocurrió juntarnos en familias. Eso de unirse en familias no es una construcción cultural, como dicen algunos, o una invención de las religiones, sino que, muy al contrario, está inserto en nuestro ser, en nuestra personalidad; es inherente a nosotros, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios que es familia. Éste es el punto de partida, y desde aquí  quiero comenzar: nosotros, por creación, no somos "individuos" sino "personas" en comunión. 

Desde este punto de partida, os quiero ofrecer siete claves, tal vez un poco desordenadas, que no pretenden otra cosa que hacernos reflexionar, de forma que nos ayuden a examinar la "salud" de nuestra vivencia familiar.  

1. Primera clave: el sacramento del Matrimonio es un camino para la unión con Dios.

Se trata de recordar y revivir este principio básico: El matrimonio es una vocación para la unión con Dios. Obviamente, también lo es para la unión del hombre y la mujer... Pero es que resulta que en nuestro subconsciente, está presente el concepto de que el sacerdocio o la vida religiosa, son el camino para la unión con Dios (el sacramento "religioso"); mientras que el sacramento del matrimonio sería algo así como el sacramento "no religioso", el sacramento -digamos- "mundano". Los religiosos y los sacerdotes serían aquellos que apuestan por la unión con Dios, mientras que en el sacramento del matrimonio la apuesta sería distinta, no explícitamente para la unión con Dios. Partimos así de una imagen equivocada que hemos de purificar. Porque, en realidad, subamos a un monte por una ladera o por otra -hay muchas laderas para subir al monte-, al final llegamos al mismo pico, a la misma cumbre. Y de esto tenemos que convencernos: el sacerdocio, la vida religiosa y el matrimonio suben a la misma meta, y son caminos de una vocación a la unión plena con Dios. 

Ocurre quizás que en el matrimonio, en la vida de familia, existe un innegable riesgo de quedar absorbido por muchos problemas a lo largo del "camino": los agobios, la hipoteca, los niños, enfermedades, colegios, trabajo, etc. El riesgo del matrimonio y de la familia es quedarse inmerso en estas preocupaciones, olvidándose de la "meta" a la que nos dirigimos. Por el contrario, el riesgo más inmediato del sacerdocio o de la vida religiosa, no es tanto el de olvidar la meta a la que nos dirigimos... (¡Tendría delito!, como se dice popularmente, que los sacerdotes y religiosos nos olvidásemos de que Dios es nuestra meta). El peligro principal, en nuestro caso, suele ser el de configurar nuestra vida como si fuésemos unos "solterones". (Que me perdonen los solteros, porque utilizo la expresión en un sentido negativo). Me refiero al riesgo de buscar un estatus de vida acomodada, a no entregar plenamente la vida, a no vivir enamorados de la vocación que Dios nos ha dado; a ser una especie de "funcionarios acomodados" (¡y que me perdonen también los funcionarios!).

Pongo un ejemplo para iluminar lo anterior: Cuando los sacerdotes visitamos a las familias, -a mí siempre me ha gustado mucho en mi vida sacerdotal visitar a las familias- te invitan un día a cenar, y ves lo que es una familia con todos sus niños. Y ves que en una familia hay una entrega plena, y no hay "tregua", los niños lo piden todo, y los padres no tienen nada para sí, ni un metro cuadrado ni un minuto para sí mismos, no se poseen en propiedad, son totalmente para darse entre ellos y para darse a los niños. Y, ¡cómo no!, te llama profundamente la atención esa experiencia que comparten contigo. Uno sale de esa visita admirado de cómo ellos han entregado su vida totalmente, y cuestionándose si nosotros, los sacerdotes, actuamos con la misma generosidad: ¿Voy a poner límites a mi servicio sacerdotal, reduciéndolo a unas horas de despacho, o a unas circunstancias o momentos limitados? Obviamente, los sacerdotes y religiosos tenemos el riesgo de plantearnos la vida como un solterón; y, por ello, la vida de plena entrega en el seno de la familia, es un estímulo muy grande para recordar que Dios también nos ha pedido y nos ha  ofrecido, a través del celibato, un corazón esponsal de plena entrega.

Y al revés, un sacerdote, un religioso, le recuerdan a la familia que su camino es camino de unión con Dios, que no están únicamente para solucionar los problemas de esta vida, que son muchos; sino, que en medio de todo eso, están caminando, están peregrinando hacia la misma meta que el sacerdote y el religioso: Dios. Quiero decir con esto que nuestras vocaciones, todas ellas, se complementan y se iluminan unas a otras. Mi primera consideración es ésta: recordad que el matrimonio, la familia, es una vocación para llegar a Dios, para llegar al Cielo.

2. Segunda clave: el amor de Jesucristo.

No olvidéis que en el momento de vuestra unión matrimonial, la Iglesia os recordó que el amor de Cristo ha de ser vuestro modelo de amor. El matrimonio cristiano es amarse en Cristo. Se dijo en la celebración del sacramento: "Juan, ¿te entregas a Carmen como Cristo se entregó a su Iglesia?", Y lo mismo a la esposa: "¿Te entregas a tu esposo como Cristo se entregó a su Iglesia; como la Iglesia se dejó amar por Cristo?" Por lo tanto, nuestro modelo de amor es Jesucristo, y esto no es ninguna consideración poética: uno ama dependiendo de qué modelos, de qué referencias tenga. Nuestra "referencia" y nuestra "fuente" es Jesucristo, su estilo de amor, de entrega, de donación, de "amor crucificado". Y esto nos debe ayudar para sanar el concepto de amor meramente "romántico" que existe en nuestra cultura. 

Ya sé que algunos podríais replicarme que nuestra cultura no es precisamente muy romántica. ¡Es verdad! Muy al contrario, existe una falta de finura y delicadeza muy patente. Pero sí creo que nuestra cultura es "romántica" en cuanto a su concepción del amor, reducido a mera emotividad, confundido con los impulsos y sentimientos más superficiales. ¡El amor es reducido fácilmente a lo emocional! Y para justificar la infidelidad en el amor, se aduce con frecuencia que tenemos que ser sinceros con nuestros sentimientos, con nuestras emociones; y que el amor es "cambiante". Con el paso de los años, se afirma que se ha perdido la "chispa" del amor, y que, en consecuencia, hay que buscar "la química" en otro lado... 

Por desgracia, este concepto "romántico" de amor está muy extendido; y si no, basta fijarse con un poco de detalle en las letras de las canciones de moda, o en los modelos que se presentan en las series de televisión, en el cine... El amor se reduce fácilmente a lo emotivo. Pero claro ¿qué ocurre? ¡Que eso no se corresponde con la verdad antropológica del hombre y de la mujer! Es verdad que el amor afecta a lo emocional, pero lo supera... 

Por cierto, esto es aplicable a todas las vocaciones, también a los sacerdotes y a los religiosos. No penséis que un sacerdote cuando celebra la Misa lo hace siempre con la máxima emoción y sentimiento. Hay mañanas en que te tienes que pellizcar un poco para no dormirte; en las que no estás, precisamente, lleno de devoción... Las personas consagradas a Dios también tenemos muchos momentos en los que vivimos nuestra relación con Dios en "sequedad". Algunos días no sentimos nada en la oración; pero en otros momentos Dios nos puede conceder una gran intimidad y un gran gozo en la relación con él... Es decir, no es lo mismo la fe, que el sentimiento de la fe: uno puede tener una fe muy firme, llena de afectos y emociones; pero también puede ser muy firme su fe, a pesar de que no sienta nada y carezca de afectos.

En lo que respecta al amor de pareja "romántico" (en el sentido al que me refería antes) me atrevería a afirmar que detrás de él se esconde la inmadurez: En vez de ser la razón y la voluntad las que gobiernan nuestra vida, son más bien los sentimientos y las emociones los que se acaban imponiendo y nos acaban arrastrando... La madurez se da cuando es la razón la que ilumina la voluntad, y ésta ilumina los afectos. Por el contrario, la inmadurez es patente cuando dejamos que las emociones se impongan a la voluntad, y la voluntad a la razón. 

Por ejemplo, puede ocurrir con facilidad que a lo largo de nuestra vida matrimonial o de nuestra vida consagrada, nos sobrevengan sentimientos y emociones hacia otras personas, contradictorios con nuestro compromiso de vida. ¿Y cómo deberemos actuar en ese caso? Pues obviamente, tendremos que saber decir: "Oye, para el carro, que esto que se me ha pasado por el corazón es totalmente contradictorio con la fidelidad a mi matrimonio, o con la fidelidad al sacerdocio". Ya sé que lo que he dicho entra en contradicción con la cultura "romántica" que da vía libre a las emociones, pero es que sólo el hombre y la mujer maduros, son capaces de ordenar sus afectos. Y esto no es "reprimir" nuestro mundo afectivo, como muchos dirían; sino más bien "gobernarlo".

Dicho de otra manera, amar no es sólo sentir; amar es "querer querer". Ya sé que esto que digo es un tanto "políticamente incorrecto", pero es así: ¡amar no es sólo sentir, amar es querer querer! No es sólo el amor el que hace durar el matrimonio, sino que también es el matrimonio el que hace durar el amor. El hecho de estar casado, de haber tomado una "determinada determinación" de entregar la vida en el matrimonio, obviamente, preserva el amor, en medio de muchas fluctuaciones o crisis que podamos tener a lo largo de nuestra vida. Y es que, a pesar de que la vida es corta, a su vez, es lo suficientemente larga como para que en ella tengamos que acometer numerosas crisis y pruebas. No conozco a ningún matrimonio que nunca haya tenido momentos de crisis... La vida es corta pero, ¡da para mucho! 

Supongo que os sonará la expresión que dice: "Hay que quemar las naves". Pues bien, tiene su origen en un episodio histórico. Allá por el año 335 a.C., Alejandro Magno se disponía a conquistar Fenicia. En cuanto él y sus hombres  llegaron a las playas, desembarcaron y se encontraron con que Fenicia estaba perfectamente defendida, con unas murallas que parecían inexpugnables, con muchos más defensores que atacantes. Y, claro, los capitanes de Alejandro Magno le dijeron: "Vámonos de aquí, que no hay nada que hacer. Ya volveremos en otro momento". Entonces fue cuando Alejandro Magno pronunció la famosa orden: "Quemad las naves"... Y, ante el estupor de los soldados, las quemaron. De esta forma, se encontraron entre la playa y las murallas de Fenicia, sin posibilidad de volver atrás: "Ahora, o conquistamos Fenicia, o aquí terminan nuestros días". Y, claro, ¡conquistaron Fenicia! No cabe duda de que la conquista fue posible porque las naves habían sido quemadas; de lo contrario, en el fragor de la lucha, fácilmente hubiesen caído en la tentación de retroceder y de huir... Algo de esto pasa también en la vida matrimonial cuando uno es consciente de que amar no solo es sentir emociones; sino que también es "querer querer". De esta forma, los problemas se cogen por los cuernos, sin huir ni escapar de ellos. 

Soy plenamente consciente de que el amor matrimonial maduro no está desligado de los afectos y sentimientos. Por el contrario, la afectividad y la sexualidad han de estar educadas e integradas en la vocación al amor. Pero claro, las crisis sobrevienen, y especialmente, en esos momentos es fundamental nuestro modelo y referencia de amor: Jesucristo. Ésta es la clave de los cristianos: el amor crucificado.

3. Tercera clave: la comunicación.

Nos referimos a la comunicación fluida y profunda dentro del matrimonio. Con frecuencia ocurre que, a pesar de que nos queremos mucho, sin embargo, no sabemos expresarlo; más aún, a veces ocurre que nos queremos mal, de una forma equivocada. ¡No es lo mismo quererse mucho que quererse bien! 

Los sacerdotes solemos escuchar frecuentemente las lamentaciones de quienes sienten un sufrimiento grande tras la muerte de un ser querido, por el remordimiento de no haber sabido expresarle suficientemente cuánto le querían: "Yo quería profundamente a mi madre, a mi abuelo, etc, pero nunca se lo he dicho explícitamente, sino que siempre hemos vivido como el perro y el gato, haciéndonos sufrir. No sé muy bien por qué, pero siempre he tenido una dificultad de comunicación en el hogar. Es como si hubiese reservado lo más amargo de mi carácter para los de casa". Es una paradoja bien conocida: reservamos nuestro lado más insufrible para los seres queridos, y en la calle vamos conquistando a la gente, haciéndonos los simpáticos. Como suponemos que los de casa ya están conquistados, ahí no nos esforzamos nada. ¡Es una de esas contradicciones que más nos pueden hacer sufrir!

Hace poco estaba visitando a un enfermo en el hospital, que estaba muy mal, y su mujer me decía que su esposo enfermo no solía querer que nadie se quedase a su lado, excepto su propia mujer. Me decía lo siguiente: "El caso es que a mí me trata a patadas, pero quiere que esté yo junto a él, porque no se va a atrever a tratar así a otro"...  ¡Somos un misterio difícil de expresar! Pero el mismo refranero refleja esta paradoja: "Donde hay confianza da asco". A pesar de que nos queramos mucho, tenemos dificultades para querernos bien, además de para saber expresarnos lo que sentimos. ¡Saber expresarse bien es todo un arte!

Recuerdo que en el Seminario, entre la filosofía y la teología, se nos invitó a los seminaristas a hacer libremente un curso de espiritualidad. Y dentro de ese curso se abordó algo tan delicado como el aprender a expresar lo que pensábamos unos de los otros, intentando decirlo sin ofendernos, con plena objetividad y con el deseo de ayudarnos. El experimento era muy arriesgado, porque si no se abordaba de forma adecuada, podía hacer más mal que bien. Sin embargo, lo recuerdo como uno de los pasos más importantes en mi vida: fue una verdadera educación en la comunicación y en el aprendizaje de la expresión de nuestros sentimientos y convicciones. Pues bien, en este terreno también existe una gran dificultad en la vida familiar, hasta el punto de ser una de las principales causas de las crisis y de las rupturas: la dificultad en la comunicación.

Esta dificultad, combinada con el orgullo, resulta ser una especie de "bomba", porque el orgullo dificulta mucho más las cosas. ¡El orgullo es la tumba de muchos matrimonios! En nuestra Diócesis tenemos el Centro de Orientación Familiar que trata a muchas parejas. Tiene una gran demanda, -gracias a Dios, hay parejas que quieren afrontar los problemas, sin limitarse a padecerlos- y la mayor parte de los casos que se atienden son por dificultades en la comunicación. 

Por lo tanto, no sólo tenemos que querernos mucho, sino querernos bien. Que no se diga de nosotros lo que afirma el refrán vasco: "Kalean uso eta etxean otso" ("En la calle soy paloma y en casa soy un lobo"). Tengamos en cuenta que la familia no sólo es la "escuela de todas las virtudes", sino también, "el escaparate de todos los defectos".  

Por ello, el mayor regalo que podemos hacer a la familia es la propia conversión. Es el mayor regalo que le puede hacer un padre a un hijo, un esposo a una esposa, unos hijos a una madre, etc. ¡He aquí el mayor regalo!: Ofrecer por la familia la firme decisión y el empeño de la conversión personal.

4. Cuarta clave: la donación dentro de la familia.

La familia está pensada como un instrumento privilegiado para llevar a cabo esa llamada que Dios nos ha dirigido a todos los seres humanos, de emplear "a tope" los talentos que cada uno hemos recibido, sin enterrarlos ni esconderlos. Jesús dice en el Evangelio: "El que busque su vida para sí la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará". Pues bien, el matrimonio y la familia son un camino privilegiado para vivir esta palabra de Cristo.

Ahora bien, está claro que el nivel de donación, dentro de la familia, puede ser más grande o más pequeño. El motor puede estar a más o a menos revoluciones. Y por ello conviene hacer una revisión de la "salud" y de la "calidad" de este "motor de la vida". 

Por ejemplo -y lo digo para todos los casados, que estáis aquí- suponeos que no os hubieseis casado... ¿Qué sería de vosotros si no hubieseis formado una familia, si vuestro

proyecto de vida fuese solitario? Soy consciente de que la pregunta tiene algo de ciencia ficción, pero me atrevería a deciros que habría muchas posibilidades de que fueseis más egoístas y menos santos de lo que sois actualmente. Existiría un notable riesgo de que todo girase en torno al bienestar personal, a la llamada "calidad de vida", a sentirse cómodos... 

Pues bien, la vocación familiar es muy sanadora del egocentrismo. Tiene una capacidad muy grande de hacer de nuestra vida una donación generosa para los demás. Y, además, de una forma en la que uno ni tan siquiera se percata de su propia generosidad. En la familia, uno es capaz de hacer cosas heroicas, que si tuviera que hacerlas para los de fuera de casa, sería considerado como un "santo de canonizar"... Por ejemplo, sería incuantificable si hubiese que "facturar" las horas extras, nocturnidad, riesgos, etc, que se dedican a lo largo de un año, en el seno de la familia. ¡Nos enfrentaríamos ante una factura imposible de abonar! Y, sin embargo, esto tiene lugar dentro de la familia de una forma cuasi espontánea -aunque a veces hay que reconocer que también cuesta-. Dios nos da el don de hacerlo como si no nos estuviese costando. Aquí también se cumple de alguna forma la frase evangélica: "Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda". La vocación matrimonial nos preserva en gran medida de los egocentrismos, de estar toda nuestra existencia mirándonos al ombligo; nos da una gran capacidad de sacrificio, y nos empuja a dar lo mejor de nosotros mismos. Se trata de la mejor terapia para la sanación del narcisismo, tanto para los mayores como para los pequeños. De hecho, los hijos que crecen con la experiencia de vivir y compartirlo todo en familia (de forma especial cuando ésta es numerosa), son fácilmente preservados del egocentrismo.

Ocurre que en la medida en que ha avanzado la crisis de la secularización, también se ha relajado en el seno de la familia el nivel de la entrega generosa. Pongamos otro ejemplo: con frecuencia se oye a quienes deciden casarse: "Nosotros ahora queremos disfrutar de la vida, más adelante ya tendremos hijos"... Les escuchas y piensas en tu interior: "Madre mía, ¿posponer los hijos para disfrutar de la vida?"... Si yo fuera su hijo, todavía en el seno de Dios, les gritaría diciendo, "Aita, ama, no me traigáis al mundo, que no quiero amargaros la vida". En fin, permitidme esta ironía... Nosotros hemos conocido unos padres en los que el concepto de felicidad casi se identificaba con el de entrega: absolutamente olvidados de sí mismos y absolutamente felices; y más felices cuanto más olvidados.

Por eso la secularización ha conllevado una menor generosidad de entrega en el matrimonio, de entrega a los hijos. La crisis de natalidad que tiene Occidente, es una crisis muy compleja, ciertamente, con muchos factores. Pero no sólo tiene factores y motivos coyunturales. También tiene razones morales y espirituales. La crisis de natalidad, el hecho de que Guipuzcoa tenga un índice de natalidad de 1,1 -lejísimos del 2,3-2,4 necesario para el relevo generacional-, obviamente, tiene también raíces morales y espirituales. Claro que puede haber factores externos en la disminución de la natalidad como las crisis económicas, pero paradójicamente, cuando la economía ha sido pujante, el índice de natalidad ha subido poquísimo, incluso a veces hasta ha bajado. Se trata pues, de una crisis espiritual en nuestra cultura. Es obvio que la paternidad y la maternidad lo piden todo de nosotros y eso choca frontalmente con la menor capacidad de entrega, así como la menor capacidad del olvido de nosotros mismos.

5. Quinta clave: la familia extensa. 

Me quiero referir ahora a los bienes espirituales y morales que se derivan de la familia extensa, contrapuesta a la familia nuclear (que es la reducida al matrimonio y los hijos -si los tienen-). Según ha avanzado la secularización, todos somos conscientes de que, salvo honrosas excepciones, las familias se han ido aislando en su núcleo. Si antes la familia se relacionaba de una forma mucho más amplia (tíos, primos, abuelos, etc), y eran muy frecuentes entre nosotros los grandes encuentros familiares, actualmente, nos hemos ido reduciendo a un concepto de familia mucho más nuclear, lo cual conlleva una gran pobreza y está muy en la línea de esa cultura individualista de la que hablaba al principio. Más todavía, la reducción a la familia nuclear, está muy ligada a un concepto de amor "carnal" (en el sentido de nuestra propia "carne y sangre"): por los propios hijos hacemos lo que sea necesario, pero nos sentimos ajenos a los que no han nacido de nuestra carne y sangre.

Y, fijaos bien, no hay una prueba más auténtica de amor en el matrimonio y en la familia que -por ejemplo- la capacidad de amar a la madre de su cónyuge (la suegra), como si fuese la propia madre. Es decir, el amor espiritual hace que mi suegra sea querida y tratada como mi propia madre. ¡¡Es difícil que el esposo/a perciba una prueba de amor superior a ésta por parte de su cónyuge!! (Lo mismo podríamos decir de las demás relaciones familiares extensas: que la cuñada sea como una hermana para mí, etc., etc.). Dicho de otro modo, cuando el matrimonio goza de una buena salud, los vínculos del amor superan la carne y la sangre, y espiritualizan las relaciones de la familia extensa.

Por desgracia, nos encontramos con muchos matrimonios que viven las relaciones familiares en un nivel muy "carnal": "El mes pasado fuimos a casa de tu madre, ahora ya nos toca con mi familia", etc...  Cuando se producen este tipo de discusiones y forcejeos en el seno del matrimonio, es señal de que el amor matrimonial se está viviendo de una forma muy egoísta (desde la propia carne y sangre). Es una señal de que algo está fallando; de forma que, en el mejor de los casos, suele optarse por un "pacto de egoísmos", en el que se reducen las relaciones con la familia extensa, o se reparten entre "los míos" y "los tuyos".

El reto de espiritualizar el amor matrimonial, abriéndose y enriqueciéndose con la familia extensa, no deja de ser un cumplimiento de aquellas palabras del Génesis: "Ya no serán dos, sino una sola carne". Solamente en esa unión de corazones se puede vivir la familia extensa como un gran regalo: "Tu padre es también el mío, mi madre es la tuya, y tu hermano es el mío". 

Con respecto a los abuelos, quisiera hacer una mención aparte, por el gran apoyo que están suponiendo en este momento a las familias. En mi opinión existen dos riesgos opuestos: Por una parte, el riesgo de que el apoyo que se pide a los abuelos sea excesivo; un "escaquearse" de lo que nosotros debiéramos aportar a los hijos. Por ejemplo, cuando la formación religiosa se apoya exclusivamente en los abuelos, aunque al principio parezca algo sin consecuencias, al cabo de un tiempo suscitará la crisis en los niños, quienes terminarán por decir: "Esto de la fe debe ser cosa de viejos, porque el aita y la ama se dedican a las cosas verdaderas de la vida: ganar dinero, etc". Los ojos de los niños son una auténtica cámara grabadora que todo lo capta. Por el contrario, también se da el peligro de signo contrario: cuando existen malas relaciones con la familia extensa, los niños suelen estar condenados a perder la riqueza educacional de los abuelos. No hace mucho, me decía una abuela que había ido a visitar a su nieto mientras la nuera estaba trabajando; y que la nuera le había dicho a su hijo: "Dile a tu madre que aquí no entra si nosotros no estamos, y además nos tiene que avisar de que va a venir".  Me lo decía llorando.

6. Sexta clave: el liderazgo de la maternidad espiritual y de la paternidad espiritual. 

No me estoy refiriendo aquí, a la polémica absurda de si en el matrimonio manda el hombre o la mujer. Me refiero a que exista un liderazgo espiritual coherente y coordinado entre el padre y la madre. 

¿Qué quiero expresar con el término "liderazgo espiritual de la madre"? Es obvio que el amor carnal nos suele llevar a entregarnos de una forma muy instintiva: "Yo por mis hijos hago lo que sea, si hace falta doy la vida, voy donde sea...". Sí, pero puede ocurrir que esto se compagine con la indiferencia o la omisión hacia los hijos del prójimo, "porque esos ya no son míos". A veces diferenciamos tanto el amor a nuestros hijos del resto de los mortales, que hasta parece que los estamos contraponiendo. De este grave error se suelen desprender muchas consecuencias negativas: El amor a los hijos es posesivo. Se les consiente en exceso. Se les saca la cara siempre y de forma incondicional. Se intenta evitar a cualquier precio el sufrimiento y la experiencia de la cruz...  Se trata de un "amor maternal muy carnal" que hace mucho daño, porque no ama bien. ¡Qué gran lección puede dar una madre a su hijo cuando le enseña a compartir su amor con el prójimo! ¡Es la mejor lección de justicia que podemos recibir desde pequeños!

Recuerdo haber tenido que llamar la atención a algún niño en la catequesis, en Zumárraga, y encontrarme con la paradoja de que los padres me mirasen con mala cara. Vino la madre a hablar conmigo, y durante la conversación, no terminaba de aceptar que su hijo mereciese ninguna corrección. Hubo un momento en que le dije a la madre: "Oiga, usted y yo estamos en el mismo bando, los dos queremos educar al niño". Pero, por desgracia, el concepto carnal del amor hace que cualquier corrección se perciba como un ataque. 

También existe una crisis de "paternidad espiritual". Creo que nuestra cultura, en su reacción contra el machismo, ha pasado de éste a la actitud "acomplejada". La figura del padre está todavía más en crisis que la de la madre. A la madre se le cuestiona mucho menos, pues se caracteriza por sacarnos siempre las "castañas del fuego". Pero claro, el padre se pregunta: "¿Y yo, qué posición tengo en la educación de los hijos?" Existe una crisis de liderazgo espiritual paterna, de transmisión de valores, con el riesgo de que el padre se ausente y delegue totalmente en la mujer la educación de los hijos. De hecho, uno de los modelos que más se repiten es el de una madre súper protectora, con un amor muy posesivo hacia sus hijos, combinado con un padre más bien ausente, lo cual suele derivar en grandes crisis de identidad en los hijos. 

7. Séptima clave: Educación Cristocéntrica.

En el modelo educativo que transmitimos a los hijos en la familia cristiana, en la parroquia, y en la escuela, existe el riesgo de no poner al mismo Jesucristo como clave central de la educación cristiana. O también puede ocurrir que, en vez de dar la máxima importancia al conocimiento y al amor a Dios, reduzcamos la educación cristiana a una serie de valores morales: buenos modales, solidaridad, sinceridad, etc.

Por ejemplo, llama la atención que a pesar del abandono de la práctica religiosa de muchas familias, sin embargo, no ha disminuido el número de los alumnos matriculados en la escuela católica. Incluso muchos padres no creyentes, matriculan a sus hijos en la escuela católica. ¿Por qué? Obviamente, porque existe una comprensión de la educación muy reducida a una dimensión moral o técnica de la misma, y no tanto religiosa.  Se busca en la educación cristiana una especie de "campana de cristal" que proteja a nuestros hijos de los males. Son aquellos padres que dicen: "Vamos a llevar a nuestros hijos a los frailes para que les eduquen. Mientras estén con ellos no aprenderán cosas malas...  Tú, hijo, vete al colegio de frailes, y coge lo bueno. Luego, el día de mañana, si no tienes fe, no pasa nada, pues lo importante es que hayas aprendido algo y seas buena persona". Más o menos, esto es lo que está en el ambiente; se utiliza la Iglesia como un simple medio de protección frente a los males morales, sin acoger su mensaje de fe.

Se trata de una manipulación que pretende reducir la religión católica a su dimensión ética, olvidando que se trata del camino para el encuentro con Jesucristo.  Y eso, con todos mis respetos, además de ser una manipulación, no funciona, ni puede funcionar. Los hijos difícilmente se identificarán con unos valores morales cristianos, si no han conocido y se han enamorado de la persona de Jesucristo. 

Recuerdo haber escuchado un relato, para explicar esto, referida a la caza del zorro, que practican en Inglaterra y que allí es un deporte nacional. Preparan una jauría numerosa de perros (unos veinte o treinta), los cazadores van a caballo, y se suelta el zorro. En ese momento, todos empiezan a perseguirlo. La cacería se prolonga, los perros se van cansando, pasan las horas y se van descolgando. Al final, sólo unos pocos perros (tres o cuatro) son los que alcanzan al zorro. Uno se pregunta: ¿por qué estos perros han resistido más que los que han abandonado? ¿Eran más jóvenes? ¿Estaban mejor alimentados? ¿Habían sido mejor entrenados? La respuesta es otra: Esos perros han alcanzado al zorro porque lo habían visto al principio; los demás no habían llegado a verlo. La jauría corría porque veía correr, ladraba porque veía ladrar, saltaba porque saltaban los demás. Pero conforme se alarga la carrera, uno se va cansando y se dice: "Oye, que yo no he visto nada. ¿Tú has visto algo? Pues yo tampoco... Pues dejemos ya de correr". Está claro que pegarse una carrera larga sin haber visto nada, es muy costoso. Y algo así pasa  en la vida cristiana.

No puede ser que a nuestros hijos pretendamos darles una educación moral cristiana, diciéndoles lo que deben y lo que no deben hacer, sin que al mismo tiempo les conduzcamos a la relación personal e íntima con Jesucristo, o sin conocer y amar a María, su Madre. Llegará un momento en que dirán: "Oye tú, que es más fácil dejarse llevar en la vida, es más fácil entrar por la puerta ancha que por la puesta estrecha". La educación no puede ser de corte moralista, es decir, no meramente centrada en la moral, sino centrada en Jesucristo, haciendo de Él el centro y el modelo de vida.

Aunque en teoría es obvio que el centro del cristianismo es Jesucristo, muchas veces comprobamos lo contrario. Por ejemplo, tú les preguntas a muchos jóvenes, supuestamente cristianos, qué es el cristianismo y te responden: "¿El cristianismo? Pues eso: compartir, ser una buena persona, etc". Es decir, han recibido un concepto de cristianismo reducido a un barniz ético; pero, en realidad, no tienen una experiencia de lo que es la relación con Cristo, ni de su amor. 

Concluyo con la última de las siete claves: la centralidad de Jesucristo: su persona, su vida, su Redención y su entrega por nosotros. ¡Cristo bendijo el matrimonio y la familia con su presencia en las bodas de Caná, y esto nos permite fortalecer y santificar nuestra vocación matrimonial!

La educación sexual ¿favorece o limita los abortos y las enfermedades?

Por Renzo Puccetti*

ROMA,  (ZENIT).- “Continuando mi reflexión, no puedo dejar de mencionar otra amenaza a la libertad religiosa de las familias en algunos países europeos, allí donde se ha impuesto la participación a cursos de educación sexual o cívica que transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón”.

Este es el pasaje del discurso del Santo Padre dirigido al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede - pronunciado en la Sala Regia el pasado lunes 10 de enero de 2011 – que ha suscitado críticas entre una parte de la sociedad y del mundo mediático.

Una vez más, el Pontífice Benedicto XVI desafió a la cultura dominante y al circuito propagandístico que pretende reducir el amor a sexualidad y la sexualidad a genitalidad.

Como su venerado predecesor, cuando toca estos temas, el Papa Benedicto XVI se encuentra frente a reacciones descompuestas y casi histéricas.

En este contexto, algunos medios de comunicación acusaron al Pontífice de oponerse a la educación sexual en las escuelas, afirmando que las instituciones civiles italianas son demasiado sumisas al poder religioso.

Se afirma de hecho que la educación sexual en las escuelas es un progreso y se pone como ejemplo lo que ha sucedido en Francia, Holanda o Suecia, señalando a esas experiencias como verdaderos modelos de civilización, de pluralismo y de cientificidad.

¿Pero eso es así?

¿Cuáles deberían ser los objetivos de este supuesto progreso educativo? Desde el momento en que se pide la opinión de representantes del mundo de la medicina, la educación enseñada a los niños y a los jóvenes en las escuelas debería servir para reducir las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados y los abortos entre los jóvenes. ¿Para qué otra cosa debería el Estado pedir a los ciudadanos, ya asfixiados por los impuestos, más sacrificios económicos? ¿O se preferiría un simple reparto que transfiriera parte de los fondos escolares a favor de la “buena educación” sexual?

En Inglaterra, hace algún tiempo, ya no sabiendo qué hacer ante el aumento de los embarazos y de los abortos entre menores de edad, se imprimió un folleto cuyo título era todo un programa: “Un orgasmo al día el médico te ahorraría”.

El prestigioso British Medical Journal, con todo, había publicado en 2009 un estudio cuyos resultados no eran precisamente los esperados: analizando un grupo de 446 jóvenes en riesgo, los investigadores comprobaron que las chicas a las que se les había proporcionado un programa que contenía informaciones sobre la contracepción mostraban una tasa de embarazos tres veces y medio superior respecto a las coetáneas que no habían recibido las lecciones. Con una tasa de abortividad entre las jóvenes hasta los 19 años igual a 23, en Inglaterra la entidad correspondiente ha dado vía libre a la publicidad televisiva de las clínicas abortistas.

En Francia, el país en el que el número de píldoras del día después vendidas el pasado año fue de 1.100.000 cajas, la nación en la que el 95% de las mujeres sexualmente activas que no desea un embarazo utiliza la contracepción, en su mayor parte a base de píldoras y DIUs, el país en el que hay 40 horas obligatorias al año de educación sexual, se practicaron 213.382 abortos en 2007, con una tasa de abortividad entre las chicas de 15-19 años igual al 15,6.

En Suecia, país en el que la asociación para la educación sexual fue fundada en 1933 por la feminista Elise Ottesen-Jensen, donde en 1945 apareció el primer manual para la educación sexual dirigido a los profesores, donde en 1955 la educación sexual en las escuelas se hizo obligatoria, en el país de los vikingos donde desde la más tierna edad se enseña a practicar con el látex vulcanizado en los condom’s days, ¿cuál es la tasa de abortos entre los jóvenes?
“Sólo”, se dice por decir, 22,5, tres veces más alto respecto al registrado entre las mismas edades en Italia, para las que en el último informe se comprobó un 7,2, a pesar de que los “pobres” jóvenes italianos se ven obligados a informarse por los amigos, por Internet y, pensad qué oprobio, incluso por sus padres. Los datos de Holanda, donde en la escuela existe el programa Long Live Love para los chicos de al menos 13 años, no se alejarían mucho de los suecos.

¿Y en el plano de las enfermedades de transmisión sexual?

Aquí los datos son más confusos y más difícilmente comparables, pero puede ser indicativo lo que recogía la Organización Mundial de la Salud respecto a la clamidia, un germen muy malicioso, causa a veces de esterilidad por infecciones no curadas, refiriendo la prevalencia en los años 90: Italia 2,7%, Francia 3,9%, Holanda 4,9%, Reino Unido 6,2%.

¿Entonces? Si estos son los resultados de la educación sexual en la escuela, quiero ser optimista y esperar que en Italia no se dé siquiera un céntimo a estas iniciativas, dejando que cada uno, según su propio grado de maduración, comience su propio recorrido de acercamiento al descubrimiento de una dimensión de lo humano grandiosa y poderosa.

Al periodista Peter Seewald, Joseph Ratzinger en pocas líneas le indicó un error que al hombre post moderno le cuesta comprender: “Queremos apropiarnos incluso de la existencia humana por medio de la técnica, y hemos olvidado que hay problemas humanos originarios que no pueden resolverse a través de ella, sino que requieren un estilo y unas decisiones de vida”.

Antes que de fe, es cuestión de realidad, de responsabilidad y, en el ámbito público, de inversiones apropiadas.

* Renzo Puccetti es especialista en Medicina Interna y Secretario de la asociación “Scienza & Vita” de Pisa y Livorno (Italia).

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Mortalidad infantil: hechos, causas, soluciones

Las cifras son aterradoras. Cada hora mueren más de 1.000 niños menores de 5 años y cada minuto 9 por causas asociadas  a la desnutrición. El Estado de Orissa, India, es una de las regiones más castigadas por la mortalidad infantil, pues mueren 250 ó 300 por cada mil nacidos. Puede darnos una idea de esta escalofriante cifra, saber que en España el porcentaje es 4 por mil.

Las cifras se hacen todavía más dramáticas si tenemos en cuenta que, según UNICEF, la muerte de los 24.000 niños menores de 5 años que fallecen cada día, se debe a causas que se pueden evitar fácilmente; y que de los 9 millones de muertos al año, cuatro millones tienen lugar en la primera semana de vida.

Las causas de la mortalidad infantil son, fundamentalmente, las siguientes: el hambre y la malnutrición, la falta de preparación de las madres y de los padres, la falta de salud de las madres, la falta de personal sanitario, algunas enfermedades como la malaria y el sarampión y las infecciones y falta de higiene. La malnutrición es la causa principal, pues produce un tercio de la mortalidad infantil.

Según esto, erradicar la pobreza y el hambre es un objetivo fundamental para reducir la mortalidad infantil. Para ello es preciso dar prioridad a la nutrición neonatal, invertir en la capacitación de personal cualificado, fomentar la preparación de las madres, universalizar la higiene, el saneamiento y el acceso al agua, extender el acceso a las vacunas y mejorar la salud de las mujeres, especialmente la de las madres.

Ante el dramatismo de los hechos y las cifras, cabe preguntarse: ¿hay lugar para la esperanza? Afortunadamente, la respuesta es afirmativa. Porque se van logrando resultados y porque la mayoría de las muertes se pueden evitar adoptando medidas sencillas, eficaces y económicas.

Por ejemplo, a corto plazo se está utilizando el RUTF, un alimento terapéutico que contiene los 40 nutrientes esenciales necesarios. Gracias a él se consigue que se recuperen cerca del 90% de niños y es fácil de ser administrado, pues se encargan las madres sin necesidad de que haya una supervisión médica. A medio plazo hay proyectos que están dando buenos resultados y no son difíciles. Así, en Brasil funciona uno muy eficaz y no complicado. En África Subsahariana se están aplicando algunas medidas clave para garantizar la supervivencia infantil.

Hace más de cincuenta años que MANOS UNIDAS le declaró la guerra al hambre y a la pobreza, como raíces de muchas de las causas por las que mueren los niños. La campaña de este año se inscribe en este marco, pero tiene el objetivo concreto de reducir la mortalidad infantil. El cartel que lo anuncia es tan sencillo como impactante: un niño, un plato vacío y el lema "Su mañana es hoy". El plato vacío representa el pensamiento y la principal preocupación diaria de gran parte de la población del mundo. La imagen de este plato remite simbólicamente al tipo de alimentación de los países desarrollados, donde la alimentación es abundante y equilibrada. El niño se encuentra en un paisaje vacío, sin recursos, solo frente a su soledad. El lema apunta a que el mañana de cada niño y niña empieza nueve meses antes de dejar el seno materno; por lo que, garantizar la buena alimentación de la madre es ya estar luchando contra la muerte de su hijo.

Desde aquí quiero hacer un llamamiento a la caridad cristiana y a la generosidad. Aunque estemos en una situación de crisis, somos inmensamente ricos si nos comparamos con los países que sufren el hambre y la altísima mortalidad infantil. Ayudar generosamente a Manos Unidas es un modo concreto de ser agradecidos a Dios y hacer más humana nuestra sociedad.

Intolerancia religiosa y antirreligiosa

VER

Tuvimos la reunión ordinaria cuatrimestral del Consejo Interreligioso de Chiapas, que integramos los obispos católicos del Estado y los representantes legales de diversas confesiones evangélicas. Uno de los puntos que siempre está en la agenda es analizar si hay casos de intolerancia religiosa, para ver qué podemos hacer y así colaborar a la paz y la fraternidad. Salvo casos muy puntuales, coincidimos en que no hay situaciones propiamente de intolerancia religiosa en Chiapas, sino conflictos intracomunitarios, por la tierra, la madera, por invasión de poderes y por divisiones políticas. Nuestro compromiso es trabajar por el respeto entre las diferentes confesiones, aunque muchas veces las decisiones de las asambleas ejidales nos rebasan; de todos modos, estamos convencidos de que debe haber no sólo tolerancia religiosa, sino fraternidad cristiana y evangélica.

Por otra parte, hablamos también en el Consejo Interreligioso que hay sectores de la sociedad, particularmente legisladores de diversos partidos, que son intolerantes y antirreligiosos, porque persisten en su postura de no permitir mayor libertad religiosa para los ciudadanos y para los ministros de culto. Por ejemplo, no toleran que se puedan cambiar las leyes que nos impiden poseer estaciones de radio o de televisión; se resisten a quitar los impedimentos legales para que podamos difundir nuestra fe sobre posturas de gobernantes, de partidos o de sus candidatos a puestos públicos que están en contra de nuestro credo. Nos tachan de meternos en lo que no nos compete. Nos amenazan de llevarnos a los tribunales porque dicen que violamos el Estado laico. No quieren abrir las puertas; parecen temerle a la libertad, aunque hablen de democracia.

JUZGAR

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este 1 de enero, advierte: "Se siguen constatando en el mundo persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por motivos religiosos". Habla de lo que sucede en países de Asia y Africa, pero que se puede aplicar a algunos casos entre nosotros: "Las víctimas son principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se les impide profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y la violación de los derechos, de las libertades fundamentales y de los bienes esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la misma vida". Cuando esto suceda entre nosotros, no lo podemos tolerar ni aprobar, mucho menos incentivar. Si grupos católicos no permiten que minorías protestantes vivan conforme a su fe, cometen un abuso arbitrario, que nuestras diócesis no promueven ni solapan. Esperamos que, donde predomina otra confesión no católica, no haya intolerancia contra los católicos, ni de unos grupos evangélicos contra otros, como también sucede.

Dice el Papa: "Las minorías religiosas no constituyen una amenaza contra la identidad de la mayoría, sino que, por el contrario, son una oportunidad para el diálogo y el recíproco enriquecimiento cultural. Su defensa representa la manera ideal para consolidar el espíritu de benevolencia, de apertura y de reciprocidad con el que se tutelan los derechos y libertades fundamentales".

Y agrega: "Se dan también formas más sofisticadas de hostilidad contra la religión, que en los Países occidentales se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos. Son formas que fomentan a menudo el odio y el prejuicio, y no coinciden con una visión serena y equilibrada del pluralismo y la laicidad de las instituciones". Quienes dicen que, con mayor libertad religiosa, se viola el Estado laico, no han entendido lo que pedimos, ni lo que significa la democrática laicidad.

ACTUAR

Legisladores: ¡Abran las puertas a la plena libertad religiosa! No somos enemigos del Estado, ni de la sociedad. No ambicionamos poder político o económico. Sólo queremos más libertad, para que haya justicia, democracia y armonía social.

Mensaje final del consejo latinoamericano de vocaciones

Hermanas y hermanos:

"A todos los llamados por Dios, santos por vocación, gracia y paz de parte de nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Rm 1, 7).

Nos apresuramos a compartirles la experiencia de fe y de comunión que, en ambiente de cercanía, de reflexión y de oración, hemos vivido estos días, inspirados en el apóstol Juan: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Dios; lo que hemos visto y oído, se los anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 1.3).

Quienes hemos venido al II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones hemos llegado casi a la cifra de los quinientos participantes: Tres cardenales que lo presidimos,  treinta obispos, más de doscientos presbíteros, más de cien religiosas y religiosos,  dos decenas de diáconos y seminaristas, más de veinte consagradas y consagrados seculares, y más de ciento veinte laicos. Proveníamos de todos los países de América Latina y El Caribe. Nos acompañaron  las mismas dos instituciones que con la Santa Sede organizaron el Primer Congreso Continental, el CELAM y la CLAR, pero también representantes de la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales y del Departamento de Seminarios de la Congregación para la Educación Católica, de la OSLAM y, en esta ocasión, de la Confederación de Institutos Seculares de América Latina (CISAL), de las Iglesias hermanas de Estados Unidos y Canadá, e invitados de otros países.

Fuimos acogidos fraternalmente por la Conferencia Episcopal de Costa Rica y el Señor Nuncio Apostólico, y con mucha generosidad por el Pastor y los fieles  de la Iglesia Particular de Cartago y la de San José. Nos alojaron en sus hogares y con ellos compartimos el doble pan de la Palabra y de la Eucaristía en la catedral, las dos basílicas y las parroquias de la ciudad, y tuvimos una fiesta común en la explanada del Santuario... Así, bajo el manto protector de Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona de Costa Rica, pudimos constatar lo que afirma Aparecida: "La fe, la solidaridad y la alegría características de nuestros pueblos" (26);  "El valor incomparable del talante mariano de nuestra religiosidad popular" (43); y que la familia es "el valor más querido por nuestros pueblos" (435). 

En este contexto hemos reafirmado con nuestros pastores que "la pastoral vocacional, que es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, comienza en la familia y continúa en la comunidad cristiana..., plenamente integrada en el ámbito de la pastoral ordinaria, es fruto de una sólida pastoral de conjunto, en las familias, la parroquia, las escuelas católicas y las demás instituciones eclesiales" (DA 314).

Inspirados en el lema "Maestro, en tu Palabra echaré las redes" (Lc 5,5) y en el  tema Llamados a lanzar las redes para alcanzar vida plena en Cristo, hemos intentado fortalecer la Cultura Vocacional para que los bautizados asuman su llamado de ser discípulos misioneros de Cristo en las circunstancias actuales de América Latina y El Caribe, destacando los principales aspectos de la dinámica vocacional, examinando la conciencia-cultura vocacional de los bautizados, replanteando la vocación bautismal como eje transversal de toda la acción pastoral de la Iglesia, y elaborando pistas concretas y criterios de animación y de itinerarios vocacionales. Les compartiremos este contenido en el Documento Final que oportunamente hará llegar el CELAM.

Esta acontecimiento ha sido un alto en el camino porque nos ha congregado para vislumbrar el horizonte vocacional de la Iglesia latinoamericana y caribeña, después de un largo itinerario que hunde sus raíces en el Primer Congreso Continental que se celebró en Itaicí, Brasil, hace diecisiete años, y que tuvo un impulso misionero en la Conferencia General de Aparecida, por lo que ha sido también parte de la Misión Continental a la que ella nos ha convocado. Gracias a este mismo itinerario eclesial, que orientó los pre-congresos de estos dos años, hemos entrado también en la dinámica bíblica que vive la Iglesia universal a la luz del último Sínodo sobra la Palabra de Dios en su vida y misión y de la Exhortación Apostólica Verbum Domini. Por eso, acogiendo la invitación del Santo Padre a que en los grandes encuentros eclesiales "se subraye más la importancia de la  Palabra de Dios, de la escucha y de la lectura creyente y orante de la Biblia" (76), hemos desplegado sus páginas, para oír su Voz que llama, para discernir su Rostro en el Maestro que nos envía, para construir su Casa en la Iglesia donde realizamos nuestra vocación, y para recorrer sus Caminos como misioneros.

Benedicto XVI nos recordó en el espléndido Mensaje que dirigió al Congreso que: "La iglesia, en lo más íntimo de su ser, tiene una dimensión vocacional, implícita ya en su significado etimológico: ‘asamblea convocada', por Dios. La vida cristiana participa también de esta misma dimensión vocacional que caracteriza a la Iglesia. En el alma de cada cristiano resuena siempre de nuevo aquel ‘sígueme' de Jesús a los apóstoles, que cambió para siempre sus vidas (Cf. Mt 4,19)".

En esta dinámica itinerante y a la luz de la palabra del Santo Padre, los invitamos a que,  tal como sucedió en la escena vocacional del evangelio que narra el lema del Congreso, renovemos nuestro ardor vocacional y misionero, y en su Palabra, echemos las redes para que se siga repitiendo el milagro de la abundancia de las vocaciones.

Agradecemos al Pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Cartago, su acogida fraterna y su generosa colaboración. Que Dios los bendiga y recompense a todos.

Que Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América, siga acompañando "nuestro viaje por el mar de  la historia" (Spe Salvi 49).

En nombre de la Presidencia del II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones,

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Card. Raymundo Damasceno Assis, 
Arzobispo de Aparecida y Presidente del CELAM


Homilía de Benedicto XVI en la ordenación de cinco nuevos obispos

¡Queridos hermanos y hermanas!

Saludo con afecto a estos cinco Hermanos Presbíteros que dentro de poco recibirán la Ordenación Episcopal: monseñor Savio Hon Tai-Fai, monseñor Marcello Bartolucci, monseñor Celso Morga Iruzubieta, monseñor Antonio Guido Filipazzi y monseñor Edgar Peña Parra. Deseo expresarles mi gratitud y la de la Iglesia por el servicio llevado a cabo hasta ahora con generosidad y dedicación y formular la invitación a acompañarles con la oración en el ministerio al que son llamados en la Curia Romana y en las Representaciones Pontificias como Sucesores de los Apóstoles, para que sean siempre iluminados y guiados por el Espíritu Santo en la mies del Señor.

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10, 2). Esta palabra del Evangelio de la Misa de hoy nos toca particularmente de cerca en este momento. Es la hora de la misión: el Señor os manda, queridos amigos, a su mies. Debéis cooperar en ese encargo de que habla el profeta Isaías en la primera lectura: “El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos” (Is 61, 1). Este es el trabajo por la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles el alegre anuncio que no es solo palabra, sino acontecimiento: Dios, Él mismo, ha venido entre nosotros. El nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia sí mismo, y así el corazón destrozado es curado. Demos gracias al Señor porque manda trabajadores a la mies de la historia del mundo. Le damos gracias porque os manda a vosotros, porque habéis dicho que sí y porque ahora pronunciaréis nuevamente vuestro “sí” a ser trabajadores del Señor para los hombres.

“La mies es abundante” - también hoy, precisamente hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, vuelven las espaldas a Dios y consideren la fe una cosa del pasado – existe aún el anhelo de que finalmente se restablezcan la justicia, el amor, la paz, que la pobreza y el sufrimiento sean superados, que los hombres encuentren la alegría. Todo este anhelo está presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso allí donde es negado. Precisamente en este momento el trabajo en el campo de Dios es particularmente urgente y precisamente en este momento sentimos de manera particularmente dolorosa la verdad de la palabra de Jesús: “los trabajadores son pocos”. Al mismo tiempo el Salvador nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes mandemos obreros a la mies; que no es una cuestión de management, de nuestra capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede mandar Dios mismo. Pero Él los quiere mandar a través de la puerta de nuestra oración. Nosotros podemos cooperar para la llegada de los obreros, pero podemos hacerlo solo cooperando con Dios. Así esta hora del agradecimiento por la realización de un envío en misión es, de modo particular, también la hora de la oración: Señor, ¡manda obreros a tu mies! ¡Abre los corazones a tu llamada! ¡No permitas que nuestra súplica sea en vano!

La liturgia de la jornada de hoy nos da por tanto dos definiciones de vuestra misión de obispos, de sacerdotes de Jesucristo: ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al señorío de Dios, para que se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo. Y además vuestro ministerio es descrito como cooperación a la misión de Jesucristo, como participación en el don del Espíritu Santo, dado a Él en cuanto Mesías, el Hijo ungido por Dios. La Carta a los Hebreos – la segunda lectura – completa también esto a partir de la imagen del sumo sacerdote Melquisedec, que remite misteriosamente a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, el Rey de paz y de justicia.

Pero quisiera decir también algo sobre cómo esta gran tarea debe llevarse a cabo en la práctica – sobre qué exige concretamente de nosotros. Para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, las comunidades cristianas de Jerusalén habían elegido este año las palabras de los hechos de los Apóstoles, en las que san Lucas quiere ilustrar de modo normativo cuáles son los elementos fundamentales de la existencia cristiana en la comunión de la Iglesia de Jesucristo. Se expresa así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). En estos cuatro elementos básicos del ser Iglesia se describe al mismo tiempo también la tarea esencial de sus Pastores. Los cuatro elementos se mantienen juntos mediante la expresión “se reunían asiduamente” – eran perseverantes: la Biblia latina traduce así la expresión griega προσκαρτερέω: la perseverancia, la asiduidad, pertenece a la esencia del ser cristianos y es fundamental para la tarea de los Pastores, de los trabajadores en la mies del Señor. El Pastor no debe ser una caña de pantano que se dobla según sopla el viento, un siervo del espíritu del tiempo. El ser intrépido, el valor de oponerse a las corrientes del momento pertenece de modo esencial al deber del Pastor. No debe ser una caña de pantano, sino más bien – según la imagen del salmo 1 – debe ser como un árbol que tiene las raíces profundas, en las que está firme y bien fundado. Esto no tiene nada que ver con la rigidez o con la inflexibilidad. Sólo donde hay estabilidad hay también crecimiento. El cardenal Newman, cuyo camino fue marcado por tres conversiones, dice que vivir es transformarse. Pero sus tres conversiones y las transformaciones que tuvieron lugar en ellas son sin embargo un único camino coherente: el camino de la obediencia hacia la verdad, hacia Dios: el camino de la verdadera continuidad que precisamente así hace progresar.

“Perseverar en la enseñanza de los Apóstoles” – la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensación indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente Él ha hablado. Ha hecho realmente algo y ha dicho realmente algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, un confiarse a Dios, una relación viva con Él. Pero el Dios el que nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra. Podemos contar con la estabilidad de su Palabra. La Iglesia antigua resumió el núcleo esencial de la enseñanza de los Apóstoles en la llamada Regula fidei, que sustancialmente es idéntica a las Profesiones de Fe. Este es el fundamento confiable, sobre el que los cristianos nos basamos también hoy. Es la base segura sobre la que podemos construir la casa de nuestra fe, de nuestra vida (cfr. Mt 7, 24ss). Y de nuevo, la estabilidad y la definitividad de lo que creemos no significan rigidez. Juan de la Cruz comparó el mundo de la fe a una mina en la que descubrimos cada vez nuevos tesoros – tesoros en los que se desarrolla la única fe, la profesión del Dios que se manifiesta en Cristo. Como Pastores de la Iglesia vivimos de esta fe y así podemos también anunciarla como el alegre anuncio que nos hace seguros del amor de Dios y del ser nosotros amados por Él.

El segundo pilar de la existencia eclesial. San Lucas lo llama κοινωνία - communio. Tras el Concilio Vaticano II, este término se ha convertido en una palabra central de la teología y del anuncio, porque en él, de hecho, se expresan todas las dimensiones del ser cristianos y de la vida eclesial. Lo que Lucas quería expresar precisamente con esa palabra en este texto, no lo sabemos. Podemos por tanto comprenderla tranquilamente en base al contexto global del Nuevo Testamento y de la Tradición apostólica. Una primera gran definición de communio la dio san Juan al principio de su Primera Carta: Lo que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, os lo anunciamos, para que esteis en communio con nosotros. Y nuestra communio es comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo (cfr. 1 Jn 1, 1-4). Dios por nosotros se hizo visible y tocable y así creó una comunión real consigo mismo. Entramos en esa comunión a través de creer y vivir junto con aquellos que Lo tocaron. Con ellos y a través de ellos, nosotros mismos ciertamente Lo vemos, y tocamos al Dios que se ha hecho cercano. Así la dimensión horizontal y la vertical están aquí inseparablemente entretejidas una con otra. Estando en comunión con los Apóstoles, permaneciendo en su fe, nosotros mismos estamos en contacto con el Dios vivo. Queridos amigos, a este fin sirve el ministerio de los obispos: que esta cadena de comunión no se interrumpa. Esta es la esencia de la Sucesión apostólica: conservar la comunión con aquellos que han encontrado al Señor de modo visible y tangible y así tener abierto el Cielo, la presencia de Dios en medio de nosotros. Solo mediante la comunión con los Sucesores de los Apóstoles estamos también en contacto con el Dios encarnado. Pero vale también a la inversa: solo gracias a la comunión con Dios, solo gracias a la comunión con Jesucristo esta cadena de los testigos permanece unida. Obispos no se es nunca solos, nos dice el Vaticano II, sino siempre solo en el colegio de los obispos. Esto, además, no puede encerrarse en el tiempo de la propia generación. A la colegialidad pertenece en entramado de todas las generaciones, la Iglesia viviente de todos los tiempos. Vosotros, queridos Hermanos, tenéis la misión de conservar esta comunión católica. Sabed que el Señor ha encargado a san Pedro y a sus sucesores ser el centro de esta comunión, los garantes del estar en la totalidad de la comunión apostólica y de su fe. Ofreced vuestra ayuda para que permanezca viva la alegría por la gran unidad de la Iglesia, por la comunión de todos los lugares y tiempos, por la comunión de la fe que abraza el cielo y la tierra. Vivid la communio, y vivid con el corazón, día a día, su centro más profundo en ese momento sagrado en el que el Señor mismo se entrega en la santa Comunión.

Con ello llegamos ya al elemento sucesivo fundamental de la existencia eclesial, mencionado por san Lucas: la fracción del pan. La mirada del Evangelista, en este punto, vuelve atrás a los discípulos de Emaús, que reconocieron al Señor por el gesto del partir el pan. Y desde allí, la mirada vuelve aún más atrás, al momento de la Última Cena, en el que Jesús, al partir el pan, de distribuyó a sí mismo, se hizo pan por nosotros y anticipó su muerte y su resurrección. Partir el pan – la santa Eucaristía es el centro de la Iglesia y debe ser el centro de nuestro ser cristianos y de nuestra vida sacerdotal. El Señor se nos da. El Resucitado entra en mi intimidad y quiere transformarme para hacerme entrar en una profunda comunión con Él. Así me abre también a todos los demás: nosotros, los muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, dice san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 17). Intentemos celebrar la Eucaristía con una dedicación, un fervor cada vez más profundo, intentemos plantearnos los días según su medida, intentemos dejarnos plasmar por ella. Partir el pan – con ello se expresa al mismo tiempo también el compartir, el transmitir nuestro amor a los demás. La dimensión social, el compartir no es un apéndice moral que se añade a la Eucaristía, sino que es parte de ella. Esto resulta claro precisamente del versículo que en los Hechos de los Apóstoles sigue al citado hace poco: “Todos los creyentes … ponían lo suyo en común”, dice Lucas (2, 44). Estemos atentos a que la fe se exprese siempre en el amor y la justicia de unos hacia otros y que nuestra praxis social sea inspirada por la fe; que la fe sea vivida en el amor.

Como último pilar de la existencia eclesial, Lucas menciona “las oraciones”. Habla en plural: oraciones. ¿Qué quiere decir con esto? Probablemente piensa en la participación de la primera comunidad de Jerusalén en las oraciones en el templo, en los ordenamientos comunes en la oración. Así ilumina una cosa importante. La oración, por una parte, debe ser muy personal, un unirme en lo más profundo a Dios. Debe ser mi lucha con Él, mi búsqueda de Él, mi acción de gracias para Él y mi alegría en Él. Con todo, nunca es solamente algo privado de mi “yo” individual, que no tiene que ver con los demás. Orar es esencialmente siempre también un rezar en el “nosotros” de los hijos de Dios. Solo en este “nosotros” somos hijos de nuestro Padre, que el Señor nos enseñó a rezar. Sólo este “nosotros” nos abre el acceso al Padre. Por una parte, nuestra oración debe ser cada vez más personal, tocar y penetrar cada vez más profundamente en el núcleo de nuestro “yo”. Por la otra, debe nutrirse siempre de la comunión de los orantes, de la unidad del Cuerpo de Cristo, para plasmarme verdaderamente a partir del amor de Dios. Así rezar, en última instancia, no es una actividad entre las demás, un cierto rincón de mi tiempo. Rezar es la respuesta al imperativo que está en el Canon en la Celebración eucarística: Sursum corda – levantad vuestros corazones. Es el ascender de mi existencia hasta la altura de Dios. En san Gregorio Magno se encuentra una bella palabra al respecto. Él recuerda que Jesús llama a Juan Bautista una “lámpara que arde y resplandece” (Jn 5, 35) y continua: “ardiente por el deseo celeste, resplandeciente por la palabra. Por tanto, para que se conserve la veracidad del anuncio, debe ser conservada la altura de la vida” (Hom. in Ez. 1, 11, 7 ccl 142, 134). La altura, la medida alta de la vida, que precisamente hoy es esencial para el testimonio en favor de Jesucristo, la podemos encontrar solo si en la oración nos dejamos atraer continuamente por Él hacia su altura.

Duc in altum (Lc 5, 4) – Rema mar adentro y echa las redes para la pesca. Esto dijo Jesús a Pedro y a sus compañeros cuando los llamó a ser “pescadores de hombres”. Duc in altum – el papa Juan Pablo II, en sus últimos años, retomó con fuerza esta palabra y la proclamó en voz alta a los discípulos del Señor hoy. Duc in altum – os dice el Señor en este momento. Habéis sido llamados a cargos que implican a la Iglesia universal. Sois llamados a echar la red del Evangelio en el mar agitado de este tiempo para obtener la adhesión de los hombres a Cristo; para sacarlos, por así decirlos, de las aguas salinas de la muerte y de la oscuridad en la que la luz del cielo no penetra. Debéis llevarles a la tierra de la vida, a la comunión con Jesucristo.

En un pasaje del primer libro de su obra sobre la Santísima Trinidad, san Hilario de Poitiers prorrumpe de repente en una oración: por esto rezo “para que hinches las velas desplegadas de nuestra fe y de nuestra profesión con el soplo de Tu Espíritu y me empuje adelante en la travesía de mi anuncio” (i 37 ccl 62, 35s). Sí, para esto rezamos ahora por vosotros, queridos amigos. Desplegad por tanto las velas de vuestras almas, las velas de la fe, de la esperanza, del amor, para que el Espíritu Santo pueda hincharlas y concederos un bendito viaje como pescadores de hombres en el océano de nuestro tiempo. Amén.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Homilía de Benedicto XVI en el Día de la Vida Consagrada

¡Queridos hermanos y hermanas!

En la Fiesta de hoy contemplamos al Señor Jesús a quien María y José presentan en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2,22). En esta escena evangélica se revela el misterio del Hijo de la Virgen, el consagrado del Padre, venido al mundo para cumplir fielmente su voluntad (cfr Hb 10,5-7).

Simeón lo señala como “luz para iluminar a los pueblos” (Lc 2,32) y anuncia con palabras proféticas su ofrecimiento supremo a Dios y su victoria final (cfr Lc 2,32-35). Es el encuentro de los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Jesús entra en el antiguo templo, Él, que es el nuevo Templo de Dios: viene a visitar a su pueblo, llevando a cumplimiento la obediencia a la Ley e inaugurando los últimos tiempos de la salvación.

Es interesante observar de cerca esta entrada del Niño Jesús en la solemnidad templo, en un gran ir y venir de muchas personas, ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas con us turnos de servicio, los numerosos devotos y peregrinos, deseosos de encontrarse con el Dios santo de Israel. Ninguno de estos sin embargo se entera de nada. Jesús es un niño como tantos otros, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. Tampoco los sacerdotes resultan capaces de captar los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Llevados por el Espíritu Santo, encuentran en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene a iluminar el mundo, y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías: Lumen ad revelationem gentium! (Lc 2,32). En la actitud profética de los dos ancianos está toda la Antigua Alianza que expresan la alegría del encuentro con el Redentor. A la vista del Niño, Simeón u Ana intuyen que es precisamente Él el Esperado.

La Presentación de Jesús en el templo constituye un icono elocuente de la entrega total de la propia vida para quienes, hombres y mujeres, son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (Exhort. ap. postsinod.Vita consecrata, 1). Por ello la Fiesta de hoy fue elegida por el venerable Juan Pablo II para celebrar la Jornada anual de la Vida Consagrada. En este contexto, dirijo un saludo cordial y agradecido a monseñor João Braz de Aviz, a quien hace poco nombré prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, con el secretario y los colaboradores. Con afecto saludo a los Superiores Generales presentes y a todas las personas consagradas.

Quisiera proponer tres breves pensamientos para la reflexión en esta fiesta.

El primero: el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo contiene el símbolo fundamental de la luz; la luz que, partiendo de Cristo, se irradia sobre María y José, sobre Simeón y Ana y, a través de ellos, sobre todos. Los Padres de la Iglesia unieron esta irradiación al camino espiritual. La vida consagrada expresa ese camino, de modo especial, como “filocalía”, amor por la belleza divina, reflejo de la bondad de Dios (cfr ibid., 19). Sobre el rostro de Cristo resplandece la luz de esa belleza. “La Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para conformarse en la fe y no correr el riesgo de perderse ante su rostro desfigurado en la Cruz … ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio, envuelta por su luz, [por la cual] son alcanzados todos sus hijos … Pero una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado la hacen ciertamente los llamados a la vida consagrada. La profesión de los consejos evangélicos, de hecho, los pone como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo” (ibid., 15).

En segundo lugar, el icono evangélico manifiesta la profecía, don del Espíritu Santo. Simeón y Ana, contemplando al Niño Jesús, ven su destino de muerte y de resurrección para la salvación de todas las gentes y anuncian tal misterio como salvación universal. La vida consagrada está llamada a ese testimonio profético, ligada a su doble actitud contemplativa y activa. A las consagradas y consagrados se les ha concedido manifestar el primado de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra.

“En virtud de este primado nada puede ser antepuesto al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive. La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las distintas circunstancias de la historia” (ibid., 84).En este sentido la vida consagrada, en la día a día en los caminos de la humanidad, manifiesta el Evangelio y el Reino ya presente y activo.

En tercer lugar, el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo manifiesta la sabiduría de Simeón y Ana, la sabiduría de una vida dedicada totalmente a la búsqueda del rostro de Dios, de sus signos, de su voluntad, una vida dedicada a la escucha y al anuncio de su Palabra. “Faciem tuam, Domine, requiram: tu rostro Señor, yo busco (Sal 26,8) … La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él (cfr Jn 14,8). La persona consagrada testifica, por tanto, el esfuerzo gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y consciente de la voluntad de Dios” (cfr Cong. Para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Istr. El servicio de la autoridad y la obediencia. Faciem tuam Domine requiram [2008], 1).

Queridos hermanos y hermanas, escuchad asiduamente la Palabra, porque ¡toda sabiduría de vida nace de la Palabra del Señor! Escrutad la Palabra a través de la lectio divina, porque la vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. Vivir en la estela de Cristo casto, pobre, obedientes en este sentido una “exégesis” de la Palabra de Dios. “El Espíritu Santo, en virtud del que ha sido escrita la Biblia, es el mismo que ilumina con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica”. (Ex. ap. postsinodal Verbum Domini, 83)

Vivimos hoy, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, una condición a menudo señalada por un pluralismo radical, por una progresiva marginación de la religión de la esfera pública, por un relativismo que afecta a los valores fundamentales. Esto exige que nuestro testimonio cristiano sea luminoso y coherente y que nuestro esfuerzo educativo sea cada vez más atento y generoso. Vuesra acción apostólica en particular, queridos hermanos y hermanas, se convierta en una tarea de vida, que acceda, con perseverante pasión, a la Sabiduría como verdad y como belleza, “esplendor de la verdad”. Sabed orientar con la Sabiduría de vuestra vida y con la confianza en las posibilidades inagotables de la educación verdadera, la inteligencia y el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo hacia la “vida buena del Evangelio”.

En este momento mi pensamiento va con especial afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todas las partes del mundo, y los encomiendo a la Beata Virgen María:

Oh María, Madre de la Iglesia,

confío a ti toda la vida consagrada,

para que obtenga la plenitud de la luz divina:

que viva en la escucha de la Palabra de Dios,

en la humildad para seguir la estela de Jesús tu Hijo y nuestro Señor,

en la acogida de la visita del Espíritu Santo,

en la alegría cotidiana del Magnificat,

para que la Iglesia sea edificada por la santidad de vida

de estos tus hijos e hijas,

en el mandamiento del amor. Amen

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Mensaje vaticano para la Jornada Mundial contra la Lepra

"Unir nuestros esfuerzos para expresar mejor la Justicia y el Amor hacia los enfermos de lepra"

1) Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en su mensaje a la XXV Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios del pasado mes de noviembre, titulado "Caritas in veritate. Por una atención sanitaria justa y humana", subrayó que “en nuestra época” se asiste “por una parte a una atención sanitaria que corre el riesgo de transformarse en consumismo farmacológico, médico y quirúrgico, convirtiéndose casi en un culto al cuerpo, y por otra parte, a la dificultad de millones de personas para acceder a condiciones mínimas de subsistencia y a fármacos indispensables para curarse”. Este es un problema que afecta de modo vivo y especial al mundo de los leprosos, y esta 58ª Jornada Internacional de lucha contra la Lepra es en efecto la ocasión para expresar la “cercanía y la solidaridad hacia todos los que sufren este mal y otras enfermedades que desfiguran el cuerpo llevando a un casi incurable estado de marginación".

La Jornada Mundial de lucha contra la Lepra es una celebración que constituye al mismo tiempo un momento de reflexión para subrayar y expresar agradecimiento por el compromiso de los millones, entre agentes, profesionales y voluntarios, del mundo de la salud, de la sociedad, de la política y de la información que han ayudado y ayudan a los leprosos. Empezando por ofrecer la posibilidad de un diagnóstico precoz y después, como el Buen Samaritano, dando las posibilidades de curación, pero también los medios de supervivencia y de sustento a quien se encuentra con un futuro fuertemente comprometido por las discapacidades y las desfiguraciones que la enfermedad inflige. Por tanto, proseguía el Santo Padre en el Mensaje, inclinándose “hacia el hombre herido, abandonado en la cuneta del camino”, realizando esa “justicia más grande" que Jesús pide a sus discípulos y realiza en su vida, porque el cumplimiento de la Ley es el amor”. Entre las personas y las instituciones a las que deseamos dirigir un particular agradecimiento, por su compromiso hacia los enfermos de lepra, está la Fundación Raoul Follereau. Una realidad que, surgida de la sensibilidad, caridad y capacidad de su fundador, ha continuado su obra, también apoyando la celebración de esta Jornada Mundial que, dentro de dos años, celebrará el 60º aniversario de su propia institución.

2) La lepra, de hecho, después de la puesta en marcha de eficacias terapias farmacológicas, ha visto reducirse notablemente su propia carga letal, pero sigue provocando sufrimiento, lesiones físicas y exclusión social. En torno a ella prosperan la ignorancia, la desigualdad y la discriminación que, a su vez, alimentan su difusión. Esto por la incapacidad de comprender la importancia de un diagnóstico clínico a tiempo y de acceder a los servicios sanitarios eventualmente presentes; la imposibilidad absoluta para algunas poblaciones o comunidades de gozar de un sostema sanitario aunque sea mínimo, la marginación y el consiguiente drástico empobrecimiento de los núcleos familiares donde se ha verificado un primer caso de contagio. Desde el punto de vista sanitario y social sigue siendo dramática la carencia de estructuras tanto para el diagnóstico precoz de la infección como para la reinserción social y laboral de las personas curadas pero que han quedado mutiladas por el Bacilo de Hansen. Debe promoverse de forma más difundida y capilar la educación de las comunidades y de las poblaciones para que se comprenda que quien está curado no representa ya amenaza alguna de infección para los demás y que debe ser ayudado a reinsertarse.

Por ello os pedimos también a vosotros, que anteriormente fuisteis víctimas de la lepra, que os comprometais a ser solidarios, que recéis por el bien de quien está cerca de vosotros, de quien intenta llevaros alivio, pero también por la salvación de quienes “banquetean” cerrando la puerta ante las necesidades de los demás. De aquellos que se alejan de vosotros llamándoos “¡leprosos!”, sin conocer ni querer conocer vuestro nombre, reconocer vuestra dignidad y vuestra historia. Y sin embargo, “también en el campo de la salud, parte integrante de la existencia de cada uno y del bien común, es importante instaurar una verdadera justicia distributiva que garantice a todos, sobre la base de las necesidades objetivas, cuidados adecuados. En consecuencia, el mundo de la salud no puede sustraerse a las reglas morales que deben gobernarlo para que no se convierta en inhumano" subrayó también Su Santidad el Papa Benedicto XVI. Como subraya la Encíclica Caritas in veritate, "la Doctrina Social de la Iglesia ha puesto siempre de manifiesto la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social en los diversos sectores de las relaciones humanas. Se promueve la justicia cuando se acoge la vida del otro y de asume su responsabilidad hacia él, respondiendo a sus esperanzas, porque en él se capta el propio rostro del Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros. La imagen divina impresa en nuestro hermano funda la altísima dignidad de cada persona y suscita en cada uno la exigencia del respeto, del cuidado y del servicio”.

3) De nuevo con ocasión de esta 58ª Jornada Mundial es justo recordar que en la Historia de la Iglesia ha habido siempre personas que se ha comprometido hasta, en muchos casos, sacrificar la propia vida en favor de las víctimas del Morbo de Hansen. Uno de los más recientes, en términos temporales, es el cardenal canadiense Paul-Émile Léger. "Un signo fuerte de la acción humanizadora del mensaje de Cristo es sin duda el Centro Cardenal Léger de Yaoundé (Camerún)”, subrayó el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general del 1 de abril de 2009 en la Plaza de San Pedro. “Su fundador fue el cardenal canadiense Paul-Émil Léger, que quiso retirarse allí después del Concilio, en 1968 –, manifestó el Santo Padre – para trabajar” entre los pobres, los leprosos y los discapacitados.

Permaneciendo entre el siglo XIX y XX, queremos también recordar al belga san Damián de Veuster de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que trabajó en Molokai (archipiélago de las Hawaii, EE.UU.). "Su actividad misionera – subrayó Su Santidad el Papa Benedicto XVI con ocasión de la canonización de Damián de Veuster, celebrada en 2009 – le dio mucha alegría” alcanzando “su culmen en la caridad... El servidor de la Palabra se convirtió así en un siervo sufriente, leproso entre los leprosos, durante los últimos años de su vida”.

También el beato polaco Jan Beyzym de la Compañía de Jesús que, beatificado en 2002 por el venerable papa Juan Pablo II, se dedicó a las víctimas de la lepra, en su caso en Madagascar, e incluso consiguió construir en la isla un hospital especializado aún activo y capaz de hospedar a 150 pacientes. Su vida se distinguió por su profunda fe, su solicitud samaritana por los más pobres entre los pobres. En su existencia la evangelización se conjugaba con la defensa de la dignidad del ser humano hijo de Dios. De prtofunda fe mariana, dedicó el hospital que había fundado a la Virgen de Częstochowa. "La obra caritativa del beato Jan Beyzym – afirmó el venerable Juan Pablo II durante la ceremonia de beatificación del padre jesuita, celebrada en Cracovia en 2002 – estaba inscrita en su misión fundamental: llevar el Evangelio a quienes no lo conoces. Este es el más grande don de misericordia: llevar a los hombres a Cristo y permitirles conocer y gustar su amor".

A la Virgen Santísima, Salud de los Enfermos y Consoladora de los Afligidos confiamos todos los enfermos de Lepra y todos aquellos que cuidan de ellos.

+ Zygmunt Zimowski

Presidente del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

Las redes sociales entran en el magisterio pontificio

"Red social" ("social network") es el nuevo término que se ha añadido oficialmente al rico diccionario del milenario magisterio pontificio. Benedicto XVI lo ha utilizado por primera vez en el mensaje escrito con motivo de la XLV Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales 2011.

En él, el Papa describe con precisión los rasgos de ese fenómeno comunicativo llamado comúnmente "web 2.0", que no sólo hace de Internet un contenedor informativo para los usuarios particularmente, sino un auténtico ambiente cultural en el que usuarios multigeneracionales encuentran respuesta a exigencias humanas innatas de relación, comunicación y conocimiento.

En el actual contexto cultural, de hecho, el mundo digital representa un espacio virtual prevalentemente comunicativo, un lugar en el que los usuarios interactúan, transmitiéndose ideas, difundiendo datos, compartiendo conocimientos e intercambiando experiencias personales. "Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión", afirma el Santo Padre.

En este sentido, Benedicto XVI no duda en exhortar a cada creyente no sólo a participar en estos nuevos ambientes virtuales, sino a habitar en ellos con una presencia que sepa manifestar abiertamente la propia identidad cristiana. En la web, el cristiano tampoco debe callar su pertenencia a la Iglesia y mucho menos evitar la transmisión de la fe en la que cree. Internet, de hecho, puede convertirse con frecuencia en un espacio fecundo de profundización y de reflexión, de diálogo y debate sobre temas religiosos. No sólo: "Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él".

A través de un "estilo cristiano", que se concreta en una forma de comunicación honesta, abierta y respetuosa, en los espacios virtuales el creyente debe estimular el corazón y la conciencia dando testimonio de los valores elevados y nobles del mensaje del Evangelio, que no conoce límites de tiempo, de culturas, y mucho menos de medios.

Concluyo con una pregunta curiosa: ¿cómo aparecerá el término 'red social' en la próxima edición del diccionario de nuevos términos en latín , Lexicon Recentioris Latinitatis?

Comunicado sobre el papel de teólogos y obispos en la Iglesia en India


COOPERATORES VERITATIS
 - Buscando juntos la verdad


Desde el 16 al 22 de enero, se ha mantenido un coloquio en la St. John’s National Academy of Health Sciences en Bangalore, India, en la que una delegación de la Santa Sede se encontró con veintiocho miembros de la Conferencia Episcopal de la India y con veintiséis teólogos de diversas partes del país. La delegación de la Santa Sede estaba encabezada por Su Eminencia el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, asistido por Su Excelencia el arzobispo Luis Ladaria, SI, secretario de la Congregación, por monseñor Charles Scicluna, promotor de Justicia, y tres oficiales. Los miembros del episcopado indio que participaron en el Coloquio representaban a las tres Iglesias con ritos sui iuris en la India, encabezados por Su Eminencia el cardenal Oswald Gracias, arzobispo de Bombay y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de la India. Además, Su Eminencia el cardenal Telesphore Toppo, arzobispo de Ranchi, de Rito Latino y presidente de la Conferencia Episcopal de los Obispos Católicos de la India (CCBI), Su Beatitud Moran Mor Baselios Cleemis, arzobispo mayor - Catholicos y presidente del Santo Sínodo Episcopal de la Iglesia católica siro-malankar, Su Excelencia monseñor George Punnakottil de la Iglesia siro-malabar, obispo de Kothamangalam y vice presidente de la CBCI, y Su Excelencia monseñor Joseph Kallarangatt, obispo de Palai y presidente de la Comisión Doctrinal de la CBCI estuvieron entre los participantes. Los teólogos que tomaron parte procedían también de las tres Iglesias sui iuris. El Coloquio fue fruto de la larga cooperación entre la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Conferencia de Obispos Católicos de la India, y fue preparada y organizada por Su Excelencia monseñor Thomas Dabre, obispo de Poona, que antes sirvió como presidente de la Comisión Doctirnal de la CBCI, con la asistencia experta del padre Dominic Veliath, S.D.B., secretario de la Comisión Doctirnal de la CBCI y también miembro de la Comisión Teológica Internacional. El nuncio apostólico en la India, Su Gracia el arzobispo Salvatore Pennacchio también tomó parte en los procedimientos.

Los coloquios anuales entre obispos y teólogos en la India comenzaron en 1996. En un encuentro posterior mantenido en Roma ese mismo año entre un número de obispos de la India y representantes de los diversos dicasterios de la Santa Sede, se expresó la esperanza de que, en algún momento en el futuro, la Congregación para la Doctrina de la Fe tomase parte en estos encuentros. El Coloquio en Bangalore ha sido la realización de esta esperanza, y fue entendido específicamente como un foro donde tratar algunos de los asuntos teológicos que afronta la Iglesia en India, en una atmósfera colaboradora de diálogo y discusión. Como es bien sabido, en la gran nación india hay más de un billón de seres humanos, de los que aproximadamente el 2,3% son cristianos. La Iglesia católica en India tiene sus orígenes en santo Tomás apóstol y recibió nuevos ímpetus con la actividad misionera de san Francisco Javier. Hoy, los católicos en India, aunque pocos en número, realizan una ampliamente apreciada contribución al bienestar del país, sobre todo a través de numerosas instituciones educativas, atención sanitaria, iniciativas de acción social y obras caritativas. Fue el carácter específico y único de la Iglesia católica en India la que proveyó el contexto para las exposiciones y discusiones durante el Coloquio de Bangalore.

En la primera parte del Coloquio, los teólogos plantearon cuestiones como la del papel específico del teólogo en la Iglesia, la metodología teológica en Oriente y Occidente, la inculturación, Jesucristo como el único salvador de todas las gentes, las relaciones entre la Iglesia de Cristo y las demás religiones, el concepto cristiano de la auténtica liberación humana, el papel de la comunidad de fe (el "sensus fidelium"), y lo distintivo de la oración y la espiritualidad cristianas. Cada exposición teológica fue seguida por un diálogo vivo y sostenido en el que todos los participantes – teólogos, obispos y representantes de la Santa Sede – ofrecieron libremente sus contribuciones para una comprensión más profunda de los asuntos tratados. Las discusiones trataron de tomar en cuenta la presencia católica en el particular contexto indio, enfatizando al mismo tiempo el don inestimable de la universalidad de la fe católica, que debe ser siempre comunicado en su integridad y autenticidad. Se hizo hincapié en la singular importancia del papel del teólogo en la Iglesia, así como en la necesidad, especialmente cuando se busca elaborar una teología contextualizada, de construir sobre un fundamento teológico sólido, siempre fiel a la autoridad magisterial de la Iglesia.

La segunda parte del Coloquio se organizó para los obispos y los representantes de la Santa Sede. Estos días se dedicaron a diversas cuestiones relativas al papel y la responsabilidad específicas de los obispos en la Iglesia, así como del obispo como maestro de la fe, el funcionamiento de las Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal, la formación de los futuros sacerdotes y miembros de las congregaciones religiosas, y la adjudicación correcta de los delitos canónicos más serios.

El Coloquio, que se prolongó durante la semana, fue una experiencia de trabajo intenso y de diálogo fructífero en el que se clarificaron muchas cuestiones y se propusieron iniciativas válidas. Se espera que los frutos del Coloquio, ya percibidos por los participantes en la experiencia compartida de la oración litúrgica de acuerdo con las tres expresiones rituales de la Iglesia católica en India, seguirá beneficiando no solo a la Iglesia, sino también a la más amplia sociedad en India durante los próximos años.

[Traducción del original inglés por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Ni laicismo ni fundamentalismo

VER

Siguen las incomprensiones tendenciosas. La publicación de un partido político se atreve a afirmar que la jerarquía católica "pretende que el Estado ponga en práctica acciones que violen el respeto de los derechos humanos y adopte como práctica la discriminación y la persecución por motivos de diversidad sexual". Uno de sus líderes dice que no aceptarán ni tolerarán "la intentona de una iglesia que pretende imponerle a los mexicanos su visión única sobre la forma de organización social, política y religiosa". Acusan a las autoridades religiosas de violar "flagrantemente el artículo 130 constitucional, la convivencia pacífica y la vida democrática. La Iglesia católica mexicana pretende imponer una visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para todos, exigiendo que las leyes se amolden a sus posiciones doctrinales, a través de la coacción y el uso indebido del credo". ¡No han entendido lo que pedimos: sólo el derecho a ser escuchados y que se revisen algunas leyes, violatorias de derechos humanos!

El artículo 130 de nuestra Carta Magna indica que los ministros de culto "no podrán en reunión pública, en actos de culto o de propaganda religiosa, ni de carácter religioso, oponerse a las leyes del país o a sus instituciones". Depende qué se entienda por oponerse. Nosotros no tenemos facultades para impedir que se cumpla una ley, aunque nos parezca inmoral e injusta. Oponerse sería, en este caso, impedir que se cumpla la ley. Eso no lo podemos hacer. Pero si oponerse implica que no podamos expresar nuestra opinión sobre esa ley, esto violaría nuestro derecho a la libertad de expresión, consagrado también en la Constitución.

Es lo que afirma el líder de otro partido político: "La laicidad del Estado no significa callar las voces disidentes a lo que dice el gobierno en turno; la laicidad del Estado es precisamente que todos puedan expresarse sin cortapisas, sin más límites que el mantenimiento del orden público".

JUZGAR

Dijo el Papa Benedicto XVI, en el Angelus del 1 de enero: "Hoy asistimos a tos tendencias opuestas, dos extremos igualmente negativos: por una parte el laicismo, que a menudo solapadamente margina la religión para confinarla a la esfera privada; y por otra el fundamentalismo, que en cambio quisiera imponerla a todos con la fuerza. En realidad, Dios llama a sí a la humanidad con un designio de amor que, implicando a toda la persona en su dimensión natural y espiritual, reclama una correspondencia en términos de libertad y responsabilidad, con todo el corazón y el propio ser, individual y comunitario.

Donde se reconoce de forma efectiva la libertad religiosa, se respeta en su raíz la dignidad de la persona y, a través de una búsqueda sincera de la verdad y del bien, se consolida la conciencia moral y se refuerzan las instituciones y la convivencia civil. Por eso la libertad religiosa es el camino privilegiado para construir la paz... La paz no se alcanza con las armas, ni con el poder económico, político, cultural y mediático. La paz es obra de conciencias que se abren a la verdad y al amor".

ACTUAR

¡Es tiempo de escucharnos en forma civilizada! La democracia se basa en la verdad, la justicia y la libertad. Nunca intentaremos imponer nuestro credo a quien no lo acepte.

Imponer una religión, la que sea, sería violatorio de derechos humanos; sería fundamentalismo, que reprobamos, aquí y en países asiáticos y africanos que castigan con pena de muerte la disidencia religiosa. Si en tiempos de la Inquisición eso se hizo, ya pasaron siglos de ello y fueron los gobiernos quienes usaron causales religiosas para impedir la democracia y la libertad. Hoy sólo exigimos que se reconozca el derecho de los ministros de culto, de cualquier denominación, a expresar nuestras creencias, sin las cortapisas que mantienen algunas leyes. No se nos debe callar por el hecho de ser ministros de culto. Somos tan mexicanos como cualquiera, y no es justo que se nos restrinjan derechos fundamentales, como es el derecho a la plena libertad religiosa, que no se reduce a la libertad de culto y de creencia.

Audiencia a la Comisión de Diálogo con las Antiguas Iglesias Orientales

Eminencias, Excelencias, queridos hermanos en Cristo,

Con gran alegría os doy la bienvenida a vosotros, miembros de la Comisión Internacional para el Diálogo entre la Iglesia Católica y las Iglesias Orientales Ortodoxas. Con gran alegría extiendo también mi saludo fraternal a mis venerables hermanos, Dirigentes de las Iglesias Orientales Ortodoxas.

Estoy muy agradecido por esta labor de la Comisión, que comenzó en enero de 2003, como una iniciativa compartida entre las autoridades eclesiales de la familia de las Iglesias Orientales Ortodoxas y el Consejo Ponticifio para la Promoción de la Unidad entre los cristianos.

Como sabéis, la primera fase del diálogo, transcurrida de 2003 a 2009, concluyó con la redacción en común del texto titulado “Naturaleza, Constitución y Misión de la Iglesia”. El documento subrayó aspectos de principios eclesiológicos fundamentales que compartimos y se identificaron cuestiones que requerían una reflexión más profunda en posteriores fases del diálogo. Sólo podemos estar agradecidos porque después de casi quince siglos de separación, todavía encontramos cosas en común sobre la naturaleza sacramental de la Iglesia, sobre la sucesión apostólica en el servicio sacerdotal y sobre la necesidad apremiante de dar testimonio del Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo en el mundo.

En la segunda fase, la Comisión reflexionó desde una perspectiva histórica sobre las maneras en que las Iglesias manifestaron su comunión a lo largo de los siglos. Durante el encuentro de esta semana estáis profundizando en el estudio de la comunión y la comunicación existente entre las Iglesias hasta la mitad del siglo quinto de la era cristiana, así como el papel desempeñado por el monaquismo en la vida de la Iglesia primitiva.

Tenemos que confiar en que vuestras reflexiones teológicas conducirán a nuestras Iglesias no sólo a un entendimiento recíproco más profundo, sino que también a continuar con resolución nuestro viaje hacia la total comunión, a la que estamos llamados por la voluntad de Cristo. Con este propósito hemos elevado de manera común nuestras plegarias durante la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que acaba de finalizar.

Muchos de vosotros venís de lugares donde los cristianos afrontan de forma individual o en comunidad, retos y dificultades que son causa de nuestra profunda preocupación. Todos los cristianos necesitamos trabajar juntos en aceptación y confianza mutuas con el fin de servir a la causa de la paz y de la justicia. Que la intercesión y el ejemplo de los muchos mártires y santos, que han dado un valiente testimonio de Cristo en todas nuestras Iglesias, os sostengan y os den fuerzas a vosotros y a vuestras comunidades cristianas.

Con sentimientos de un afecto fraternal, invoco sobre sobre todos vosotros la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo.

[Traducción del original inglés por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Cardenal Piacenza: el celibato sacerdotal según Pío XI (I)

Venerados hermanos en el Episcopado,

Queridísimos sacerdotes y amigos todos,

Estoy muy contento de intervenir en vuestro Coloquio utilizando las más modernas tecnologías de la comunicación. Esta intervención pretende expresar ante todo la más profunda estima y mi aliento personal y el de la Congregación para el Clero hacia los organizadores del Coloquio, por el tema que se ha elegido, de lo más oportuno, y sobre todo porque éste tiene lugar en el lugar que vio la obra de san Juan Maria Vianney, modelo acabado de Sacerdocio ministerial e imagen de continua referencia también para los sacerdotes de nuestro tiempo.

El tema que se me ha asignado es muy específico y se refiere a las enseñanzas de los Papas sobre el Celibato sacerdotal, desde Pío XI a Benedicto XVI. Desarrollaré la presente intervencion examinando algunos de los documentos más significativos de estos Pontífices, mostrando la actualidad de sus enseñanzas y trazando algunas líneas de síntesis que espero sean útiles para transfundir, de hecho, en la formación eclesiástica.

La enseñanza de los Pontífices desde Pio XI a Benedicto XVI

Para mantenerme en los tiempos que me han asignado, he decidido examinar sólo los documentos más significativos de los Pontífices y, especialmente, algunas Encíclicas, que, al respecto, resultan particularmente relevantes.

1. Pío XI y la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii

Está históricamente demostrada la verdadera y auténtica pasión del Santo Padre Pío XI por las vocaciones sacerdotales y su incansable actuación para la edificación de Seminariosm en todo el orbe católico, en los que pudiesen recibir una formación adecuada los jóvenes que se preparaban al ministerio sacerdotal.

Dentro de este marco debe comprenderse adecuadamente la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii del 20 de diciembre de 1935, promulgada con ocasión del 56° Aniversario de la Ordenación sacerdotal de ese Pontífice. La Encíclica se compone de cuatro partes, las dos primeras dedicadas más específicamente a los fundamentos, desde el título 1. “La sublime dignidad: Alter Christus” y 2. “Brillante ornamento”, mientras que la tercera y la cuarta son de carácter más normativo-disciplinar y concentran su atención en la preparación de los jóvenes al Sacerdocio y en algunas características de su espiritualidad.

De particular interés para nuestro tema es la segunda parte de la Encíclica, que dedica un párrafo entero a la castidad. Este además se coloca, en la segunda parte, después del párrafo que habla del sacerdote como “imitador de Cristo” y el dedicado a la “piedad sacertotal”, mostrando de este modo cómo la concepción de Pío XI era – como la Iglesia ha considerado siempre – la de carácter ontológico-sacramental. De ella deriva la exigencia de la imitación de Cristo y de la excelencia de la vida sacerdotal, sobre todo en orden a la santidad. Afirma de hecho la Encíclica: “ el sacrificio eucarístico, en el que se inmola la Víctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Señor, a quien cada día ofrece aquella Víctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro”, y también “puesto que el sacerdote es embajador en nombre de Cristo (cf. 2Cor 5,20), ha de vivir de modo que pueda con verdad decir con el Apóstol: 'Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo' (cf. 1Cor4,16;11,1), ha de vivir como otro Cristo, que con el resplandor de sus virtudes alumbró y sigue alumbrando al mundo”.

Inmediatamente antes de hablar de la castidad, casi como subrayando su vínculo inseparable, Pío XI pone de manifiesto la importancia de la piedad sacerdotal, afirmando: “Nos hablamos de piedad sólida: de aquella que, independientemente de las continuas fluctuaciones del sentimiento, está fundada en los más firmes principios doctrinales, y consiguientemente formada por convicciones profundas que resisten a las acometidas y halagos de la tentación”. De estas afirmaciones se ve con claridad que la comprensión misma del Sagrado Celibato está en estrecha y profunda relación con una buena formación doctrinal, fiel a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al ininterrumpido Magisterio eclesial, y a un ejercicio auténtico de la piedad, que nosotros llamamos hoy “vida espiritual intensa”, resguardandola tanto de las desviaciones sentimentales, que a menudo degeneran en el subjetivismo, como de las racionalistas, también muy difundidas, que producen un criticismo escéptico, muy alejado de un sentido crítico inteligente y constructivo.

La castidad, en la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii, está definida como “íntímamente unida con la piedad, de la cual le ha de venir su hermosura y aun la misma firmeza”. De la misma hay un intento de justificación racional, según el derecho natural, en la afirmación: “Aun con la simple luz de la razón se entrevé cierta conexión entre esta virtud y el ministerio sacerdotal. Siendo verdad que Dios es espíritu, bien se ve cuánto conviene que la persona dedicada y consagrada a su servicio en cierta manera se despoje de su cuerpo”. A esta primera afirmación, que a nuestros ojos hoy resulta más bien frágil, y que, en todo caso, vincula la castidad a la pureza ritual y, en consecuencia, excluiría su permanencia, ligándola a los tiempos de los ritos del Culto, hace a continuación el reconocimiento de la superioridad del sacerdocio cristiano respecto tanto del sacerdocio del Antiguo Testamento, como a la institución sacerdotal natural propria de cualquier tradición religiosa.

La Encíclica, en este punto, pone en el centro de la reflexión la propia experiencia del Señor Jesús, entendida como prototípica para todo sacerdote. Afirma de hecho: “El gran aprecio en que el divino Maestro mostró tener la castidad, exaltándola como algo superior a las fuerzas ordinarias, […] era casi imposible que no hiciera sentir a los sacerdotes de la Nueva Alianza el celestial encanto de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del número de aquellos que son capaces de entender esta palabra (cf. Mt 19,11)”.

Es posible, en estas afirmaciones de la Encíclica,notar una cierta complementariedad entre la intención de fundar la castidad sacerdotal en la exigencia de pureza cultual, y la más amplia, y hoy mayormente comprendida, exigencia de presentarla como imitatio Christi, vía privilegiada para imitar al Maestro, que vivió ejemplarmente de manera pobre, casta y obediente.

Pío XI no descuida, por otro lado, citar los pronunciamientos dogmáticos que se refieren a la obligación de la castidad, y en particular el Concilio de Elvira y el segundo Concilio de Cartago, que, aunque en el siglo IV, atestiguan con obviedad una práxis muy anterior, consolidada, y que por tanto puede ser traducida en ley.

Con un acento extraordinariamente moderno, en el sentido de inmediatamente accesible a nuestra mentalidad, la Encíclica habla de la libertad, con la que se acoge el don de la castidad, afirmando: “Por su libre voluntad hemos dicho: como quiera que, si después de la ordenación ya no la tienen para contraer nupcias terrenales, pero las órdenes mismas las reciben no forzados ni por ley alguna ni por persona alguna, sino por su propia y espontánea resolución personal”. Podríamos deducir, en respuesta a algunas objeciones contemporáneas, sobre una presunta obstinación de la Iglesia en imponer a los jóvenes el Celibato, que el Magisterio autorizado de Pío XI, lo indicaba como resultado de la libre acogida de un carisma sobrenatural, que nadie impone, ni podría imponer. Al contrario la norma eclesiástica se entiende como la decisión de la Iglesia de admitir al sacerdocio sólo a aquellos que han recibido el carisma del Celibato y que, libremente, lo han acogido.

Si bien es legítimo sostener que, según el clima de la época, el fundamento del Celibato eclesiastico en la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii de Pío XI se pone en razones, aunque válidas, de pureza ritual, no menos es posible reconocer en el mismo texto una importante dimensión ejemplar tanto del Celibato de Cristo, como de Su libertad, que es la misma a la que son llamados los sacerdotes.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Cardenal Piacenza: el celibato sacerdotal según Pío XII (II)

2. Pío XII y la Encíclica Sacra Virginitas

Una contribución determinante desde el punto de vista magisterial fue dado por la Encíclica Sacra Virginitas, del 25 de marzo de 1954, del Siervo de Dios Pío XII. Esta, como todas las Encíclicas de ese Pontífice, resplandece por el claro y profundo planteamiento doctrinal, por la riqueza de referencias bíblicas, históricas, teológicas, espirituales, y constituye aún hoy un punto de referencia de notable relieve.

Aunque, en sentido estricto, la Encíclica tiene como objeto formal no el celibato eclesiástico, sino la virginidad por el Reino de los Cielos, no lo es menos que, en ella, son muchos los puntos de reflexión y las referencias explícitas a la condición celibataria también del Sacerdocio.

El Documento se compone de cuatro partes: la primera delinea la “verdadera idea de la condición virginal”, la segunda identifica y responde a algunos errores de la época, que no pierden su problematicidad tampoco hoy; la tercera parte manifiesta la relación entre virginidad y sacrificio, y la última, a modo de conclusión, muestra algunas esperanzas y algunos temores ligados a la virginidad.

La virginidad, en la primera parte, se presenta como un modo excelente de vivir el seguimiento de Cristo. “¿Qué es, de hecho, sino imitar?”, se pregunta el Pontífice. Y responde: “todos estos discípulos y esposas de Cristo se han abrazado con la virginidad, según San Buenaventura, para conformarse con su Esposo Jesucristo […] A su encendido amor a Cristo no podía bastar la unión de afecto; era di todo punto necesario que ese amor se echase también de ver en la imitación de sus virtudes, y de manera particular, conformándose con su vida, que toda ella se empleó en el bien y salvación del género humano. Si, pues, los sacerdotes […] guardan castidad perfecta, es, en definitiva, porque su Divino Maestro fue virgen hasta el fin de su vida”.

En realidad, y ciertamente no por casualidad, el Pontífice asimila la condición virginal sacerdotal a la de los religiosos y de las religiosas, mostrando, de esta forma, que el celibato, que se diferencia desde el punto de vista normativo, tiene en realidad el mismo fundamento teológico y espiritual.

Otra razón del celibato la señala el Pontífice en la exigencia, en conexión con el Misterio, de una profunda libertad espiritual. Afirma la Encíclica: “Para que los ministros sagrados adquieran esta espiritual libertad de cuerpo y de alma y se desentiendan de negocios temporales la Iglesia latina, les exige que voluntariamente se obliguen a la castidad perfecta”, y añade: “los ministros sagrados se abstienen enteramente del matrimonio no solo porque se dedican al apostolado, sino también porque sirven al altar”. Se pone de manifiesto, de esta forma, cómo a la razón apostólica y misionera se une propiamente, en el Magisterio de Pío XII, la cultual, en una síntesis que, más allá de cualquier polarización, representa la real y completa unidad de razones a favor del celibato sacerdotal.

Por lo demás, ya en la Exhortación Apostólica Menti Nostrae, el mismo Pío XII afirmaba: “El sacerdote, por la ley del celibato, lejos de perder la prerrogativa de la paternidad, la aumenta inmensamente, como quiera que in engendra hijos para esta vida perecedera, sino para que ha de durar eternamente”.

Misionariedad, sacralidad del Ministerio, imitación realista de Cristo, fecundidad y paternidad espiritual constituyen, por tanto, el horizonte imprescindible de referencia del celibato sacerdotal, no con independencia de la corrección de algunos errores siempre latentes, como la falta de reconocimiento de la excelencia objetiva, y no cierto por santidad subjetiva, del estado virginal respecto al matrimonial, la afirmación de la imposibilidad humana de vivir la condición virginal o la alienación de los consagrados de la vida del mundo y de la sociedad. Al respecto afirma el Pontífice: “Si bien cuantos profesan la perfecta castidad han renunciado a este amor humano, no por eso se puede afirmar que por efecto de esa renuncia hayan rebajado y despojado en alguna manera su personalidad humana, porque del mismo Dador de dones celestiales reciben un auxilio espiritual que sobrepuja con creces la ayuda mutua que los esposos recíprocamente se procuran. Consagrándose totalmente al que es su principio y les comunica su vida divina, no se empequeñecen, sino que sumamente se engrandecen”.

Estas afirmaciones podrían ser suficientes para responder, con la claridad necesaria, a muchas objeciones de carácter psico-antropológico, que aún hoy se plantean al celibato sacerdotal.

El último grande y fundamental tema afrontado por la Encíclica Sacra Virginitas es el más propiamente sacerdotal de la relación entre virginidad y sacrificio. Observa el Pontífice, citando a san Ambrosio: “[la castidad] es un medio capaz de conducir con mayor seguridad y facilidad a quienes les ha sido concedido, alcanzar el término, de sus anhelos, la perfección evangélica y el reino de los cielos […] la castidad se propone, no se impone”. En este sentido, la invitación de Pío XII, siguiendo a los Santos Padres, es doble: por un lado, afirma el deber de “medir bien las fuerzas” para comprender si se está en grado de acoger el don de la gracia del celibato, entregando a toda la Iglesia, en este sentido, especialmente en nuestros días, un criterio seguro de honrado discernimiento; por el otro, pone en evidencia el vínculo intrínseco entre castidad y martirio, enseñando, con san Gregorio Magno, que la castidad sustituye al martirio y representa, en todo tiempo, la más alta y eficaz forma de testimonio.

Parece evidente a todos que, sobre todo en nuestra sociedad secularizada, la continencia perfecta por el Reino de los Cielos, representa uno de los testimonios más eficaces y mayormente capaces de “provocar” saludablemente a la inteligencia y al corazón de nuestros contemporáneos. En un clima cada vez mayormente, y casi de forma violenta, erotizado, la castidad, sobre todo de aquellos que en la Iglesia son investidos del Sacerdocio ministerial, representa un desafío, aún más poderosamente elocuente, a la cultura dominante y, en definitiva, a la propia pregunta sobre la existencia de Dios y sobre la posibilidad de conocerlo y de entrar en relación con Él.

Me parece ahora obligado sacar a la luz una última reflexión sobre la Encíclica de Pío XII, pues esta, más de las demás, parece decididamente contra corriente respecto a muchas de las costumbres hoy difundidas incluso entre no pocos miembros del Clero y en varios lugares de “formación”. Citando a san Jerónimo, el Pontífice explica cómo “es preferible la huida a la batalla en campo abierto […]. Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. 'Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo', nos aconseja San Agustín”.

Parecería hoy casi imposible al educador transmitir el valor del celibato y de la pureza a los jóvenes seminaristas, en un contexto en el que resulta, de hecho, imposible vigilar sobre las visiones, las lecturas, sobre la utilización de internet, y sobre los conocimientos. Aunque es cada vez más evidente y necesaria la implicación madura de la libertad de los candidatos en una colaboración voluntaria y consciente en la obra de formación, con todo la Encíclica considera un error, y concordamos plenamente, permitir a quien se prepara al Sacerdocio cualquier experiencia, sin el necesario discernimiento y el debido alejamiento del mundo. Permitir esto equivale a no comprender nada del hombre, de su psicología, de la sociedad y de la cultura que nos rodea. Significa estar encerrados en una especie de ideología preconcebida que va contra la realidad. Basta mirar alrededor. ¡Cuanto realismo en los versículos del salmo: “tienen ojos y no ven…”!

Debo confiar, al final de este breve excursus sobre la Encíclica de Pío XII (pero lo mismo podría decir de la de Pío XI), que me quedo siempre sorprendido de su modernidad y actualidad. Aún permaneciendo la focalización preeminente en el aspecto sagrado del celibato y en el vínculo entre el ejercicio del Culto y la virginidad por el Reino de los Cielos, el Magisterio de estos dos Pontífices presenta un celibato cristológicamente fundado, tanto en la directiva de la configuración ontológica a Cristo Sacerdote-Virgen, sea en la de la imitatio Christi.

Si parece en parte justificada la lectura que ve en el Magisterio papal sobre el Celibato, anterior al Concilio Ecuménico Vaticano II, una insistencia en las argumentaciones sacro-rituales, y, en el sucesivo al Concilio, una apertura a razones más cristológico-pastorales, también se debe reconocer – y esto es fundamental para la correcta hermenéutica de la continuidad, o lo que es lo mismo, para la hermenéutica “católica” – que tanto Pío XI, como Pío XII subrayan ampliamente las razones de carácter teológico. El celibato resulta, en los pronunciamientos mencionados, no sólo particularmente oportuno y apropiado a la condición sacerdotal, sino íntimamente conectado con la esencia misma del Sacerdocio, comprendida como participación en la Vida de Cristo, en Su Identidad y por ello, en Su misión. ¡Ciertamente no es casualidad que esas Iglesias de Rito oriental que ordenan también a viri probati, no admitan en absoluto a la ordenación episcopal a sacerdotes casados!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez] 

La belleza del rito litúrgico

Por Mauro Gagliardi*

ROMA,  (ZENIT).- Hans Urs von Balthasar, en la “Introducción” al primer volumen de su monumental Herrlichkeit (Gloria), en la que desarrolló una teología sistemática centrada en la trascendencia de lo bello, escribe:

“La belleza es la última palabra que el intelecto pensante puede atreverse a pronunciar, porque ésta no hace otra cosa que coronar, como aureola de esplendor inaprensible, el doble astro de la verdad y del bien y su relación indisoluble. Esta es la belleza desinteresada sin la cual el viejo mundo era incapaz de comprenderse, pero la que se ha ido de puntillas del moderno mundo de los intereses, para abandonarlo a su codicia y a su tristeza. Esta es la belleza que ya no es amada ni custodiada ni siquiera por la religión, sino que, como máscara arrancada de su rostro, pone al descubierto rasgos que amenazan resultar incomprensibles a los hombres. Esta es la belleza en la que ya no nos atrevemos a creer y de la que hemos hecho una apariencia para podernos liberar de ella sin remordimientos. Esta es la belleza, en fin, que exige (como hoy está demostrado), por lo menos otro tanto valor y fuerza de decisión de la verdad y de la bondad, y que no se deja reducir al ostracismo y separar de estas dos hermanas suyas sin arrastrarlas consigo en una misteriosa venganza” (Gloria. Una estetica teologica, Jaca book, Milán 1994 [II rist.], pp. 10-11).

Son palabras de clara condena, por parte de un teólogo bien “moderno”, de ese espíritu funcionalista típico de la modernidad, que ya no es capaz de apreciar el valor de las cosas bellas que no tengan un reflejo inmediato en el campo de lo útil. ¿Cómo comprender hoy el valor de los detalles minuciosos que los pintores trazaron sobre las bóvedas de innumerables iglesias y que son inútiles, porque no son perceptibles para quien mira la bóveda desde la nave? ¿Cómo justificar la fatiga de los maestros del mosaico que pasaban días componiendo teselas en lugares no visibles de las catedrales medievales? Si la puntura o el mosaico no van a ser vistos, no serán disfrutados por ojo humano alguno, ¿de qué ha servido tanto trabajo? Lo bello en este caso ¿no implica una pérdida de tiempo y de energías? Y también: ¿para qué sirve la belleza de las vestimentas y de los vasos sagrados, si el pobre muere de hambre o no tiene con qué cubrir su desnudez? ¿Esa belleza no quita recursos al cuidado de los necesitados?

¡Y sin embargo, la belleza sirve! Y sirve precisamente cuando es gratuita, cuando no busca una utilidad inmediata, cuando es irradiación de Dios. Recuerda Benedicto XVI:

“La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. [...] La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. [...] La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (Sacramentum Caritatis, n. 35).

Quien no sabe apreciar el valor gratuito (es decir, de la gracia) de la belleza y, en particular, de la belleza litúrgica, difícilmente podrá realizar un acto adecuado de culto divino. Continua Von Balthasar: “Quien, al oír hablar de ella, se sonríe, juzgándola como un residuo exótico de un pasado burgués, de este se puede estar seguro de que – secreta o abiertamente – ya no es capaz de rezar, y pronto, tampoco lo será de amar” (Gloria, p. 11).

La belleza del rito, cuando es tal, corresponde a la acción santificadora propia de la sagrada liturgia, la cual es obra de Dios y del hombre, celebración que da gloria al Creador y Redentor y santifica a la criatura redimida. De modo conforme a la naturaleza compuesta del hombre, la belleza del rito debe ser siempre corpórea y espiritual, mostrar lo visible y lo invisible. De lo contrario se cae o en el esteticismo, que quiere satisfacer el gusto, o en el pragmatismo que supera las formas en la búsqueda utópica de un contacto “intuitivo” con lo divino. En el fondo, en ambos casos se pasa de la espiritualidad a la emotividad.

El riesgo hoy es menos el del esteticismo y mucho más el del pragmatismo informal. Tenemos necesidad en el presente no tanto de simplificar y de quitar lo superfluo, sino de redescubrir el decoro y la majestad del culto divino. La sagrada liturgia de la Iglesia atraerá al hombre de nuestro tiempo no vistiendo cada vez más los vestidos de la cotidianidad anónima y gris, a lo que ya está muy acostumbrado, sino llevando el manto real de la verdadera belleza, vestidura siempre nueva y joven, que la hace ser percibida como una ventana abierta al Cielo, como punto de contacto con el Dios Uno y Trino, a cuya adoración está ordenada, a través de la mediación de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. 

Traducido del italiano por Inma Álvarez

Audiencia a los miembros del Tribunal de la Rota Romana

¡Queridos componentes del Tribunal de la Rota Romana!

Estoy contento de encontraros para esta cita anual con ocasión de la inauguración del año judicial. Dirijo un cordial saludo al Colegio de los Prelados auditores, comenzando por el decano, monseñor Antoni Stankiewicz, a quien agradezco por sus corteses palabras. Saludo a los oficiales, los abogados y los demás colaboradores de este Tribunal, como también a todos los presentes. Este momento me ofrece la oportunidad de renovar mi estima por la obra que lleváis a cabo al servicio de la Iglesia, y de animaros a un compromiso cada vez mayor, en un sector tan delicado e importante para la pastoral y para la salus animarum.

La relación entre el derecho y la pastoral estuvo en el centro del debate postconciliar sobre el derecho canónico. La bien conocida afirmación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, según la cual “no es cierto que para ser más pastoral, el derecho deba hacerse menos jurídico” (Alocución a la Rota Romana, 18 de enero de 1990, n. 4: AAS 82 [1990], p. 874) expresa la superación radical de una aparente contraposición. “La dimensión jurídica y la pastoral – decía – están inseparablemente unidas en la Iglesia peregrina sobre esta tierra. Ante todo, hay en ellas una armonía que deriva de su finalidad común: la salvación de las almas” (ibidem). En el primer encuentro, que tuve con vosotros en el 2006, intenté evidenciar el auténtico sentido pastoral de los procesos de nulidad del matrimonio, fundado sobre el amor por la verdad (cfr Alocución a la Rota Romana, 28 de enero de 2006: AAS 98 [2006], pp. 135-138). Hoy quisiera detenerme a considerar la dimensión jurídica que está inscrita en la actividad pastoral de preparación y admisión al matrimonio, para intentar sacar a la luz el nexo que existe entre esta actividad y los procesos judiciales matrimoniales.

La dimensión canónica de la preparación al matrimonio quizás no sea un elemento de percepción inmediata. En efecto, por una parte se observa cómo en los cursos de preparación al matrimonio, las cuestiones canónicas ocupan un lugar muy modesto, si no insignificante, en cuanto que se tiende a pensar que los futuros esposos tienen un interés muy reducido en problemáticas reservadas a los especialistas. Por la otra, aunque a nadie se le escapa la necesidad de las actividades jurídicas que preceden al matrimonio, dirigidas a comprobar que “nada se opone a su celebración válida y lícita” (CIC, can. 1066), está difundida la mentalidad según la cual el examen de los esposos, las publicaciones matrimoniales y los demás medios oportunos para llevar a cabo las necesarias investigaciones prematrimoniales (cfr ibid., can. 1067), entre los que se colocan los cursos de preparación al matrimonio, constituirían trámites de naturaleza exclusivamente formal. De hecho, se considera a menudo que, al admitir a las parejas al matrimonio, los pastores deberían proceder con largueza, estando en juego el derecho natural de las personas a casarse.

Es bueno, al respecto, reflexionar sobre la dimensión jurídica del propio matrimonio. Es un argumento al que hice alusión en el contexto de una reflexión sobre la verdad del matrimonio, en la que afirmé, entre otras cosas: “Ante la relativización subjetivista y libertaria de la experiencia sexual, la tradición de la Iglesia afirma con claridad la índole naturalmente jurídica del matrimonio, es decir, su pertenencia por naturaleza al ámbito de la justicia en las relaciones interpersonales. Desde este punto de vista, el derecho se entrelaza de verdad con la vida y con el amor como su intrínseco deber ser” (Alocución a la Rota Romana, 27 de enero de 2007, AAS 99 [2007], p. 90). No existe, por tanto, un matrimonio de la vida y otro del derecho: no hay más que un solo matrimonio, el cual es constitutivamente un vínculo jurídico real entre el hombre y la mujer, un vínculo sobre el que se apoya la auténtica dinámica conyugal de vida y de amor. El matrimonio celebrado por los esposos, aquel del que se ocupa la pastoral y aquel regulado por la doctrina canónica, son una sola realidad natural y salvífica, cuya riqueza da ciertamente lugar a una variedad de aproximaciones, aunque sin que disminuya su identidad esencial. El aspecto jurídico está intrínsecamente ligado a la esencia del matrimonio. Esto se comprende a la luz de una noción no positivista del derecho, sino considerándola en la óptica de la relacionalidad según justicia.

El derecho a casarse, o ius connubii, debe ser visto en esta perspectiva. Es decir, no se trata de una pretensión subjetiva que deba ser satisfecha por los pastores mediante un mero reconocimiento formal, independientemente del contenido efectivo de la unión. El derecho a contraer matrimonio presupone que se pueda y se pretenda celebrarlo de verdad, y por tanto en la verdad de su esencia así como la enseña la Iglesia. Nadie puede exaltar el derecho a una ceremonia nupcial. Elius connubii, de hecho, se refiere al derecho de celebrar un auténtico matrimonio. No se negaría por tanto, el ius connubii allí donde fuese evidente que no se dan las premisas para su ejercicio, es decir, si faltase gravemente la capacidad requerida para casarse, o bien la voluntad se plantease un objetivo que está en contraste con la realidad natural del matrimonio.

A propósito de esto, quisiera reafirmar cuanto escribí tras el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía: “Dada la complejidad del contexto cultural en el que vive la Iglesia en muchos países, el Sínodo ha recomendado, además, tener el máximo cuidado pastoral en la formación de los contrayentes y en la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un serio discernimiento a este respecto podrá evitar que impulsos emotivos o razones superficiales induzcan a dos jóvenes a asumir responsabilidades que después no sabrán honrar (cfr Propositio 40). Demasiado grande es el bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del matrimonio y de la familia fundada sobre él, para no comprometerse a fondo en este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y defendidas de cualquier posible equívoco sobre su verdad, porque todo daño acarreado a estas constituye de hecho una herida que se produce a la convivencia humana como tal” (Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, n. 29: AAS 99 [2007], p. 130).

La preparación al matrimonio, en sus varias fases descritas por el Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, tiene ciertamente finalidades que trascienden la dimensión jurídica, pues su horizonte está constituido por el bien integral, humano y cristiano, de los cónyuges y de sus futuros hijos (cfr n. 66: AAS 73 [1981], pp. 159-162), dirigido en definitiva a la santidad de su vida (cfr CIC, can. 1063, n. 2). No hay que olvidar nunca, con todo, que el objetivo inmediato de esta preparación es el de promover la libre celebración de un verdadero matrimonio, es decir, la constitución de un vínculo de justicia y de amor entre los cónyuges, con las características de la unidad y de la indisolubilidad, ordenado al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de la prole, y que entre los bautizados constituye uno de los sacramentos de la Nueva Alianza. Con ello no se dirige a la pareja un mensaje ideológico extrínseco, ni mucho menos se le impone un modelo cultural; al contrario, los novios son puesto en grado de descubrir la verdad de una inclinación natural y de una capacidad de comprometerse que ellos llevan inscritos en su ser relacional hombre-mujer. Es de allí de donde brota el derecho como componente esencial de la relación matrimonial, arraigado en una potencialidad natural de los cónyuges que la donación consensuada actualiza. Razón y fe contribuyen a iluminar esta verdad de vida, debiendo con todo quedar claro que, como enseñó también el Venerable Juan Pablo II, “La Iglesia no rechaza la celebración del matrimonio a quien está bien dispuesto, aunque esté imperfectamente preparado desde el punto de vista sobrenatural, con tal de que tenga la recta intención de casarse según la realidad natural del matrimonio” (Alocución a la Rota Romana, 30 de enero de 2003, n. 8: AAS 95 [2003], p. 397). En esta perspectivaebe ponerse un cuidado particular al acompañamiento del matrimonio tanto remoto, como próximo y como inmediato (cfr Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 22 de noviembre de 1981, n. 66: AAS 73 [1981], pp. 159-162)

Entre los medios para asegurar que el proyecto de los contrayentes sea realmente conyugal, destaca el examen prematrimonial. Tal examen tiene un objetivo principalmente jurídico: comprobar que nada se oponga a la celebración válida y lícita de las bodas. Jurídico no quiere decir, sin embargo, formalista, como si fuese un trámite burocrático consistente en rellenar un módulo sobre la base de preguntas rituales. Se trata en cambio de una ocasión pastoral única – que valorar con toda la seriedad y la atención que requiere – en la que, a través de un diálogo lleno de respeto y de cordialidad, el pastor intenta ayudar a la persona a ponerse seriamente ante la verdad sobre sí misma y sobre su propia vocación humana y cristiana al matrimonio. En este sentido, el diálogo, siempre llevado de forma separada con cada uno de los dos contrayentes – sin disminuir la conveniencia de otros coloquios con la pareja – requiere un clima de plena sinceridad, en el que se debería subrayar el hecho de que los propios contrayentes son los primeros interesados y los primeros obligados en conciencia a celebrar un matrimonio válido.

De esta forma, con los diversos medios a disposición para una cuidadosa preparación y verificación, se puede llevar a cabo una eficaz acción pastoral dirigida a la prevención de las nulidades matrimoniales. Es necesario trabajar para que se interrumpa, en la medida de lo posible, el círculo vicioso que a menudo se verifica entre una admisión por descontado al matrimonio, sin una preparación adecuada y un examen serio de los requisitos previstos para su celebración, y una declaración judicial también fácil, pero de signo inverso, en la que el mismo matrimonio es considerado nulo solamente en base a la constatación de su fracaso. Es verdad que no todos los motivos de una eventual declaración de nulidad pueden ser identificados o incluso manifestados en la preparación al matrimonio, pero, igualmente, no sería justo obstaculizar el acceso a las bodas sobre la base de presunciones infundadas, como la de considerar que, a día de hoy, las personas serían generalmente incapaces o tendrían una voluntad sólo aparentemente matrimonial. En esta perspectiva, parece importante que haya una toma de conciencia aún más incisiva sobre la responsabilidad en esta materia de aquellos que tienen cuidado de almas, El derecho canónico en general, y especialmente el matrimonial y procesal, requieren ciertamente una preparación particular, pero el conocimiento de los aspectos básicos y de los inmediatamente prácticos del derecho canónico, relativos a las propias funciones, constituye una exigencia formativa de relevancia primordial para todos los agentes pastorales, en particular para aquellos que actúan en la pastoral familiar.

Todo ello requiere, además, que la actuación de los tribunales eclesiásticos trasmita un mensaje unívoco sobre lo que es esencial en el matrimonio, en sintonía con el Magisterio y la ley canónica, hablando a una sola voz. Ante la necesidad de la unidad de la jurisprudencia, confiada al cuidado de este Tribunal, los demás tribunales eclesiásticos deben adecuarse a la jurisprudencia rotal (cfr Juan Pablo II, Alocución a la Rota Romana, 17 de enero de 1998, n. 4: AAS 90 [1998], p. 783). Recientemente insistí en la necesidad de juzgar rectamente las causas relativas a la incapacidad consensual (cfr Alocución a la Rota Romana, 29 de enero de 2009: AAS 101 [2009], pp. 124-128). La cuestión sigue siendo muy actual, y por desgracia aún permanecen posiciones incorrectas, como la de identificar la discreción de juicio requerida para el matrimonio (cfr CIC, can. 1095, n. 2) con la augurada prudencia en la decisión de casarse, confundiendo así una cuestión de capacidad con otra que no afecta a la validez, pues concierne al grado de sabiduría práctica con la que se ha tomado una decisión que es, con todo, verdaderamente matrimonial. Más grave aún sería el malentendido si se quisiera atribuir eficacia invalidante a las decisiones imprudentes realizadas durante la vida matrimonial.

En el ámbito de las nulidades por la exclusión de los bienes esenciales del matrimonio (cfr ibid., can. 1101, § 2) es necesario también un serio compromiso para que los pronunciamientos judiciales reflejen la verdad sobre el matrimonio, la misma que debe iluminar el momento de la admisión a las bodas. Pienso, de modo particular, en la cuestión de la exclusión del bonum coniugum. En relación a tal exclusión parece repetirse el mismo peligro que amenaza la recta aplicación de las normas sobre la incapacidad, es decir, el de buscar motivos de nulidad en comportamientos que no tienen que ver con la constitución del vínculo conyugal sino con su realización en la vida. Es necesario resistir a la tentación de transformar las simples faltas de los esposos en su existencia conyugal en defectos de consenso. La verdadera exclusión puede comprobarse de hecho sólo cuando es afectada la ordenación al bien de los cónyuges (cfr ibid., can. 1055, § 1), excluida con un acto positivo de voluntad. Por otro lado son del todo excepcionales los casos en los que falta el reconocimiento del otro como cónyuge, o bien se excluye la ordenación esencial de la comunidad conyugal al bien del otro. La precisión de estas hipótesis de exclusión del bonum coniugum deberá ser atentamente examinada por la jurisprudencia de la Rota Romana.

Al concluir estas reflexiones mías, vuelvo a considerar la relación entre derecho y pastoral. Este es a menudo objeto de malentendidos, a costa del derecho, pero también de la pastoral. Es necesario en cambio favorecer en todos los sectores, y de modo particular en el campo del matrimonio y de la familia, una dinámica de signo opuesto, de armonía profunda entre pastoralidad y juridicidad, que ciertamente se revelará fecunda en el servicio dado a quien se acerca al matrimonio.

Queridos componentes del Tribunal de la Rota Romana, os confío a todos vosotros a la poderosa intercesión de la Beata Virgen María, para que nunca os falte la asistencia divina al llevar a cabo con fidelidad, espíritu de servicio y fruto vuestro trabajo cotidiano, y de buen grado os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Mensaje del cardenal Levada al nuevo Ordinariato

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

La ordenación al sacerdocio de nuestros tres amigos, Andrew Burnham, John Broadhurst y Keith Newton, es una ocasión de gran alegría para ellos pero también para la Iglesia entera.

Había deseado mucho estar hoy presente, con vosotros, en la catedral de Westminster, para poder demostrar mi apoyo personal en este paso tan importante que ellos han hecho. Desgraciadamente, tenía el compromiso, tomado mucho tiempo atrás con la Congregación para la Doctrina de la Fe, de reunirme con los obispos y teólogos de la India en Bangalore y ésto ha provocado que no sea capaz de estar presente hoy en Londres. Estoy muy feliz, de todas maneras, de tener la oportunidad de mandar este mensaje, así como quiero agradecer al arzobispo monseñor Nichols que haya querido representarme y transmitir mis buenos deseos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado hoy un decreto erigiendo el primer Ordinariato para grupos de fieles anglicanos y sus pastores que deseen entrar en la total comunión con la Iglesia Católica. Este nuevo Ordinariato, establecido en el territorio de Inglaterra y Gales, se conocerá como el Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham y se colocará bajo el patrocinio del Beato John Henry Newman. Este nombramiento, que marcará un momento histórico y único en la vida de la comunidad católica en este país, es el primer fruto de la Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus, emitida por el Papa Benedicto XVI el 4 de noviembre de 2009.

Esta es mi ferviente esperanza que, al permitir lo que el Papa llama “Un intercambio mutuo de regalos de nuestros respectivos patrimonios espirituales”, el Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham traiga grandes bendiciones no sólo a los que están directamente involucrados sino a la Iglesia entera.

También hoy, el Santo padre ha nombrado al reverendo Keith Newton el primer ordinario de este Ordinariato personal. Junto al reverendo Burnham y al reverendo Broadhurst, Keith Newton supervisará la preparación catequética de los primeros grupos de anglicanos de Inglaterra y de Gales,que junto a sus pastores serán recibidos en la Iglesia Católica en Pascua, y también acompañará a los clérigos en su preparación para ser ordenados sacerdotes católicos, ceremonia que se celebrará en torno a Pentecostés. Insto a todos a asistir al nuevo ordinario en la misión que se le ha confiado, no sólo con la oración sino también con todos los medios prácticos.

En conclusión, quiero ofrecer mis personales y sentidos deseos a estos tres sacerdotes católicos. Rezo para que Dios les bendiga abundantemente, y también al resto de clérigos y fieles que se están preparando para unírseles en la total comunión con la Iglesia Católica. En medio de la incertidumbre que todo periodo de transición inevitablemente trae, os aseguro nuestra admiración por vosotros y nuestra solidaridad en la oración.

En la Audiencia que el Papa Benedicto XVI me concedió el pasado 14 de enero de 2011, su Santidad me pidió que os transmita que imparte con gran alegría su Bendición Apostólica a los ordinandi Andrew Burnham, John Broadhurst y Keith Newton, junto a sus mujeres y miembros de sus familias y al resto de participantes de este solemne rito.

Os encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Walsingham y a la intercesión de todos los grandes santos y mártires de Inglaterra y Gales, sinceramente vuestro en Cristo

cardenal William Levada

Prefecto para la Congregación de la Fe

[Traducción del original inglés por Carmen Álvarez]

Audiencia del Papa a los miembros del Camino Neocatecumenal

¡Queridos amigos!

Estoy contento de acogeros y de daros mi cordial bienvenida. Saludo en particular a Kiko Argüello y Carmen Hernández, iniciadores del Camino Neocatecumenal, y a don Mario Pezzi, agradeciéndoles las palabras de saludo y presentación que me han dirigido. Con mucho afecto os saludo a todos los aquí presentes: sacerdotes, seminaristas, familias y miembros del Camino. Doy gracias al Señor porque me ofrece la oportunidad de realizar este encuentro, en el cual vosotros renováis vuestro vínculo con el Sucesor de Pedro, acogiendo nuevamente el mandato que Cristo Resucitado dio a sus discípulos: “Id por todo el mundo, anunciando la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

Desde hace más de cuarenta años, el Camino Neocatecumenal contribuye a reavivar y consolidar en las diócesis y parroquias la Iniciación cristiana, favoreciendo un gradual y radical redescubrimiento de la riqueza del Bautismo, ayudando a saborear la vida divina, la vida celeste que el Señor ha inaugurado con su encarnación, viniendo a nosotros, naciendo como uno de nosotros.

Este don de Dios para su Iglesia, se pone “al servicio del obispo como una modalidad de actuación diocesana de la iniciación cristiana y de la educación permanente en la fe” (Estatuto, art 1 y 2). Tal servicio, como recordaba mi predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, en su primer encuentro con vosotros el año 1974 “podrá renovar en las comunidades cristianas de hoy, aquellos efectos de madurez y profundidad, que en la Iglesia primitiva se realizaban durante el periodo de preparación al bautismo” (Insegnamenti di Paolo VI, XII [1974], 406).

En los últimos años se ha realizado con éxito el proceso de redacción de los Estatutos del Camino Neocatecumenal que, después de un periodo razonable de validación “ad experimentum” tuvo su aprobación definitiva en junio de 2008. Otro paso significativo se ha cumplido durante estos días, con la aprobación, obra de los competentes Dicasterios de la Santa Sede, del “Directorio Catequético del Camino Neocatecumenal”.

Con estos sellos eclesiales, el Señor confirma hoy y os fía nuevamente este instrumento precioso que es el Camino, de modo que podáis, en filial obediencia a la Santa Sede y a los Pastores de la Iglesia, contribuir con un nuevo celo y ardor, al redescubrimiento radical y gozoso del Bautismo y ofrecer vuestra propia contribución a la causa de la Nueva Evangelización. La Iglesia ha reconocido en el Camino Neocatecumenal un don particular suscitado por el Espíritu Santo: como tal, tiende naturalmente a la inserción en la gran armonía del Cuerpo eclesial.

De esta manera, os exhortó a buscar siempre una profunda comunión con los Pastores y con todos los componentes de la Iglesia particular y de los contextos eclesiales, tan diversos, entre los cuales estáis llamados a actuar. La comunión fraterna entre los discípulos de Jesús es, de hecho, el primer y más grande testimonio del nombre de Jesús.

Estoy particularmente contento de poder enviaros hoy, a diversas partes del mundo, a más de 200 nuevas familias, que se han ofrecido voluntarias con gran generosidad y parten a la misión uniéndose a las casi 600 que ya actúan en los cinco continentes. Queridas familias, la fe que habéis recibido en don, sea esta luz encima del candelero, capaz de indicar a los hombres el camino hacia el Cielo.

Con el mismo sentimiento, enviaré 13 nuevas "missiones ad gentes", que serán llamadas a realizar una nueva presencia eclesial en ambientes muy secularizados de varios países, o en lugares en los cuales el mensaje de Cristo no ha llegado todavía. Podéis sentir a vuestro lado la presencia viva del Señor Resucitado y la compañía de tantos hermanos, ¡así como la oración del Papa!

Saludo con afecto a los presbíteros, provenientes de los Seminarios diocesanos “Redemptoris Mater” de Europa, y a otros dos mil seminaristas aquí presentes. Queridos, sois un signo especial y elocuente de los frutos de bien que pueden nacer del redescubrimiento de la Gracia del propio Bautismo. A vosotros os miramos con particular esperanza , sed sacerdotes enamorados de Cristo y de su Iglesia, capaces de transmitir al mundo la alegría de haber encontrado al Señor y de poder estar a su servicio.

Saludo con afecto también a los catequistas itinerantes y a aquellos de las Comunidades neocatecumenales de Roma y del Lazio, y con especial y afecto, las "communitates in missionem". Habéis abandonado, por decir así, la seguridad de vuestras comunidades de origen para ir a lugares más lejanos e incómodos, aceptando el ser enviados para ayudar a parroquias en dificultad y para buscar a la oveja perdida y devolverla al redil de Cristo. En el sufrimiento o aridez que podéis experimentar, sentíos unidos al sufrimiento de Cristo en la cruz, y a su deseo de reunir a los hermanos que están lejos de la fe y de la verdad, para devolverlos a la casa del Padre.

Como he escrito en la Exhortación Apostólica Verbum Domini, “la misión de la Iglesia no puede ser considerada como realidad facultativa o adicional a la vida eclesial. Se trata de dejar que el Espíritu Santo nos haga iguales al mismo Cristo […], de manera que se comunique la Palabra con toda la vida” (nº 93). Todo el Pueblo de Dios es un pueblo “enviado” y el anuncio del Evangelio es un empeño de todos los cristianos, como consecuencia del Bautismo (cfr ibid., 94). Os invito a deteneros en la Exhortación Verbum Domini, reflexionando en particular, donde, en la tercera parte del documento, se habla de “La misión de la Iglesia: anunciar la Palabra de Dios al mundo” (nº 90-98).

Queridos amigos, sintámonos partícipes del ansia de salvación del Señor Jesús, de la misión que Él encomienda a toda la Iglesia. La Beata Virgen María, que ha inspirado vuestro Camino y que os ha dado la familia de Nazareth, como modelo de vuestras comunidades, os conceda vivir vuestra fe en humildad, sencillez y alabanza, interceda por todos vosotros y os acompañe en vuestra misión. Os sostenga también mi Bendición, que de corazón os doy a vosotros y a todos los miembros del Camino Neocatecumenal diseminado por el mundo.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]

Comunicado sobre la creación del primer ordinariato de antiguos anglicanos

En conformidad con las disposiciones de la constitución apostólica Anglicanorum coetibus del papa Benedicto XVI, del 4 de noviembre de 2009, y después de una atenta consulta con la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha erigido, en esta fecha, un ordinariato personal en el territorio de Inglaterra y Gales para los grupos de pastores y fieles anglicanos que han expresado su deseo de entrar en plena comunión con la Iglesia católica. El decreto, que instituye el ordinariato, especifica recibirá el nombre de Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham y que tendrá como patrono al beato John Henry Newman.

Un ordinariato personal es una estructura canónica que reagrupa  en forma corporativa a quienes eran anglicanos para permitirles entrar en plena comunión con la Iglesia católica, conservando elementos de su característico patrimonio anglicano. Con esta estructura, la constitución apostólica Anglicanorum coetibus busca armonizar, por un lado, el deseo de salvaguardar dentro de la Iglesia católica las venerables tradiciones litúrgicas, espirituales y pastorales anglicanas, y por otro, el hecho de que estos nuevos grupos y respectivos pastores estén plenamente integrados en la Iglesia católica.

Por razones doctrinales, la Iglesia no admite en ningún caso la ordenación episcopal de hombres casados. Al mismo tiempo, la constitución apostólica prevé, bajo ciertas condiciones, la ordenación como sacerdotes católicos de ministros casados que antes eran anglicanos. Hoy, en la catedral de Westminster en Londres, monseñor Vincent Nichols, arzobispo de Westminster, ha ordenado sacerdotes católicos a tres antiguos obispos anglicanos: el reverendo Andrew Burnham, el reverendo Keith Newton y el reverendo John Broadhurst.

Ademas, en este día, el papa Benedicto XVI ha nombrado al reverendo Keith Newton como primer ordinario del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. El reverendo Newton, junto al reverendo Burnham y al reverendo Broadhurst, se encargará de la preparación catequética de los primeros grupos de anglicanos en Inglaterra y Gales, que en Pascua serán recibidos en la Iglesia católica junto a sus pastores, así como del acompañamiento de los ministros que se están preparando para ser ordenados en el sacerdocio católico, alrededor de Pentecostés.

La normativa de esta nueva estructura es coherente con el compromiso a favor del diálogo ecuménico, que sigue siendo una prioridad para la Iglesia católica. La iniciativa que ha llevado a la publicación de la constitución apostólica y a la erección del ordinariato personal ha procedido de diferentes grupos de anglicanos  que han declarado que comparten la fe común católica, tal y como está expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica y que reconocen el ministerio petrino como querido por el mismo Cristo para la Iglesia. Para ellos ha llegado el momento de expresar esta unidad implícita en la forma visible de la plena comunión.

[Traducción de Jesús Colina] 

Derecho a la libertad religiosa

VER

En 1992, se hizo una primera reforma de la legislación religiosa en nuestro país, superando la injusta que permanecía vigente desde 1917 y que ponía a la Iglesia bajo absoluto control del Estado. Quienes lucharon por el cambio constitucional exigieron el reconocimiento del derecho a la libertad religiosa no sólo para los católicos, sino para todas las confesiones, lo que algunas han agradecido. Se logró un avance importante, pero limitado. Hoy estamos exigiendo plena libertad religiosa como un derecho humano básico, no como una concesión política oportunista, y esto para todas las tendencias, incluso para los no creyentes. Aunque no faltan protestantes que nos critican por esta lucha, también ellos saldrán beneficiados. Exigimos, por ejemplo, más libertad de expresión en los medios electrónicos, cosa que ellos en cierto sentido usurpan, pues sólo en Chiapas tienen más de cincuenta radiodifusoras ilegales, con peligro de que la autoridad judicial las decomise y encarcele a los operadores. Todo cambiaría para ellos y nosotros, si las leyes fueran más respetuosas del derecho que exigimos.

El Papa Benedicto XVI, en su tradicional encuentro de año nuevo con los embajadores acreditados ante la Santa Sede, dijo que, aunque algunas Constituciones reconocen "cierta libertad religiosa, la vida de las comunidades religiosas se hace, de hecho, difícil y a veces incluso insegura, ya que el ordenamiento jurídico o social se inspira en sistemas filosóficos y políticos que postulan un estricto control, por no decir un monopolio, del Estado sobre la sociedad".

Denunció "otros tipos de amenazas contra el pleno ejercicio de la libertad religiosa. Pienso, en primer lugar, en los países que conceden una gran importancia al pluralismo y la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social. Se llega así a exigir que los cristianos ejerzan su profesión sin referencia a sus convicciones religiosas o morales, e incluso en contradicción con ellas, como, por ejemplo, allí donde están en vigor leyes que limitan el derecho a la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios o de algunos profesionales del derecho".

Agregó: "Otra manifestación de marginación de la religión y, en particular, del cristianismo, consiste en desterrar de la vida pública fiestas y símbolos religiosos, por respeto a los que pertenecen a otras religiones o no creen. De esta manera, no sólo se limita el derecho de los creyentes a la expresión pública de su fe, sino que se cortan las raíces culturales que alimentan la identidad profunda y la cohesión social de muchas naciones". Deploró el "monopolio estatal en materia escolástica", y los "cursos de educación sexual o cívica que transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón".

JUZGAR

¿Qué pedimos el Papa y nosotros? Ante todo, tomar en cuenta que "el derecho a la libertad religiosa no se aplica plenamente allí donde sólo se garantiza la libertad de culto, y además con limitaciones". Además, algo que debería alegrar a quienes, en algunas partes, se quejan de discriminación por parte de la mayoría católica, dice el Papa con toda claridad: "El peso particular de una determinada religión en una nación jamás debería implicar la discriminación en la vida social de los ciudadanos que pertenecen a otra confesión o, peor aún, que se consienta la violencia contra ellos".

Y afirma: "La veneración a Dios promueve la fraternidad y el amor, no el odio o la división. La búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la dignidad del hombre. Quisiera reafirmar con fuerza que la religión no constituye un problema para la sociedad, no es un factor de perturbación o de conflicto. Quisiera repetir que la Iglesia no busca privilegios, ni quiere intervenir en cuestiones extrañas a su misión, sino simplemente cumplirla con libertad".

ACTUAR

Analicemos desapasionadamente lo que implica el derecho a la plena libertad religiosa. Eso es justicia, eso es libertad, eso es democracia.

Decreto de beatificación de Juan Pablo II

Beatificación: Señal de hondura de fe e invitación a una vida cristiana plena

La proclamación por la Iglesia de un santo o un beato es fruto de la unión de varios aspectos relativos a una persona concreta. Primero, es un acto que dice algo importante en la vida de la misma Iglesia. Está ligado a un “culto”, por ejemplo, a la memoria de la persona, a su pleno reconocimiento en la conciencia de la comunidad eclesial, del país, o de la Iglesia universal en distintos países, continentes y culturas. Otro aspecto es la conciencia de que la “elevación a los altares” será un importante signo de la hondura de la fe, de la difusión de la fe en el itinerario vital de esta persona, y que este signo se convertirá en una invitación, un estímulo para todos nosotros hacia una vida cristiana incluso más profunda y plena. Finalmente, la condición sine qua non es la santidad de la vida de la persona, verificada en los precisos y formales procedimientos canónicos. Todo ello proporciona el material para la decisión del sucesor de Pedro, del Papa, con vistas a la proclamación de un beato o un santo, del culto en el contexto de la comunidad eclesial y de su liturgia.

El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su estilo de vida, al desarrollo de misión apostólica, al modo como soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina hasta el final como querida por la divida Providencia, y finalmente, la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación “¡Santo, ya!”, que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un “hombre de Dios”, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo “en Dios”, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión personal con Dios, de la escucha permanente a los que Dios quiere decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del papa Juan Pablo II. Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes y de la reunión a celebrar.

1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II

Tras el Vaticano II, durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, el modo de presentación, y entonces de autopresentación del papado, ha sido completamente expresiva. Con motivo del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano publicó en 2004 un libro titulado “Id por todo el mundo”. Giancarlo Zizola, vaticanista reconocido, subrayó que “el papado ha conquistado su ciudadanía en el reino de la visibilidad pública, saliendo del lugar de marginación del culto a donde había sido relegado por decreto de la sociedad secular, en nombre de una visión militante del principio liberal de separación de Iglesia y Estado (p. 17). Un historiador alemán, el jesuita Klaus Schatz, hablando de Pablo VI y de Juan Pablo II, subrayó el significado de “papado itinerante” –por tanto en conformidad con el Vaticano II- más en modo de un movimiento misionero que como un polo estático de unidad. Schatz se refiere a la manera de interpretar la misión papal como una llamada a “confirmar en la fe a los hermanos” (Lucas 22, 32), en un modo ligado a la autoridad estructural pero con un fuerte toque espiritual y carismático, en relación con la credibilidad personal y arraigada en el mismo Dios.

Detengámonos un momento a considerar el Vaticano II. El joven arzobispo de Cracovia fue uno de los padres conciliares más activos. Hizo una aportación significativa al “Esquema XIII”, que luego devendría en la constitución pastoral del Concilio Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo, y la constitución dogmática Lumen Gentium. Gracias a sus estudios en el extranjero, el obispo Wojtyla tenía una experiencia concreta de evangelización y de la misión de la Iglesia, en Europa occidental o en otros continentes, pero sobre todo del ateísmo totalitario en Polonia y en otros países del bloque soviético. Llevó toda esta experiencia a los debates conciliares, ciertamente no como conversaciones de salón, muy corteses pero vacías de contenido. Aquí había un esfuerzo sustancial y decisivo por insertar el dinamismo del Evangelio en el entusiasmo conciliar arraigado en la convicción de que el cristianismo es capaz de dar un “alma” al desarrollo de la modernidad y a la realidad del mundo social y cultural.

Todo esto sería utilizado en preparar las futuras responsabilidades del sucesor de Pedro. Como Juan Pablo II dijo, el ya tenía en mente su primera encíclica, Redemptor Hominis, y la trajo a Roma desde Cracovia. Todo lo que tenía que hacer en Roma era redactar todas estas ideas. En su encíclica, hay una amplia invitación a la humanidad a redescubrir la realidad de la redención en Cristo: El hombre (...) permanece como un ser incomprensible para sí mismo, su vida no tiene sentido, si no se le revela el amor, si no encuentra el amor, si no lo experimenta y lo hace suyo, si no participa íntimamente en él. Esto, como ya se ha dicho, se debe a que Cristo el Redentor “revela plenamente al hombre su mismo ser”. (...) el hombre reencuentra la grandeza, dignidad y valor de su propia humanidad. En el misterio de la Redención, el hombre es nuevamente “expresado” y, en cierta manera, es nuevamente creado. (...) El hombre que desea comprenderse a sí mismo a fondo --y no sólo de acuerdo a los inmediatos, parciales, a menudo superficiales, e incluso ilusorios estándares y medidas de su ser- debe con su inquietud, incertidumbre e incluso debilidad y pecaminosidad, con su vida y muerte, acercarse a Cristo. Debe, en cierto modo, entrar en él con todo su propio ser, debe “apropiarse” y asimilar la totalidad de la realidad de la Encarnación y la Redención para encontrarse a sí mismo (n° 10).

Esta unión de Cristo con el hombre es en sí misma un misterio. Del misterio ha nacido “el hombre nuevo”, llamado a ser copartícipe de la vida de Dios, y nuevamente creado en Cristo por la plenitud de la gracia y la verdad. (...) El hombre es transformado interiormente por este poder como fuente de una nueva vida que no desaparece y no pasa sino que dura hasta la vida eterna. (...) Esta vida, que el Padre prometió y ofreció a cada hombre en Jesucristo (...) es en cierto modo la plenitud del “destino” que Dios ha preparado para él desde la eternidad. Este “destino divino” progresa, a pesar de todos los enigmas, los enigmas sin resolver, giros, vueltas del “destino humano” en el mundo temporal. En efecto, mientras tanto, mientras todo esto, a pesar de todas las riquezas de la vida temporal, necesaria e inevitablemente lleva a la frontera de la muerte y al fin de la destrucción del cuerpo humano, más allá de este fin vemos a Cristo. “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí... nunca morirá” (n° 18).

2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios

La vida de Juan Pablo II se dedicó totalmente al servicio del Señor, por intercesión de su Madre. Su lema era Totus Tuus, ya fuera para el bien de la Iglesia o para el del hombre que es el camino para la Iglesia (Redemptor Hominis, n° 14). Esta es la “razón de ser” de los viajes apostólicos internacionales, los encuentros diarios con la gente, con los responsables de comunidades eclesiales, con cardenales y obispos, con los cabezas de otras Iglesias y comunidades cristianas, los líderes de otras religiones y con los laicos. Esto es también verdad en los documentos escritos por el papa, las relaciones diplomáticas de la Sante Sede con los estados y organizaciones internacionales. La profunda convicción del valor del Vaticano II –no sólo sobre la necesidad sino también sobre la posibilidad, para la Iglesia, de ofrecer el Evangelio de Cristo y construir sobre él la experiencia de la Iglesia como una inspiración vibrante y energética de la visión y mecanismos del mundo moderno- fue siempre convicción del papa.

En 1989, cayó el Muro de Berlín pero, a nivel internacional, se podía sentir la fuerza destructiva de los mecanismos comerciales y de los intereses privados económicos e ideológicos, incluso muchos de ellos anónimos, que traían injusticia y marginación a todos los pueblos –incluso a ciertos grupos sociales en los países desarrollados--, y en especial se podía percibir que la vida humana había sido devaluada. En muchos viajes apostólicos internacionales a los varios continentes, el Papa proclamó el Evangelio de Cristo y la preocupación de la Iglesia. Escribió de modo más sistemático las encíclicas Laborem Exercens,Sollicitudo Rei Socialis, Centesimus Annus; y también Evangelium Vitae, Veritatis Splendor, Fides et Ratio; y las encíclicas que tenían que ver directamente con la vida y el apostolado de la Iglesia, como Dominum et Vivificantem, Redemptoris Missio, Ut Unum Sint, Ecclesia de Eucharistia.

3 – La guerra de Iraq y la “paz ofensiva”

A menudo, como en el caso de los esfuerzos realizados para evitar la guerra entre los Estados unidos e Iraq, existe una auténtica “paz ofensiva”, no sólo para salvar la vida de las personas, también para frenar el crecimiento del odio y las dementes ideas sobre el enfrentamientos entre las civilizaciones, o sobre el nuevo fenómeno de terrorismo a gran escala. De ahí el discurso de Año Nuevo ante los cuerpos diplomáticos acreditados en la Santa Sede, también el inolvidable febrero de 2002 en el que el Papa mantuvo encuentros con diplomáticos de “primera categoría”, J.Fischer (el 7 de febrero); Tarek Aziz (el 14 de febrero), Kofi Anan (18 de febrero), Tony Blair (22 de febrero, Jose Mª Aznar y el enviado de Seyyed Mohammed Khatami, presidente de la República Islámica de Irán (27 de febrero); y finalmente, debido a la insostenible situación humana, la deciisión de mandar al cardenal Echegaray en misión especial a Bagdad (15 de febrero) y al cardenal Pío Laghi a Washington (del 3 al 9 de marzo). El “febrero del Papa” concluyó con el encuentro del cardenal J.L. Tauran con los 74 embajadores y diplomáticos del mundo entero; el secretario por las Relaciones con los Estados, el “ministro de Asuntos Exteriores” del Papa, el cardenal Tauran hizo un llamamiento para evitar la guerra, y les recordó todo lo que el Papa había dicho en su “paz ofensiva”.

4 – Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret

La entonces actual tarea de Juan Pablo II se centró en la pastoral y vida de la Iglesia: las visitas ad Limina de los obispos de todo el mundo, las audiencias de los miércoles y los encuentros de los domingos con los fieles, para el Ángelus, las visitas pastorales a las parroquias de Roma. Todo fue hecho y recordado para promover la proclamación de Cristo, para acercar a nuestros conocimientos Su Persona, y “las palabras que Cristo había dicho cuando estaba a punto de dejar a los Apóstoles nos habla del misterio de la vida del hombre, de uno y de todos, el misterio de la historia de la humanidad. Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una inmersión en el Dios viviente, 'en uno que es, que fue y que será'. El Bautismo es el principio del encuentro , de la unión, de la comunión, y de esta vida terrenal no es más que un prólogo y una introducción; cumplimiento y plenitud pertenecen a la eternidad. La imagen de este mundo se desvanece. Debemos encontrarnos a nosotros mismos, en el 'mundo de Dios', con el fin de llegar a la meta, ir hacia la plenitud de la vida y de la vocación del hombre” (Cracovia, 10 de junio de 1979).

“Esta es precisamente una de las cosas que Juan Pablo II quiso más: explicar claramente que nosotros miramos a Cristo que viene; por supuesto El que vino, pero aún más el que vendrá, y ésto, desde este punto de vista, mantiene nuestra fe, orientándonos hacia el futuro. En este camino, somos realmente capaces de presentar un mensaje de fe, en una nueva manera, desde la perspectiva de Cristo que viene. (Benedicto XVI, Luz del Mundo).

El Gran Jubileo de la Redención, en el año 2000, no fue para Juan Pablo II, un “pretexto” para la acción pastoral, sino que ante todo fue una realidad histórica que recuerda la venida de Jesús de Nazaret y todo lo que este acontecimiento histórico ha traído consigo, a saber, la Redención, el Testimonio del Amor de Dios en la Cruz y en la Resurrección, la vida de la Iglesia primitiva, el camino de salvación realizado por el Salvador por el que ha introducido a su Iglesia como un signo e instrumento de unidad interna con Dios, así como de la familia humana. El año Jubileo del Año 2000 nos trae de la Tierra Santa, tierra de Jesús, y de Roma, sitio del apostolados del Sucesor de Pedro, el vínculo de autenticidad del mensaje y de la unidad de la comunidad eclesial. El mensaje ha sido reformulado en las Cartas Tertio Millenio Adveniente y Novo Millennio Ineunte. Pero para el Papa lo que más importaba era el agradecimiento personal y de la Iglesia entera a nuestro Señor Jesús y el encuentro en la fe con el que Él nos ha amado hasta el final, que nos ha salvado y sigue siendo un signo tan necesario en un mundo que se está volviendo cada vez más sordo, mientras trata de organizar su vida como si Dios no existiese, errando sin identidad y sin sentido.

5 – Atención a la Juventud y el significado de las JMJ

Juan Pablo II acostumbraba a analizar los resultados de sus Viajes Apostólicos al extranjero con sus colaboradores, para identificar lo que se había hecho bien, y prever cambios para los viajes sucesivos. Tras el viaje a Polonia en 1991, el papa se dio cuenta que, durante la Misa en Varsovia, en las zonas más alejadas, los jóvenes iban y venían, bebían cerveza o coca-cola, y volvían. “No era como en los viajes anteriores, dijo, ha habido un cambio en la mentalidad de la sociedad. No vale la pena fijarnos en los 'primeros puestos'. Los VIP están siempre sentados de la misma manera, pero los 'márgenes' son importantes y merecen nuestra atención”. Es importante fijarnos en que el Papa no usaba la palabra “multitud”: él siempre veía y prestaba atención a "la gente". Era muy atento al papel de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. Es muy significativo que, cuando todavía era capellán de la Universidad de Cracovia, aprovechara un breve periodo de "deshielo político" en 1957 para organizar – en colaboración con el arzobispo de Wroclaw, Boleslaw Kominek - un simposio en la ciudad para más de 100 estudiantes universitarios de toda Polonia (¡por primera vez desde hacía décadas!) precisamente sobre el tema "El papel de los laicos en la Iglesia" (¡y esto fue años antes del Concilio Vaticano II!). Más tarde, durante las vacaciones de verano, organizaba ejercicios espirituales en la sede de las Hermanas Ursulinas de la Unión Romana de Bado Slaskie para un grupo un poco más pequeño de participantes del simposio de Wroclaw, precisamente para promover la "formación de los laicos".

Con la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa dio su apoyo a diversas formas de actividad de los laicos en la vida y misión de la Iglesia, allanando así el camino a iniciativas muy significativas, algunos años más tarde, durante el pontificado de Benedicto XVI: la celebración, en septiembre de 2010 en Corea, de un importante Congreso de laicos católicos de Asia, las reuniones de los obispos africanos que cada vez alientan más a los laicos a ocupar cargos de responsabilidad en los sectores de la evangelización, la actividad social y en ámbito educativo de la Iglesia, la significativa presencia de laicos católicos en la Misión Continental de América Latina.

Al revisar su pontificado, Benedicto XVI hace una observación de los cambios generacionales a escala mundial, y llega a la misma conclusión que su predecesor, a saber, que "los tiempos han cambiado". Mientras tanto, una nueva generación ha llegado, con nuevos problemas. La generación de finales de los sesenta, con sus propias peculiaridades, vino y se fue. Incluso la siguiente generación, más pragmática, ha envejecido. Hoy en día, hay que preguntarse: "¿Cómo podemos hacer frente a un mundo que se pone en peligro, y en el que el progreso se convierte en un peligro? ¿No deberíamos empezar todo de nuevo desde Dios?"(Luz del Mundo). Así que Benedicto XVI hace un llamamiento "a que pueda surgir una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente, que se comprometan en la política sin ningún complejo de inferioridad" (una idea muchas veces repetida por el Papa, por ejemplo, en el Mensaje para la 46 ª Semana Social de los católicos italianos, 12 de octubre de 2010). Él sigue pidiendo una nueva generación de buenos intelectuales y científicos, atentos al hecho de que "un punto de vista científico que ignora la dimensión ética y religiosa de la vida se vuelve peligrosamente estrecho, justo como sucedería a una religión, si se negara a una legítima contribución de la ciencia a nuestra comprensión del mundo" (Londres, St. Mary's College, 17 de septiembre de 2010); el Papa pide una"nueva generación de laicos cristianos comprometidos, capaces de buscar, con rigor y competencia moral, soluciones de desarrollo sostenible" (7 de septiembre de 2008).

6 – La sencillez de la oración de Juan Pablo II

Cuando recordamos lo que Juan Pablo II llevó a cabo, los "grandes eventos" se mezclan con el recuerdo de momentos sencillos de oración, que fueron una fuente de asombro incluso para sus colaboradores. Voy a mencionar sólo dos, procedentes de dos diferentes períodos de su vida. En los años setenta, yo era capellán de los estudiantes de la Universidad Católica de Lublín. Al inicio del año académico, el entonces cardenal de Cracovia vino para participar en la Eucaristía en la iglesia de la universidad, en la inauguración oficial del gran salón, y en el almuerzo. Después de eso, el cardenal estaba listo para regresar a Cracovia. El rector de la Universidad, el padre Krapiec, lo acompañó hasta el coche, pero se detuvo a charlar con otro invitado, tanto que hicieron para llegar al coche. Pero he aquí que ¡el cardenal había "desaparecido"! Los diez segundos que esperaron les pareceron diez siglos. El rector, acostumbrado a tener todo bajo control, no sabía dónde podía haber ido el cardenal. Me preguntó: "¿Dónde está Wojtyla? ¡El cardenal ha desaparecido! ¿Dónde está?" Con una leve sonrisa burlona, me tomé un tiempo antes de responderle, sólo para tomarle el pelo un poco. Entonces le dije: "Probablemente ha ido a la iglesia". Allí fuimos, y efectivamente, encontramos al cardenal, arrodillado en oración delante del Vía Crucis.

El otro recuerdo fue en 1999, durante su séptimo viaje apostólico a Polonia. Duró 13 días, con 22 paradas en el programa, desde el Norte hacia el Sur del país. Un programa mucho más allá de las capacidades físicas del papa. Uno de esos días, tenía que celebrarse – según el programa – la bendición del Santuario de Lichen, la Eucaristía en Bydgoszcz, a continuación una reunión con la gente de la universidad, la liturgia del Sagrado Corazón, en relación con la beatificación del p. Frelichowski en otra ciudad, en Torun, y después volver a Lichen para la noche. ¡Un día de lo más ocupado! Así que, después de la cena, la comitiva papal se fue a la cama inmediatamente. Pero el Papa se encerró solo en la capilla por un largo, muy largo momento de oración. Quedabamos sólo tres de nosotros: monseñor Chrapek, encargado de la planificación de la visita para el episcopado, yo mismo, como "asistente", y el famoso Camillo Cibin, jefe de la seguridad del Vaticano. Por fin, el Papa salió de la capilla para ir a su dormitorio. Cibin me dijo: "Padre Andrea, tráigame una silla. Pero una que sea dura, de madera, no un sofá, dos tazas de café, café fuerte, y una manzana”. Todo ello para ayudarle a esperar toda la noche en la puerta de la habitación del Papa, que no se había cerrado del todo, para determinar si el Papa – no sólo cansado, sino también de edad avanzada – respiraba con normalidad o si tenía alguna necesidad de ayuda. La santidad personal del Papa era algo que estaba más allá y por encima de la estima de que gozaba entre sus colaboradores más cercanos, y esto era muy significativo.

7 – El testamento de Juan Pablo II

Juan Pablo II era consciente del hecho de que estamos viviendo momentos muy difíciles de la historia, que el Sucesor de Pedro tenía el deber de confirmar en la fe, pero era igualmente consciente de que el aspecto más importante fue el de confiar en Dios. El testamento que él escribió en 1979, y que modificaba todos los años,durante los ejercicios espirituales, nos da un poderoso testimonio de ello. Del 24 febrero al 1 de marzo, escribió:

“24.II – 1.III.1980. Durante estos ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del Sacerdocio de Cristo ante el paso que supone, para cada uno de nosotros, la hora de nuestra muerte. Para nosotros, partir de este mundo - para renacer en el siguiente, el mundo futuro, signo elocuente (añadía la palabradecisivo sobre ella), es la Resurrección de Cristo (...) Los tiempos que vivimos se han convertido en indeciblemente difíciles y preocupantes. La vida de la Iglesia también ha vuelto difícil y tenso, una prueba característica de estos tiempos – para los fieles y los pastores. En algunos países (como uno sobre el que leí durante los ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un momento de la persecución igual al de los primeros siglos, tal vez más, teniendo en cuenta el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen christianorum. Por otra parte, tantas personas inocentes han desaparecido, incluso en este país en el que vivimos …

Una vez más deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus, mediante la Inmaculada. Aceptando ya esta muerte, espero que Cristo me dé la gracia de este último pasaje, es decir, (mi) Pascua. Yo también espero que la haga útil para esta causa más importante a la que trato de servir: la salvación de los seres humanos, la protección de la familia humana, en todas las naciones y entre todos los pueblos (entre ellos me refiero, en particular, a mi propio país natal), útil para aquellos que, de una manera especial, se me han confiado, en la Iglesia, para gloria del propio Dios".

El 5 de marzo de 1982, añadió: "El atentado contra mi vida, el 13.V.1981, ha confirmado, en cierto modo, la exactitud de las palabras escritas durante los ejercicios espirituales de 1980 (24.II – 1.III). Siento aún más profundamente que estoy totalmente en las Manos de Dios – y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, encomendándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus)".

Posteriormente, el 17 de marzo del Año Jubilar 2000, número 3: "Como cada año, durante los ejercicios espirituales, leo mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo que se ha añadido, en ese momento y durante los siguientes ejercicios espirituales, constituye un reflejo de la situación general difícil y tensa que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño de 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado estuvo libre de las tensiones anteriores; esto no significa que no hubiera nuevos problemas o dificultades. De manera especial, que la Divina Providencia sea alabada por ello, el periodo llamado "guerra fría" ha terminado sin un violento conflicto nuclear, una amenaza que pesaba sobre el mundo durante el período anterior" (palabras subrayadas por el propio Papa).

8 – Un aspecto esencial del nuevo Beato: “Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos”

Este es de nuevo un aspecto esencial, si se quiere entender más profundamente la personalidad del nuevo Beato para la Iglesia, Karol Wojtyla – Juan Pablo II. El fundamento de todos los esfuerzos de nuestra vida está en Dios. Estamos rodeados por el amor divino, por los resultados de la Redención y la Salvación. Pero hay que ayudar a que se arraigue profundamente en Dios mismo, debemos hacer todo lo posible para que se creen actitudes personalesy sociales arraigadas en la realidad de Dios. Esto requiere paciencia, tiempo y la capacidad de verlo todo a través de los ojos de Dios.

La última y breve peregrinación del papa Juan Pablo II a Polonia, más concretamente a su “patria chica", a Cracovia, Wadovice y al Camino de la Cruz (de Kalwaria Zebrzydowska), mostró una determinación, pero también una agudeza espiritual "en el proceso de maduración en el tiempo" para que toda la humanidad, especialmente la comunidad eclesial y cristiana, pudiese comprender mejor algunos de los aspectos fundamentales de la fe. Desde el comienzo de su pontificado, en 1978, Juan Pablo II hablaba a menudo en sus homilías de la misericordia de Dios. Esta se convirtió en el tema de su segunda Encíclica Dives in Misericordia, en 1980. Era consciente de que la cultura moderna y su lenguaje no tienen un lugar para la misericordia, tratándola como algo extraño, sino que tratan de inscribirlo todo en las categorías de la justicia y la ley. Pero esto no es suficiente, porque no es en absoluto la realidad de Dios.

9 – Confiar al mundo a la Divina Misericordia

Más tarde, el Papa tomó algunas medidas para finalizar el proceso de beatificación de sor Faustina Kowalska, y la canonización (2000). Toda la comunidad eclesial fue llevada a sentir la cercanía de esa persona tan íntimamente vinculada con el mensaje de la Misericordia, lo que facilitó el desarrollo de este tema para Juan Pablo II, mostrando la realidad de la Divina Misericordia en los muchos contextos alrededor del mundo, en los diversos continentes de la humanidad hoy.

Por último, en agosto de 2002, en Lagiewniki, donde sor Faustina vivió y murió, Juan Pablo II confió el mundo a la Divina Misericordia, a la confianza ilimitada en Dios, el Misericordioso, a Aquel que ha sido no solo una fuente de inspiración, sino también de la fuerza de su servicio como Sucesor de Pedro. “Es el Espíritu Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo "en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del "mysterium pietatis", es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32). Y así, el "convencer en lo referente al pecado", se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz "es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre" (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta verdad. (…) ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad. Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir "la chispa que preparará al mundo para su última venida" (Homilía en Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

Esto hizo los últimos meses en la vida del papa Juan Pablo II, marcados por el sufrimiento, llevando su Pontificado a su cumplimiento.

[Traducción del original en inglés realizada por ZENIT] 

Libertad religiosa para todos

VER

De cuando en cuando unos medios califican a católicos de nuestra diócesis como intolerantes, porque alguna comunidad indígena pone trabas a protestantes en la práctica de su fe y les impide hacer proselitismo; incluso les han expulsado y hasta les han dañado en sus propiedades. A pesar de que hemos insistido en el derecho que todos tenemos a practicar la religión de nuestra preferencia, en algunos lugares ni a mí me han hecho caso y lamentamos que hayan sucedido esas injusticias. Son decisiones que no pasan por la diócesis y las parroquias, sino que dependen de las asambleas ejidales, que ven la divergencia religiosa como un atropello a su unidad ancestral, unidad que es esencial en la cultura indígena. También los católicos sufrimos ofensas y descalificaciones por hermanos de otras confesiones, en sus emisoras no autorizadas y en sus visitas insistentes a los hogares católicos.

Por otra parte, cuando los obispos decimos que las leyes no respetan plenamente nuestro derecho a la libertad religiosa, responden que los artículos 24 y 130 de la Constitución ya reconocen ese derecho, y que lo que realmente ambicionamos es imponer nuestros dogmas y nuestra moral a todos los ciudadanos. Esto es falso. No quieren aceptar que esos artículos limitan la libertad religiosa al culto y la creencia, pero no garantizan libertad de expresión y participación. Pretenden reforzar el laicismo oficial, para impedirnos esas libertades.

JUZGAR

El Papa Benedicto XVI ha dedicado su Mensaje de la Jornada de la Paz, este 1 de enero de 2011, precisamente a "La libertad religiosa, camino para la paz". Entre otras cosas, afirma: "Se puede constatar con dolor que en algunas regiones del mundo la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida y la libertad personal. En otras regiones, se dan formas más silenciosas y sofisticadas de prejuicio y de oposición hacia los creyentes y los símbolos religiosos. Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral... Es inconcebible que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos -su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos".

Y describe lo que implica la libertad religiosa: "Toda persona ha de poder ejercer libremente el derecho a profesar y manifestar, individualmente o comunitariamente, la propia religión o fe, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, las publicaciones, el culto o la observancia de los ritos. No debería haber obstáculos si quisiera adherirse eventualmente a otra religión, o no profesar ninguna".

ACTUAR

Reitero mi insistente llamado a las comunidades donde persisten conflictos de intolerancia religiosa, en Chiapas y en otras latitudes, a respetar el justo derecho de todos a practicar su propia religión. Transcribo lo que dije el 21 de noviembre de 2001, en un evento de las Sociedades Bíblicas, al entregar la Biblia traducida al tsotsil de Chamula: "Hemos de aprender a respetarnos en nuestras legítimas diferencias y a no repetir agresiones y ofensas. No aprobamos ni promovemos expulsiones de quienes deciden profesar una religión diferente a la de la mayoría en una comunidad. Aunque sea un acuerdo tomado en asamblea comunitaria, es violatorio de derechos fundamentales de la persona humana. Toda expulsión o discriminación por motivos religiosos no es acorde con el Evangelio ni con nuestra ley civil, y por tanto la Iglesia Católica la rechaza y no la alienta. Los niños tienen derecho a ser aceptados en cualquier escuela, sean de la religión que fueren. Y para lograr este nuevo clima de libertad religiosa para todos, los líderes cristianos y las autoridades civiles debemos inculcar y exigir un gran respeto a la diversidad religiosa de las personas, de los grupos y de las comunidades".

Esperamos mayor madurez de nuestros legisladores, para que hagan avanzar el derecho de todos, creyentes y no creyentes, católicos y de otras confesiones, a la plena libertad religiosa.

Mensaje del Papa a las Academias Pontificias

Al Venerado Hermano

el cardenal Gianfranco Ravasi

Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura

Con ocasión de la XV Sesión Pública de las Academias Pontificias estoy contento de hacerle llegar mi cordial saludo, que de buen grado extiendo a los presidentes y a los académicos, en particular a usted, Venerado Hermano, que preside el Consejo de Coordinación. Dirijo también mi saludo a los señores cardenales, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los señores embajadores y a todos los participantes en esta cita anual.

Hace quince años, el Venerable Juan Pablo II instituyó el Consejo de Coordinación y el Premio de las Academias Pontificias ofreciendo un aliento significativo y un consistente impulso al desarrollo de sus actividades. Ahora, valorando atentamente cuanto se ha hecho, es oportuno fomentar a partir de ahora la renovación de todas y cada una de las Academias Pontificias, para que puedan ofrecer su contribución, de forma cada vez más eficaz, a la Sede Apostólica y a toda la Iglesia. Le pido por tanto a usted, Venerado Hermano, seguir con particular cuidado el recorrido de cada Institución, promoviendo, al mismo tiempo, un proceso de apoyo recíproco y de colaboración creciente.

La XV Sesión Pública ha sido preparada por la Pontificia Academia Mariana Internacional y por la Pontificia Academia de la Inmaculada, las cuales muy oportunamente han querido que en esta solemne reunión se recordara el 60º aniversario de la Proclamación del Dogma de la Asunción de María, proponiendo el tema: “La Asunción de María, signo de consuelo y de segura esperanza”. El 1 de noviembre de 1950, de hecho, durante un memorable Jubileo, el venerable Pío XII, promulgando la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, proclamaba solemnemente, en la Plaza de San Pedro, este Dogma. Unos años antes, en 1946, el padre Carlo Balić, O.F.M., había fundado la Academia Mariana Internacional precisamente para apoyar y coordinar el movimiento asuncionista.

En el difícil y delicado momento histórico que siguió a la conclusión de la segunda guerra mundial, Pío XII, con ese gesto solemne, quiso indicar no sólo a los católicos, sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad la singular figura de María como modelo y paradigma de la nueva humanidad redimida por Cristo: "Es de esperar – afirmaba – que todos aquellos que meditarán los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana […] y que se ponga ante los ojos de todos de forma luminosísima a qué excelso fin las almas y los cuerpos están destinados; finalmente, que la fe en la Asunción corporal de María al Cielo haga más firme y activa la fe en nuestra resurrección" (Munificentissimus Deus: AAS 42, 1950, 753-771). Considero de lo más actuales estos augurios, y yo también os invito a todos vosotros a dejaros guiar por María para ser anunciadores y testigos de la esperanza que brota de la contemplación de los Misterios de Cristo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

María, de hecho, como enseña el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Lumen gentium, es signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo de Dios peregrino en la historia: "La madre de Jesús, como en el cielo, glorificada ya en el cuerpo y en el alma, es la imagen y la primicia de la Iglesia que deberá tener su cumplimiento en la edad futura, y así brilla sobre la tierra como un signo de segura esperanza y de consuelo para el Pueblo de Dios, en camino hasta que vea el día del Señor (cfr 2 Pe 3,10)" (n. 68). En la Carta Encíclica Spe salvi, dedicada a la esperanza cristiana, no podía dejar de recordar el particular papel de María en sostener y guiar el camino de los creyentes hacia la patria del Cielo. Me dirigí a ella, invocándola como Estrella de la esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad (cfr n. 49). María es la estrella resplandeciente de luz y de belleza, que anuncia y anticipa nuestro futuro, la condición definitiva a la que Dios, Padre rico en misericordia, nos llama.

Los Padres y Doctores de la Iglesia, haciéndose eco también del sentimiento común de los fieles y reflexionando sobre lo que la liturgia celebraba, proclamaron el singular privilegio de María, ilustraron su luminosa belleza, que sostiene y nutre nuestra esperanza.

San Juan Damasceno, que dedicó a la Asunción de María tres magníficos Sermones, proclamados en Jerusalén en torno al año 740 en la que la tradición indica como la Tumba de María, afirma así: “Tu alma, de hecho, no descendió a los infiernos; tu carne no vio la corrupción. Tu cuerpo inmaculado y totalmente bello no se quedó en la tierra, al contrario, tu te sientas en el trono en el reino celestial como reina, señora, dominadora, la Madre de Dios, la verdadera engendradora de Dios asunta (al cielo)” (Homilía I sobre la Dormición: PG 96, 719).

A esta voz de la Iglesia de Oriente hace eco, entre las muchas del Occidente latino, la del cantor de María, san Bernardo de Claraval, el cual evoca así la Asunción: “Nuestra Reina nos ha precedido; nos ha precedido y ha sido recibida tan festivamente, que con confianza los siervos pueden seguir a su Señora diciendo: Llévanos contigo, correremos tras el olor de tus perfumes (Ct 1,3). Nuestra humanidad peregrina mandó delante a su Abogada que, siendo Madre del Juez y Madre de misericordia, podrá tratar con devoción y eficacia la causa de nuestra salvación. Nuestra tierra ha enviado hoy al cielo un precioso regalo para que, dando y recibiendo, se unan en un feliz intercambio de amistad lo humano a lo divino, lo terreno a lo celeste, lo ínfimo a lo sumo […]. Es la Reina de los cielos, es misericordiosa, es la Madre del Hijo unigénito de Dios" (In assumptione B.M.V, Sermo I: PL 183, 415).

Recorriendo, entonces, esa via pulchritudinis que el Siervo de Dios Pablo VI indicó como fecundo itinerario de investigación teológica y mariológica, quisiera notar la profunda sintonía entre el pensamiento teológico y místico, la liturgia, la devoción mariana y las obras de arte, que, con el esplendor de los colores y de las formas, cantan el misterio de la Asunción de María y su gloria celestial junto al Hijo. Entre estas últimas, os invito a admirar dos de ellas particularmente significativas en Roma: los mosaicos absidiales de las basílicas marianas de Santa María la Mayor y de Santa María in Trastevere.

Reflexión teológica y espiritual, liturgia, devoción mariana, representación artística forman verdaderamente un todo, un mensaje completo y eficaz, capaz de suscitar la maravilla de los ojos, de tocar el corazón y de provocar la inteligencia a una comprensión aún más profunda del misterio de María en el que vemos claramente reflejado y anunciado nuestro destino, nuestra esperanza.

Aprovecho, por tanto, esta ocasión para invitar a los expertos en Teología y Mariología a recorrer la via pulchritudinis y auguro que, también en nuestros días, gracias a una mayor colaboración entre teólogos, liturgistas y artistas, se puedan ofrecer a la admiración y a la contemplación de todos, mensajes incisivos y eficaces.

Para animar a cuantos quieren ofrecer la propia contribución a la promoción y a la realización de un nuevo humanismo cristiano, acogiendo la propuesta formulada por el Consejo de Coordinación, estoy contento de asignar ex aequo el Premio de las Pontificias Academias Eclesiásticas a la Marian Academy of India, joven y activa sociedad mariológico-mariana con sede en Bangalore (India) – representada por su presidente el Rev. Kulandaisamy Rayar –, y al Prof. Luìs Alberto Esteves dos Santos Casimiro por su poderosa Disertación doctoral con el título A Anunciação do Senhor na pintura quinhentista portuguesa (1500-1550). Análise geométrica, iconográfica e significado iconológico.

Deseo, además, que, como signo de aprecio y de aliento, se ofrezca la Medalla del Pontificado al Grupo "Gen Verde", expresión del Movimiento de los Focolares, por su compromiso artístico fuertemente impregnado de los valores evangélicos y abierto al diálogo entre pueblos y culturas.

Augurándoos, finalmente, un compromiso cada vez más apasionado en vuestros respectivos campos de actividad, os confío a cada uno de vosotros y a vuestro trabajo a la protección maternal de la Virgen María, la Tota Pulchra, la Estrella de la Esperanza, y de corazón le imparto a usted, señor cardenal, y a todos los presentes una especial Bendición Apostólica.

En el Vaticano, a 15 de diciembre de 2010

BENEDICTUS PP XVI

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Discurso del Papa al presidente de la Federación Luterana Mundial

Querido obispo Younan, queridos amigos luteranos,

Estoy contento de saludar a los representantes de la Federación Luterana Mundial con ocasión de vuestra visita oficial a Roma. Ofrezco mis más cordiales deseos al obispo Munib Younan y al reverendo Martin Junge por sus respectivas elecciones como presidente y secretario general, junto con mis oraciones mientras duren sus servicios.

Hace cinco años, al principio de mi pontificado, tuve la alegría de recibir a vuestros predecesores y de expresarles mi esperanza de que los contactos estrechos y el diálogo intensivo que habían caracterizado las relaciones ecuménicas entre católicos y luteranos continuasen producienro ricos frutos. Hoy podemos con gratitud hacer recuento de los muchos frutos significativos producidos en estas décadas de discusiones bilaterales. Con la ayuda de Dios ha sido posible, despacio y tranquilamente, quitar barreras y fomentar lazos visibles de unidad a través del diálogo teológico y la cooperación práctica, especialmente a nivel de comunidades locales.

El año pasado tuvo lugar el décimo aniversario de la firma de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, que ha supuesto un paso significativo en el difícil camino hacia el restablecimiento de la unidad plena entre los cristianos y un estímulo para una nueva discusión ecuménica. En estos años previos a la celebración del quinto centenario de los acontecimientos de 1517, los católicos y los luteranos estamos llamados a reflexionar nuevamente sobre adónde nos ha llevado nuestro camino hacia la unidad, y a implorar la guía y la ayuda del Señor para el futuro. Me complace señalar que, para la ocasión, la Comisión Internacional sobre la Unidad Luterana - Católico Romana está preparando un texto conjunto que documentará lo que los luteranos y los católicos son capaces de decir juntos en este momento respecto a nuestras cada vez más estrechas relaciones después de casi cinco siglos de separación.

Con el fin de aclarar aún más la comprensión sobre la Iglesia, que es el punto de atención principal del diálogo ecuménico hoy, la Comisión está estudiando el tema: el Bautismo y la creciente comunión eclesial.Es mi esperanza de que estas actividades ecuménicas proporcionen nuevas oportunidades para que los católicos y los luteranos sean cada vez más cercanos en sus vidas, su testimonio del Evangelio, y sus esfuerzos para llevar la luz de Cristo a todas las dimensiones de la sociedad.

En estos días de gozosa preparación para la celebración de la Navidad, confiémonos unos a otros, y nuestra búsqueda común de la unidad entre los cristianos al Señor, que es la verdadera novedad que sobrepasa todas nuestras expectativas humanas (cf. Ireneo, Adv. Haer., IV, 34, 1).

¡Que la paz y el gozo de este tiempo de Navidad esté con todos vosotros!

[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Comunicado de la Santa Sede ante la consagración ilícita en China

Ordenación episcopal en Chengde

(Provincia de Hebei, China Continental)

Respecto a la ordenación episcopal del Reverendo Joseph Guo Jincai, que ha tenido lugar el sábado 20 de noviembre corriente, se han recogido informaciones sobre lo que ha sucedido y se está ahora en grado de precisar cuanto sigue:

1. El Santo Padre ha conocido la noticia con profunda amargura, pues dicha ordenación ha sido conferida sin el mandato apostólico y, por ello, representa una dolorosa herida a la comunión eclesial y una grave violación de la disciplina católica (cfr Carta de Benedicto XVI a la Iglesia en China, 2007, n. 9).

2. Es sabido que, en los últimos días, diversos obispos han sido sometidos a presiones y a restricciones de su propia libertad de movimiento, con el fin de forzarles a participar y a conferir la ordenación episcopal. Dichas constricciones, realizadas por Autoridades gubernamentales y de seguridad chinas, constituyen una grave violación de la libertad de religión y de conciencia. La Santa Sede se reserva valorar con profundidad lo sucedido, entre otros puntos, respecto a la validez en lo que respecta a la posición canónica de los obispos implicados.

3. En todo caso, esto repercute dolorosamente, en primer lugar, sobre el Reverendo Joseph Guo Jincai que, a causa de esta ordenación episcopal, se encuentra en una gravísima condición canónica frente a la Iglesia en China y a la Iglesia universal, exponiéndose también a las duras sanciones previstas, en particular, por el canon 1382 del Código de Derecho Canónico.

4. Tal ordenación no solo no ayuda al bien de los católicos en Chengde, sino que les pone en una condición muy delicada y difícil, también desde el punto de vista canónico, y les humilla, porque las Autoridades civiles chinas quieren imponerles un Pastor que no está en plena comunión, ni con el Santo Padre ni con los demás obispos diseminados por el mundo.

5. Muchas veces, durante este año, la Santa Sede ha comunicado con claridad a las Autoridades chinas su propia oposición a la ordenación episcopal del Reverendo Joseph Guo Jincai. A pesar de ello, dichas Autoridades han decidido proceder unilateralmente, a costa de la atmósfera de respeto, fatigosamente creada con la Santa Sede y con la Iglesia católica a través de las recientes ordenaciones episcopales. Esta pretensión de ponerse por encima de los obispos y de guiar la vida de la comunidad eclesial no corresponde a la doctrina católica, ofende al Santo Padre, a la Iglesia en China y a la Iglesia universal, y hace más intrincadas las dificultades pastorales existentes.

6. El Papa Benedicto XVI, en su mencionada Carta de 2007, expresó la disponibilidad de la Santa Sede a un diálogo respetuoso y constructivo con las Autoridades de la República Popular China, con el fin de superar las dificultades y normalizar las relaciones (n. 4). Al reafirmar dicha disponibilidad, la Santa Sede constata con amargura que las Autoridades dejan a la dirección de la Asociación Patriótica Católica China, bajo la influencia del sr. Liu Bainian, asumir actitudes que dañan gravemente a la Iglesia católica y obstaculizan dicho diálogo.

7. Los católicos de todo el mundo siguen con particular atención el accidentado camino de la Iglesia en China: la solidaridad espiritual, con la que acompañan las vicisitudes de los hermanos y de las hermanas chinas, se convierte en ferviente oración al Señor de la historia, para que les sea cercano, acreciente su esperanza y fortaleza, y les de consuelo en el momento de la prueba.





24 de noviembre de 2010

[Traducción de la versión en italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Nota vaticana sobre las palabras del Papa y el preservativo

Al final del capítulo décimo del libro "Luz del mundo", el Papa responde a dos preguntas sobre la lucha contra el sida y el uso del preservativo, preguntas que se remontan a la discusión que siguió a las palabras pronunciadas por el Papa sobre este tema en su viaje a África, en 2009.

El Papa confirma con claridad que en esa ocasión no había querido tomar posición sobre el problema de los preservativos en general, sino que había querido afirmar con fuerza que el problema del sida no se puede resolver únicamente con la distribución de preservativos, pues es necesario hacer mucho más: prevenir, educar, ayudar, aconsejar, estar junto a las personas, ya sea para que no se enfermen, ya sea porque se han enfermado.

El Papa observa que también en el ámbito no eclesial se ha desarrollado una conciencia análoga, como lo demuestra la llamada teoría "ABC" (abstinence, be faithful, condom), en la que los dos primeros elementos (abstinencia y fidelidad) son mucho más determinantes y fundamentales para la lucha contra el sida, mientras que el preservativo se presenta en última instancia como una escapatoria, cuando faltan los otros dos elementos. Por tanto, debe quedar claro que el preservativo no es la solución del problema.

El Papa amplía después su mirada e insiste en el hecho de que concentrarse únicamente en el preservativo significa banalizar la sexualidad, que pierde su significado como expresión de amor entre personas y se convierte en una "droga". Luchar contra la banalización de la sexualidad es "parte del gran esfuerzo para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda ejercer su efecto positivo en el ser humano en su totalidad".

A la luz de esta visión amplia y profunda de la sexualidad humana y de su problemática actual, el Papa reafirma que "naturalmente la Iglesia no considera los preservativos como la solución auténtica y moral" al problema del sida.

De este modo, el Papa no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia, sino que la reafirma, poniéndose en la perspectiva del valor y de la dignidad de la sexualidad humana, como expresión de amor y responsabilidad.

Al mismo tiempo, el Papa considera una situación excepcional en la que el ejercicio de la sexualidad representa un verdadero riesgo par la vida del otro. En ese caso, el Papa no justifica moralmente el ejercicio desordenado de la sexualidad, pero considera que la utilización del preservativo para disminuir el peligro de contagio es "un primer acto de responsabilidad", "un primer paso en el camino hacia una sexualidad más humana", en lugar de no utilizarlo, poniendo en riesgo la vida de la otra persona. En este sentido, el razonamiento del Papa no puede ser definido como un cambio revolucionario.

Numerosos teólogos moralistas y autorizadas personalidades eclesiásticas han afirmado y afirman posiciones análogas; sin embargo, es verdad que no las habíamos escuchado aún con tanta claridad de los labios de un Papa, si bien de una manera coloquial y no magisterial.

Benedicto XVI nos da, por tanto, con valentía, una contribución importante para aclarar y profundizar una cuestión debatida desde hace tiempo. Es una contribución original, pues por una parte mantiene la fidelidad a los principios morales y demuestra lucidez a la hora de rechazar un camino ilusorio, como la "confianza en el preservativo"; por otra parte, manifiesta sin embargo una visión comprensiva y de amplias miras, atenta para descubrir los pequeños pasos --aunque sean sólo iniciales y todavía confusos-- de una humanidad espiritual y culturalmente con frecuencia muy pobre hacia un ejercicio más humano y responsable de la sexualidad.

[Traducción del original italiano por Jesús Colina]

Audiencia del Papa a la Asamblea General de la Unión de Superiores Generales

¡Queridísimos Hermanos y Hermanas!

Estoy contento de encontrarme con vosotros con ocasión de la Asamblea Semestral de la Unión de los Superiores Generales, que estáis celebrando, en continuidad con la del mayo pasado, sobre el tema de la vida consagrada en Europa. Saludo al Presidente, Don Pascual Chávez – a quien doy las gracias por las palabras que me ha dirigido- así como al Consejo Ejecutivo; un saludo particular al Comité Directivo de la Unión Internacional de los Superiores Generales y a los numerosos Superiores Generales. Extiendo mi pensamiento a todos vuestros hermanos y hermanas dispersos por el mundo, especialmente a los que sufren por dar testimonio del Evangelio. Deseo expresar mi sincero agradecimiento por todo lo que hacéis en la Iglesia y con la Iglesia a favor de la evangelización y del hombre. Pienso en las múltiples actividades pastorales en las parroquias, en los santuarios y en los centros de culto, por la catequesis y la formación cristiana de los niños, de los jóvenes y de los adultos, manifestando vuestra pasión por Cristo y por la humanidad. Pienso en el gran trabajo en el campo educativo, en las universidades y en las escuelas; en las múltiples obras sociales, a través de las cuales salís al encuentro de los hermanos más necesitados con el amor mismo de Dios. Pienso también en el testimonio, a veces arriesgado, de vida evangélica en las misiones ad gentes, en circunstancias a menudo difíciles.

Vuestras dos últimas Asambleas han estado dedicadas a considerar el futuro de la vida consagrada en Europa. Esto ha significado replantear el sentido mismo de vuestra vocación, que comporta, ante todo, buscar a Dios, quaerere Deum: sois por vocación buscadores de Dios. A esta búsqueda consagráis las mejores energías de vuestra vida. Pasáis de las cosas secundarias a las esenciales, es decir a lo que es verdaderamente importante; buscáis lo definitivo, buscáis a Dios, mantenéis la mirada puesta en Él. Como los primeros monjes, cultiváis una orientación escatológica: detrás de lo provisional buscáis lo que permanece, es decir lo que no pasa (cf. Discurso en el Colegio de los Bernardinos, París, 12 de septiembre de 2008). Buscáis a Dios en los hermanos que os ha dado, con los cuales compartís la misma vida y misión. Lo buscáis en los hombres y en las mujeres de nuestro tiempo, a los que estáis invitados a ofrecer, con la vida y la palabra, el don del Evangelio. Lo buscáis especialmente en los pobres, primeros destinatarios de la Buena Noticia (cf. Lc 4,18). Lo buscáis en la Iglesia, donde el Señor se hace presente, sobre todo en la Eucaristía y en los demás Sacramentos; y en su Palabra, que es vía maestra para la búsqueda de Dios, nos introduce en el coloquio con Él y nos revela su verdadero rostro. ¡Sed siempre buscadores apasionados y testigos de Dios!

La renovación profunda de la vida consagrada parte de la centralidad de la Palabra de Dios, y más en concreto del Evangelio, regola suprema para todos vosotros, como afirma el Concilio Vaticano II en el Decreto Perfectae caritatis (cf. n. 2) y como bien comprendieron vuestros Fundadores: la vida consagrada es una planta rica en ramas que hunde las raíces en el Evangelio. Lo demuestra la historia de vuestros Institutos, en los que la firme voluntad de vivir el Mensaje de Cristo y de configurar la propia vida según él, ha sido y continúa siendo el criterio fundamental del discernimiento vocacional y de vuestro discernimiento personal y comunitario. Es el Evangelio vivido cotidianamente el elemento que da fascinación y belleza a la vida consagrada y la presenta ante el mundo como una alternativa viable. Esto necesita la sociedad actual, esto espera de vosotros la Iglesia: que seáis Evangelio vivo.

Otro aspecto fundamental de la vida consagrada que querría destacar es la fraternidad: confessio Trinitatis (cf. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Vita consecrata, 41) y parábola de la Iglesia comunión. A través de ésta, de hecho, pasa el testimonio de vuestra consagración. La vida fraterna es uno de los aspectos que más buscan los jóvenes cuando se acercan a vuestra vida; es un elemento profético importante que ofrecéis en una sociedad fuertemente individualista. Conozco los esfuerzos que estáis haciendo en este campo, como conozco también las dificultades que la vida comunitaria comporta. Es necesario un serio y constante discernimiento para escuchar lo que el Espíritu dice a la comunidad (cf. Ap 2,7), para reconocer lo que viene del Señor y lo que le es contrario (cf. Vita consecrata, 73). Sin el discernimiento, acompañado de la oración y de la reflexión, la vida consagrada corre el peligro de acomodarse a los criterios de este mundo: el individualismo, el consumismo, el materialismo; criterios que hacen disminuir la fraternidad y hacen perder fascinación y penetración a la misma vida consagrada. Sed maestros del discernimiento, para que vuestros hermanos y vuestras hermanas asuman este habitus y vuestras comunidades sean signo elocuente para el mundo de hoy. Vosotros que ejercéis el servicio de la autoridad, y que tenéis tareas de guía y de proyección del futuro de vuestros Institutos Religiosos, recordad que una parte importante de la animación espiritual y del gobierno es la búsqueda común de los medios para favorecer la comunión, la comunicación mutua, la calidez y la verdad en las relaciones recíprocas.

Un último elemento que quiero evidenciar es la misión. La misión es el modo de ser de la Iglesia y, en ella, de la vida consagrada; forma parte de vuestra identidad; os empuja a llevar el Evangelio a todos, sin límites. La misión, sostenida por una fuerte experiencia de Dios, por una robusta formación y por la vida fraterna en comunidad, es una clave para comprender y revitalizar la vida consagrada. Id, por tanto, y en fidelidad creativa haced vuestro el desafío de la nueva evangelización. Renovad vuestra presencia en los aerópagos de hoy para anunciar, como hizo san Pablo en Atenas, al Dios “desconocido” (cf. Discurso en el Colegio de los Bernardinos).

Queridos Superiores Generales, el momento actual presenta para no pocos Institutos el dato de la disminución numérica, especialmente en Europa. Las dificultades, sin embargo, no deben hacernos olvidar que la vida consagrada tiene su origen en el Señor: es querida por Él para la edificación y la santidad de su Iglesia, y por eso la misma Iglesia nunca estará privada de ella. Mientras os aliento a caminar en la fe y en la esperanza, os pido un renovado compromiso en la pastoral vocacional y en la formación inicial y permanente. Os confío a la Bienaventurada Virgen María, a vuestros Santos Fundadores y Patrones, mientras de corazón os imparto mi Bendición Apostólica, que extiendo a vuestras Familias religiosas.





[Traducción del original italiano por Patricia Navas

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Relación entre Iglesia y Estado

VER

Estando los obispos del país reunidos en asamblea plenaria, nos visitó el Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa, con algunos de su gabinete. Nos presentó su visión sobre la inseguridad y la violencia, así como la estrategia que sigue el gobierno para combatir el narcotráfico y la corrupción. Nos habló de la situación económica, la generación de empleos, la atención a la salud y la prioridad de la educación. Por nuestra parte, se le expusieron algunos puntos que nos preocupan y ofrecimos nuestra leal colaboración para trabajar junto con todas las instancias en la reconstrucción de nuestra patria, en justicia, verdad, libertad, paz y reconciliación, teniendo como base la dignidad de la persona humana, más allá de credos políticos o religiosos.

En días pasados, el Presidente Nicolás Sarkosy dijo en Roma, después de su entrevista con el Papa: "Francia no olvida que con la Iglesia tiene una historia común de dos mil años y que hoy comparte con ella un tesoro inestimable de valores morales, de cultura, de civilización, que se han inscrito en su identidad. La Iglesia, con los medios espirituales que le son propios, la República Francesa con sus medios políticos, sirven a muchas causas comunes. Entonces, ¿por qué no se hablan? ¿Por qué no podrían trabajar juntas? Creo en la distinción de lo espiritual y lo temporal como un principio de libertad. Creo en la laicidad como un principio de respeto. Pero la Iglesia no puede quedar indiferente ante los problemas de la sociedad a la que pertenece, así como la política no puede quedar indiferente ante el hecho religioso y los valores espirituales y morales. No hay religión sin responsabilidad social, no hay política sin moral".

JUZGAR

No faltará quien critique que el Presidente de nuestro país dialogue con los obispos, alegando que se viola el laicismo del Estado y se atenta contra la separación. No tengan temor. No buscamos alianzas estratégicas con fines electorales, ni bendecir todo lo que haga un gobierno, sino juntos enderezar las baterías contra los enemigos comunes, como dijo el Papa Benedicto XVI al recibir al nuevo Embajador de Chile ante la Santa Sede:

"Quisiera subrayar que, si bien la Iglesia y el Estado son independientes y autónomos en su propio campo, ambos están llamados a desarrollar una colaboración leal y respetuosa para servir la vocación personal y social de las mismas personas. En el cumplimiento de su misión específica de anunciar la buena nueva de Jesucristo, la Iglesia busca responder a las expectativas y a los interrogantes de los hombres, apoyándose también en valores y principios éticos y antropológicos que están inscritos en la naturaleza del ser humano. Cuando la Iglesia alza su voz frente a los grandes retos y problemas actuales, como las guerras, el hambre, la pobreza extrema de tantos, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, o la promoción de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer y primera responsable de la educación de los hijos, no actúa por un interés particular o por principios que sólo peden percibir los que profesan una determinada fe religiosa. Respetando las reglas de la convivencia democrática, lo hace por el bien de toda la sociedad y en nombre de valores que toda persona puede compartir con su recta razón". Y agrega algo que también se puede afirmar de la Iglesia en nuestra patria: "A este respecto, el pueblo chileno sabe bien que la Iglesia en esa nación colabora sincera y eficazmente, y desea seguir haciéndolo, en todo aquello que contribuya a la promoción del bien común, del justo progreso y de la pacífica y armónica convivencia de todos los que viven en esa hermosa tierra" (7-X-2010).

ACTUAR

Escuchémonos con respeto, y no queramos imponer sólo nuestra voz, menos con demagógicos gritos estentóreos y con descalificaciones sistemáticas a quienes piensan y actúan en trincheras distintas. Todos somos corresponsables del país y debemos aprender a unir fuerzas, siendo independientes y autónomos, pero con una colaboración leal y respetuosa, buscando sólo el bien nacional.

Carta del delegado pontificio para los Legionarios de Cristo

Roma, 19 de octubre de 2010

A los legionarios de Cristo
y a los miembros consagrados del 
Regnum Christi.

Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor:

Desde la primera carta que os envié el 10 de julio pasado, al comenzar la tarea que el Santo Padre me quiso confiar para con los Legionarios de Cristo y el movimiento Regnum Christi, unido a ellos, han transcurrido tres meses. Ha sido un tiempo de vacaciones de verano, durante el cual el trabajo es más ligero.

Sin embargo, ha sido un tiempo precioso para el camino emprendido. Muchos han hecho sentir su voz, enviando sus escritos o hablando personalmente conmigo. Han sido muchos. Desgraciadamente no he podido escuchar a todos los que lo deseaban. Pero el camino, que se prevé todavía largo, lo permitirá más adelante. Tampoco he podido responder a tantos que han hecho sentir su voz por escrito. No pocos han querido enviarme sus felicitaciones y saludos. Evidentemente no puedo responder a cada uno personalmente.

Aprovecho con gusto la ocasión para agradecer a todos los que se han hecho presentes: los que simplemente han querido saludarme y felicitarme, los que han querido contar también la historia de su vocación y expresar su voluntad de permanecer fieles a la propia vocación religiosa y sacerdotal en la Legión, como fidelidad a Dios y a la Iglesia; los que han ofrecido también sus sugerencias para el camino de renovación que estamos llamados a recorrer, sea para advertir de los peligros que se corren cuando se actúa arrebatados por el deseo de cambio, sea para animar a cambiar y a renovar la congregación. Estoy seguro de que todos se mueven con el deseo de actuar buscando el bien; y ciertamente todos subrayan aspectos que se han de tener presentes en el camino.

Quisiera invitar a la reflexión. Cada uno de nosotros -incluso con la mejor buena voluntad- normalmente es parcial en su visión y valoración de los hechos y de las exigencias de renovación; por tanto, en vez de crear contraposiciones para hacer triunfar la propia visión, es necesario que cada uno mire también a los demás y esté abierto y disponible a la valoración de otros. De la valoración y de las contribuciones de todos, estamos llamados a un discernimiento que nos lleve al camino del cambio en la continuidad de la misma vida de la Congregación. De hecho, no se puede negar que no pocas cosas se han de cambiar o mejorar tras una seria ponderación; otras, y son las fundamentales, acerca de la vida religiosa y sacerdotal, se han de conservar y promover.

Lo importante es sobre todo que cada cual se mueva por el deseo de bien y de la voluntad de convertirse siempre más al Señor, bajo la guía de la Iglesia, para estar disponibles a su voluntad y progresar en el camino de la fidelidad y de la santidad, según la vocación propia. Si se procede unidos y respetándose unos a otros, el camino será expedito y seguro; si nos dejamos llevar por la voluntad de prevalecer, y de imponer las propias ideas contra los demás, el naufragio es cierto.

Por tanto, la responsabilidad es grande y cada uno la debe sentir ante la propia conciencia, ante Dios, ante la Iglesia y la Congregación. Con este espíritu y con este ánimo, os envío esta carta con la cual comunico alguna noticia y alguna reflexión sobre el camino recorrido y sobre la perspectiva futura.

I. Conclusión del marco para el acompañamiento

1. En la presentación de la carta pontificia de nombramientoprecisé que determinaciones ulteriores se darían luego con la publicación del decreto del Secretario de Estado, que tiene fecha de 9 de julio de 2010. Se trata de un decreto que ya se os comunicó y que conocéis. En este Decreto se precisó un punto fundamental que se ha de tener presente: con el nombramiento del Delegado Pontificio la Legión no es puesta bajo un «comisario», sino que es acompañada en su camino a través del Delegado Pontificio. De hecho, el Decreto Pontificio reconoce y confirma a los superiores actuales. Esto significa, por una parte, que los superiores permanecen en sus cargos según las constituciones; y por otra parte, que la primera instancia para tratar los problemas de la Legión misma son los superiores, a los cuales los religiosos están invitados a dirigirse en primer lugar.

2. Al mismo tiempo precisé que mi función se habría de activar plenamente sólo cuando se me hubieran dado los consejeros, que me servirían de ayuda en mi tarea como Delegado Pontificio. En estos días ha sido comunicada la noticia de estos consejeros. Ellos son:

* S.E. Mons. Brian Farrell, L.C., secretario del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos. 
* P. Gianfranco Ghirlanda, S.I., ex rector de la Pontificia Universidad Gregoriana.
* Mons. Mario Marchesi, vicario general de la diócesis de Cremona.
* P. Agostino Montan, C.S.I., director del Ufficio per la vita consacrata de la diócesis de Roma y vicedecano de la facultad de teología de la Pontificia Universidad Lateranense.

3. Hay también una precisión en relación con el movimiento Regnum Christi, particularmente para las personas consagradas. S.E. Mons. Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid, fue constituido visitador de los consagrados en el movimiento Regnum Christi. Tal visita será actuada bajo la responsabilidad del Delegado Pontificio y en coordinación con su responsabilidad sobre toda la Legión de Cristo y el movimiento Regnum Christi. El movimiento Regnum Christi es un bien precioso indivisiblemente asociado a la Legión. Esta debe sentir la responsabilidad sobre él y continuar ofreciéndole su solicitud; pero también esta relación debe ser objeto de una reflexión serena, y forma parte del camino de renovación que corresponde a la Legión misma y a sus constituciones, también en referencia a los miembros del Regnum Christi.

4. Inicio de una nueva fase

Todavía aclaro que mi encargo de Delegado Pontificio no es tampoco el de un visitador apostólico, que tiene la misión fundamental de encontrarse con personas, recoger informaciones para tener un cuadro de la situación real y ofrecer a la Autoridad competente sugerencias y propuestas a modo de soluciones para resolver las situaciones no conformes con el ideal evangélico de la vida religiosa.

La tarea del visitador ha sido realizada por cinco obispos encargados por el Santo Padre para visitar toda la Congregación.

Tal misión se ha prolongado durante casi un año. El resultado ha sido presentado al Santo Padre, que ha indicado, con el nombramiento de su Delegado, el camino ulterior, que ya no consiste en el de un visitador o comisario, sino en el de acompañar el camino de renovación, particularmente en vistas de un Capítulo Extraordinario que tendrá que elaborar un texto constitucional que se ha de someter a la Sede Apostólica. Se trata de un camino que tendrá que partir de las indicaciones surgidas de la visita apostólica y hechas propias por la Santa Sede, para que a partir de esa base nos encaminemos hacia la necesaria renovación.

Es una tarea que corresponde a todos y por tanto, todos deben estar comprometidos y responsabilizados. Pero es evidente que tal misión compete sobre todo a los superiores que están llamados a organizar, estimular, suscitar y comprometer a todos, activa y ordenadamente, en esta renovación. Llegados a este punto del camino de la Congregación es extremadamente importante que los Superiores desarrollen bien su tarea.

Este es también el auxilio principal que el Delegado Pontificio está llamado a ofrecer. El Santo Padre, al iniciar esta nueva fase del camino, ha renovado su confianza en la Congregación; tal confianza podrá tener un resultado positivo sólo si a ella sigue la confianza de los Legionarios, que están calurosamente invitados a abandonar sospechas y desconfianzas y a obrar concreta y positivamente para el bien de la Legión, sin quedarse todavía en el pasado y sin alimentar divisiones. Tras la fase de la visita apostólica, sigue la nueva de la reconstrucción y de la renovación. Es esa fase a la que estamos llamados a insertarnos.

II. Noticias y valoraciones

1. En los tres meses que han pasado tras la publicación de mi nombramiento y la de mis consejeros, he mantenido diversos encuentros -aun cuando estuviéramos en período de verano y, por tanto, de vacaciones- con los superiores del instituto, sea para tratar algunos problemas urgentes que iban surgiendo de vez en cuando, sea también para dar respuestas a expectativas que estaban en el aire y a veces para ofrecer precisiones sobre cuestiones que la praxis iba requiriendo.

2. Tuve así varios encuentros con la dirección general, y hace poco con la dirección general y los superiores provinciales que se encontraban en Roma. No se trató tanto de tomar decisiones, postergadas para cuando fueran nombrados los cuatro consejeros del Delegado Pontificio; más bien se reflexionó sobre aspectos de orden general y se comenzaron a individuar algunas cuestiones que quedan por afrontar, sobre los procedimientos a adoptar, sobre los problemas que aclarar, etc. Se han presentado también -aun cuando de manera muy sintética- algunos elementos surgidos de la reflexión de los visitadores de la misma congregación. Se habló de la relación entre la situación personal del fundador y la realidad carismática y espiritual de la misma Legión; se intentó también una primera reflexión sobre el problema del ejercicio de la autoridad dentro de la Legión; sobre el tema de la libertad de conciencia, de los confesores y de los directores espirituales; se reflexionó sobre el camino a recorrer para la revisión de las constituciones, con una referencia particular a la estructura de estas, en la relación entre normas constitucionales y otras; se buscó también aclarar bien la relación entre los superiores: de la Legión y el Delegado Pontificio; y otros argumentos del gobierno de la Congregación.

3. Se individuaron algunos problemas para los que se prevé que será necesaria la constitución de una comisión: sobre todo y principalmente la comisión para la revisión de las constituciones; pero se prospecta también la necesidad de una comisión de acercamiento de quienes de diversas maneras elevan pretensiones en relación con la Legión, y de una comisión para los problemas de orden económico.

4. No faltó tampoco una mención a los tiempos que se prevén, para concluir el camino. De parte de los legionarios se descubre un deseo de agilizar los tiempos. Pero se insistió en la necesidad de tomar el tiempo necesario, que se calcula de al menos dos o tres años o incluso más.

5. Al leer las numerosas cartas que me han llegado, en línea general se trata de reacciones positivas. Se agradece al Santo Padre por su intervención y por el nombramiento del Delegado Pontificio; se expresa la propia disponibilidad para colaborar con el mismo Delegado y se asegura la oración; se agradece al Señor por la vocación recibida y se expresa confianza en la congregación de los Legionarios, en la que se quiere perseverar. Los seminaristas en general se han limitado a expresar su voluntad de perseverar en la vocación. Algunos sacerdotes han expresado también sugerencias, perplejidades, dudas y dificultades, sobre todo en relación con la reglamentación y la praxis sobre el foro interno, sobre el ejercicio de la autoridad y sobre el nombramiento de los superiores o los cambios; sobre la formación; alguno ha pedido un tiempo de reflexión como extra domum, o ha expresado su voluntad de abandonar la misma congregación.

III. Algunos puntos específicos de mayor importancia

1. Hechos del fundador y reacción de los Legionarios

La mayor parte de los legionarios, ante la situación del fundador, ha reaccionado positivamente reafirmando la gratitud a Dios por su vocación y descubriendo todo el bien que la Legión había realizado y está realizando todavía. Por lo demás, la Legión ha sido aprobada por la Iglesia y no puede no ser considerada como una obra de Dios, al servicio de su Reino y de la Iglesia. Las responsabilidades del fundador no pueden ser transferidas simplemente a la misma Legión de Cristo.

2. Superiores actuales y su responsabilidad

Una dificultad resulta recurrente y es sentida por algunos, según la cual los actuales superiores no podían no conocer las culpas del fundador. Al callarlas habrían mentido. Pero se sabe que el problema no es tan simple. Las distintas denuncias publicadas en los periódicos desde los años 90 eran bien conocidas, también para los superiores de la congregación. Pero otra cosa es tener las pruebas de lo fundado de tales denuncias y más todavía la certeza de ellas. Esta llegó sólo mucho más tarde y gradualmente. En casos semejantes la comunicación no es fácil. Se impone la exigencia de reencontrar la confianza, para la necesaria colaboración.

3. El carisma de la Legión

Otra cuestión muy delicada es la del carisma de la misma Legión. La falta de distinción entre normas constitucionales y normas de derecho quizás ha dañado la individuación del carisma mismo. Pero parece innegable que resulta suficientemente claro y preciso; y es además actual como nunca. Se requiere reflexión y profundización.

Quisiera mencionar un sólo aspecto. La cultura actual está secularizada, infectada de inmanentismo y relativismo. Tal mentalidad caracteriza la cultura de nuestro tiempo y las personas que hoy crean opinión o se consideran detentadoras de la cultura. Es cuestión de cultura y cuestión por tanto de liderazgo: o sea de personas en cuyas manos reside la conducción de la sociedad. Estamos ante una sociedad que ya no muestra a personajes de espesor cultural cristiano y marcadamente católico. Al mismo tiempo sabemos que la fe no puede ser reconducida sólo al nivel privado.

La sociedad de hoy para ser cristianizada tiene necesidad de personas que puedan asumir la responsabilidad de la sociedad del mañana, que se formen en las escuelas y en las universidades, de sacerdotes, personas consagradas y laicos comprometidos, bien formados, de apóstoles de la nueva evangelización.

El pasado debe guiarnos a insertarnos en el presente. La Iglesia ha plasmado el pasado, ha contribuido a una visión cristiana de la vida, a través de los monasterios, las universidades, los estudios y la cultura. La Iglesia reafirma esto cuando habla de nueva evangelización y proyecta un nuevo dicasterio para la nueva evangelización. Pienso que la congregación de los Legionarios de Cristo encuentra precisamente en este campo su espacio de servicio a la Iglesia. Y esto hace esperar lo mejor para el futuro.

IV. Reflexión conclusiva

A mí me parece que se puede y se debe esperar en un positivo camino de renovación. Hay en el horizonte tantos signos que hacen pensar en una meta positiva al término del camino. El shock provocado por las acciones del fundador fue de un impacto terrible, capaz de destruir la misma congregación, como, por lo demás, tantos vaticinaban. En cambio ella no sólo sobrevive, sino que está casi intacta en su vitalidad. La gran mayoría de los legionarios ha sabido leer la historia de la propia vocación, no tanto en relación con el fundador, sino en relación con el misterio de Cristo y de la Iglesia, y renovar su propia fidelidad a Cristo en la Iglesia, en la Legión.

La capacidad de leer en una dimensión sobrenatural su situación, les permitió no extraviarse ni perderse. La estrella polar de la fidelidad a la Iglesia y de la obediencia al Papa les ha preservado de desalientos fáciles y abandonos. No pocos han contado su reacción a los acontecimientos. La gran parte afirma que no ha tenido ninguna duda al reconfirmar su propia fidelidad y el propio empeño ante Dios y la Iglesia. Más de uno ha comunicado que tuvo una primera reacción de enojo y casi de rabia, con la sensación de haber sido traicionado; pero luego se ha recuperado. Alguno ha considerado incluso el dejar la Legión, para entrar en una diócesis. Pero se ha tratado, en definitiva, de pocos, que han elegido tal camino.

Alguna disminución se ha tenido en la promoción vocacional. En estos casos la dificultad viene particularmente de los parientes, que no han sabido discernir suficientemente -en medio del gran clamor de los medios de comunicación- la verdad de la falsificación. Desgraciadamente en esta vorágine de opinión pública se ha dejado llevar algún legionario que ha desistido del compromiso de promoción vocacional.

En el camino que queda por recorrer, se anida quizás un peligro que se ha de mencionar y es típico de las situaciones de este tipo. En el caso de los Legionarios de Cristo se está viviendo una especie de paradoja. Para los institutos religiosos en general se lamenta que en nombre de la renovación postconciliar requerido por el Concilio se perdió la disciplina y el sentido de la autoridad, con un cierto relajamiento también en la práctica de los consejos evangélicos y con una crisis vocacional impresionante, no obstante la riqueza de la teología sobre la vida religiosa que se desarrolló en este período; para los legionarios, en cambio, se trata de abrirse más a esta renovación postconciliar de la disciplina y del ejercicio de la autoridad. El peligro de ir más allá y de activar un mecanismo de falta de compromiso en la disciplina y en la vida espiritual es real; y serpentea particularmente entre algún sacerdote y religioso. Este peligro es temido incluso por el Superior General, quien, expresando al Papa su compromiso de obediencia y de fidelidad, pedía sin embargo, que el instituto en este camino de renovación sea preservado de este peligro, o sea del peligro de que el empeño por la renovación se transforme en falta de disciplina y relajación.

Renuevo mi invitación a todos ustedes para que intensifiquen en este período su oración. El Ángel del Señor dijo al profeta Elías: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti» (1R 19, 7). Así también nosotros nos acercamos con confianza a la fuente inacabable de la Eucaristía, donde Cristo mismo es nuestro Sostén y Compañero de viaje. Que Dios os bendiga a todos.

Afectísimo,
+ Velasio De Paolis, C.S.


Discurso del Papa a los miembros de la prensa católica mundial

Señores cardenales,

venerados hermanos,

ilustres señores y señoras

Os acojo con alegría al término de las cuatro jornadas de intenso trabajo promovidas por el Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales y dedicadas a la prensa católica. Os saludo cordialmente a todos vosotros – procedentes de 85 países – que trabajáis en los diarios, semanarios o en otros periódicos y sitios de Internet. Saludo al presidente del dicasterio, el arzobispo Claudio Maria Celli, a quien doy las gracias por haberse hecho intérprete de los sentimientos de todos, como también a los secretarios, al subsecretario, a todos los oficiales y al personal. Estoy contento de poder dirigiros una palabra de ánimo a continuar, con renovadas motivaciones, vuestro importante y cualificado compromiso.

El mundo de los media está atravesado por una profunda transformación también en su interior. El desarrollo de las nuevas tecnologías y, en particular, la difundida multimedialidad, parece poner en discusión el papel de los medios más tradicionales y consolidados. Oportunamente, vuestro Congreso se detiene a considerar el papel peculiar de la prensa católica. Una atenta reflexión sobre este campo, de hecho, hace surgir dos aspectos particulares: por un lado la especificidad del medio, la prensa, es decir, la palabra escrita y su actualidad y eficacia, en una sociedad que ha visto multiplicarse antenas, parabólicas y satélites, que se han convertido casi en el emblema de una nueva forma de comunicar en la era de la globalización. Por otro lado, la connotación “católica”, con la responsabilidad que deriva de ella de ser fieles de modo explícito y sustancial, a través del compromiso diario de recorrer el camino maestro de la verdad.

La búsqueda de la verdad debe ser perseguida por los periodistas católicos con mente y corazón apasionados, pero también con la profesionalidad de operadores competentes y dotados de medios adecuados y eficaces. Esto resulta aún más importante en el actual momento histórico, que pide a la figura misma del periodista, como mediador de los flujos de la información, llevar a cabo un cambio profundo. Hoy, por ejemplo, en la comunicación tiene un peso cada vez mayor el mundo de la imagen con el desarrollo de tecnologías siempre nuevas; pero si por una parte todo ello comporta indudables aspectos positivos, por otra la imagen puede también convertirse en independiente de la realidad, puede dar vida a un mundo virtual, con varias consecuencias, la primera de las cuales es el riesgo de la indiferencia hacia la verdad. De hecho, las nuevas tecnologías, junto a los progresos que conllevan, pueden hacer intercambiable lo verdadero y lo falso, pueden inducir a confundir lo real con lo virtual. Además, la grabación de un acontecimiento, alegre o triste, puede ser consumida como espectáculo y no como ocasión de reflexión. La búsqueda de los caminos para una auténtica promoción del hombre pasa entonces a segundo plano, porque el acontecimiento es presentado principalmente para suscitar emociones. Estos aspectos suenan como campana de alarma: invitan a considerar el peligro de que lo virtual aleje de la realidad y no estimule a la búsqueda de lo verdadero, de la verdad.

En este contexto, la prensa católica está llamada, de modo nuevo, a expresar hasta el fondo sus potencialidades y a dar razón día a día de su misión irrenunciable. La Iglesia dispone de un elemento facilitador, desde el momento en que la fe cristiana tiene en común con la comunicación una estructura fundamental: el hecho de que el medio y el mensaje coinciden; de hecho, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, es al mismo tiempo mensaje de salvación y medio a través del cual se realiza la salvación. Y esto no es un simple concepto, sino una realidad accesible a todos, también a cuantos, aún viviendo como protagonistas en la complejidad del mundo, son capaces de conservar la honradez intelectual propia de los “pequeños” del Evangelio. Además la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, presente al mismo tiempo en todas partes, alimenta la capacidad de relaciones más fraternales y más humanas, poniéndose como lugar de comunión entre los creyentes y, al mismo tiempo, como signo e instrumento de la vocación de todos a la comunión. Su fuerza es Cristo, y en su nombre ésta “persigue” al hombre por los caminos del mundo para salvarlo del "mysterium iniquitatis", insidiosamente operante en él. La prensa católica evoca de forma más directa, respecto a cualquier otro medio de comunicación, el valor de la palabra escrita. La Palabra de Dios ha llegado a los hombres y nos ha sido entregada también a través de un libro, la Biblia. La palabra sigue siendo el instrumento fundamental y, en un cierto sentido, constitutivo de la comunicación: ésta se utiliza hoy bajo varias formas, y también en la llamada “civilización de la imagen” conserva todo entero su valor.

A partir de estas breves consideraciones, parece evidente que el desafío comunicativo es, para la Iglesia y para cuantos comparten su misión, muy comprometido. Los cristianos no pueden ignorar la crisis de fe que ha llegado a la sociedad. O simplemente, confiar en que el patrimonio de los valores transmitido a lo largo de siglos pasados pueda seguir inspirando y plasmando el futuro de la familia humana. La idea de vivir “como si Dios no existiese” se ha demostrado deletérea: el mundo necesita más bien vivir “como si Dios existiese”, aunque no tenga la fuerza de creer, o de lo contrario éste produce sólo un “humanismo inhumano”.

Queridísimos hermanos y hermanas, quien trabaja en los medios de comunicación, si no quiere ser solo “una campana que resuena o un platillo que retiñe” (1Cor13,1) – como diría san Pablo – debe tener fuerte en sí mismo la opción de fondo que le capacita para tratar las cosas del mundo poniendo siempre a Dios en la cima de la escala de valores. Los tiempos que estamos viviendo, aún teniendo una notable carga positiva, porque los hilos de la historia están en las manos de Dios y su diseño eterno se revela cada vez más, están marcados también por muchas sombras. Vuestra tarea, queridos miembros de la prensa católica, es la de ayudar al hombre contemporáneo a orientarse a Cristo, único Salvador, y la de mantener encendida en el mundo la llama de la esperanza, para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro. Por esto os exhorto a renovar constantemente vuestra elección personal por Cristo, bebiendo de esos recursos espirituales que la mentalidad mundana minusvalora, a pesar de que son preciosos, más aún, indispensables. Queridos amigos, os animo a proseguir en vuestro no fácil empeño y os acompaño con la oración, para que el Espíritu Santo lo haga siempre provechoso. Mi bendición, llena de afecto y gratitud, que imparto de buen grado, quiere abrazaros a todos vosotros aquí presentes y a cuantos trabajan en la prensa católica en todo el mundo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

¿Qué es un rito?

Por Hani Bakhoum Kiroulos

ROMA,  (ZENIT).- Ante la próxima Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Tierra Santa, ofrecemos a nuestros lectores un nuevo artículo de fondo para contribuir a un mejor conocimiento de las iglesias de Oriente, sus ritos, su liturgia y su vida eclesial. Escrito por el padre Hani Bakhoum Kiroulos, doctor en derecho canónico, fue publicado originalmente por la edición de ZENIT en árabe.

* * * * *

El término “rito” no es una innovación de la cristiandad, sino que ha sido retomado por la Iglesia y ha sido utilizado con toda su riqueza y su ambigüedad.

Rito y liturgia

El término “rito” siempre ha tenido un sentido religioso ligado a la esfera litúrgica que permanece hasta nuestros días. Ya la Vulgata hacía de este término un sinónimo de ceremonia, de prescripciones y de costumbres ligadas a la liturgia.

Con el “rito” la Iglesia indicaba al principio la praxis de una cierta liturgia, como el rito de la aspersión del agua o el rito de añadir el agua en el vino en la Santa Misa. Después empieza a indicar una ceremonia de culto, es decir, toda la función litúrgica, como el rito del bautismo y el rito de la misa por ejemplo; o incluso, indicaba con el término “rito”, el conjunto de la misma liturgia, como el rito romano, o el rito ambrosiano en Milán [1].

Rito entre ley y disciplina

A finales del siglo XII, con Celestino III (1191- 1198), el término “rito” fue usado para indicar el conjunto de leyes o de costumbres que deben respetarse y observarse atentamente. Celestino III, de hecho, impedía mezclar los diversos ritos a los obispos griegos que intentaban imponer la observancia de sus ritos y costumbres al clero latino.

A continuación, el rito comenzó a indicar a toda la comunidad que observa estas leyes, disciplina y liturgia. Aparece, por tanto, el sentido de “iglesia particular”.

Rito e iglesia particular

Desde el siglo XVII se comienza a hablar del rito Latino, del rito Armenio y del rito Griego. Aparece, por tanto, este nuevo significado del término “rito” como iglesia particular.

La primera codificación oriental seguía usando el término “rito” en sus diversos significados siguiendo el código de 1917. Por ejemplo, el Motu Proprio Cleri Sanctitati [2] de Pío XII en el can. 200 utiliza el término “rito” en el sentido de ceremonia litúrgica. El Motu Proprio Crebrae Allatae [3], en cambio, en el can. 86 § 1. 2° con el término “rito” indica a los fieles que pertenecen a una iglesia particular..

Del Vaticano II al Código de los Cánones de las Iglesias Orientales

El Concilio utiliza el término “rito” de dos formas distintas – o por decirlo mejor – de dos formas complementarias [4]. En la primera el Concilio Vaticano II abre una nueva dimensión al término “rito” dándole una nueva definición. En la segunda forma el Concilio utiliza el término “rito” con el significado ya recibido en el pasado.

Por una parte, el decreto conciliar Orientalium Ecclesiarum [5], que es un decreto sobre las Iglesias Orientales, en el num. 3 da una definición bien precisa del término “rito”: “Estas Iglesias particulares, tanto de Oriente como de Occidente, aunque sean en parte diferentes entre sí por razón de los llamados ritos – es decir, por liturgia, por disciplina ecclesiástica y patrimonio espiritual” [6]. Se observa, por tanto, que con el término “rito” se indica el conjunto del patrimonio litúrgico, disciplinar y espiritual de una iglesia particular. Definiendo así el término “rito” el Concilio prolonga su sentido recibido ya desde el pasado y le atribuye un sentido canónico.

El Concilio Vaticano II sigue utilizando el término “rito” indicando también el conjunto de los actos litúrgicos o la misma función, por ejemplo: en el num. 71 del SC [7] utiliza la expresión “rito de la Confirmación”; en el num. 19 del PO [8] “rito de la Ordenación”, etc.

Por otra parte, el Concilio Vaticano II utiliza el término “rito” como sinónimo de “iglesia particular”. De hecho, el decreto conciliar Orientalium Ecclesiarum, en los nn. 2, 3, 4 y, también, en el título del párrafo usa esta expresión: “Las Iglesias Particulares o los Ritos”. Para el Concilio Vaticano II, por tanto, el término “rito” es una expresión con la que se entiende también la “iglesia particular”.

A continuación, el Codex Iuris Canonici [9] de 1983 simplifica la terminología dando un solo y único sentido al término “iglesia particular”. Con la iglesia particular en el Codex Iuris Canonici se entiende sólo la diócesis. Mientras que con el término “rito” se entienden las celebraciones litúrgicas, como se afirma en el can. 2.

Para las Iglesias orientales que están en comunión con Roma el Codex Iuris Canonici, en diversos cánones, usa el término “iglesia ritual sui iuris”. Se observa, también, que el Codex Iuris Canonici sigue utilizando el término “rito” para indicar una iglesia oriental.

En el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, el can. 28 § 1, da una definición muy precisa de la noción “rito”:

El rito es el patrimonio litúrgico, teológico, espiritual y disciplinar, distinto por cultura y circunstancias históricas de los pueblos, que se expresa en un modo de vivir la fe que es propio de cada Iglesia sui iuris.

Se observa de este cánon que el rito se convierte en el patrimonio de un grupo. Este patrimonio no es común, por tanto, a todas las Iglesias orientales: cada una tiene el suyo.

El rito es un patrimonio que tiene cuatro elementos esenciales: litúrgico y teológico, espiritual y disciplinar. Éste es depósito y totalidad de una comunidad religiosa en su conjunto.

La noción “rito”, de esta forma, recibe una riqueza y claridad por primera vez en la historia de la Iglesia. Se convierte en la manera en que un pueblo vive su propia fe.

El Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium no se queda sólo en definir la noción de “rito”, al contrario, para evitar cualquier ambigüedad, establece su nacimiento y origen:

28 § 2. Los ritos de los que se trata en el Código son, a menos que no conste lo contrario, los que tienen origen en las tradiciones Alejandrina, Antioquena, Armenia, Caldea y Costantinopolitana.

Cinco son las tradiciones, las matrices, de todos los ritos, La tradición es el origen del rito. La misma tradición, incluso, podría ser el origen de varios ritos distintos.

Concluyendo, se observa que en el Codex Canonum Ecclesiarum Orientalium la noción “rito” toma el sentido de patrimonio y con él se expresa la manera de un grupo de vivir su propia fe en su totalidad litúrgica, espiritual, cultural y disciplinar.


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1) Cfr. E. EID, Rite, Église de Droit Propre e Juridiction, en L’année canonique, 40 (1998), 7.

2) AAS, 49 (1957) 433- 600.

3) AAS, 41 (1949) 89- 117.

4) Cfr. E. EID, Rite, Église de Droit Propre e Juridiction, 9.

5) CONCILIUM OECUMENICUM VATICANUM II, Decretum de Ecclesiis Orientalibus Catholicis, Orientalium Ecclesiarum, (21.XII. 1964), in AAS, 57 (1965), 76- 89.

6) OE 3.

7) CONCILIUM OECUMENICUM VATICANUM II, Constitutio de Sacra Liturgia, Sacrosanctum Concilium, (4. XII. 1963), in AAS, 56 (1964) 97- 138.

8) CONCILIUM OECUMENICUM VATICANUM II, Decretum de Presbyterorum Ministerio et Vita, Presbyterorum Ordinis, (7. XII. 1965), in AAS, 58 (1966) 991- 1204.

9) I. PAULI II PP., Codex Iuris Canonici, in AAS, 75 (1983), pars II, 1– 317.



Carta del Papa para el VII Encuentro Mundial de las Familias

Venerable Hermano
Cardenal ENNIO ANTONELLI
Presidente del Consejo Pontificio para la Familia

Al final del VI Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Ciudad de México en enero de 2009, anuncié que la siguiente cita de las familias católicas de todo el mundo con el Sucesor de Pedro tendría lugar en Milán, en 2012, sobre el tema La familia: el trabajo y la fiesta. Deseando ahora empezar la preparación de ese evento tan importante, estoy contento de precisar que se celebrará, si Dios quiere, del 30 de mayo al 3 de junio, y de ofrecer, al mismo tiempo, algunas indicaciones más detalladas sobre la temática y la manera de actuar.

El trabajo y la fiesta están íntimamente ligados a la vida de las familias: condicionan las decisiones, influyen en las relaciones entre los cónyuges y entre los padres y los hijos, e inciden en la relación de la familia con la sociedad y con la Iglesia. La Sagrada Escritura (cf Gn 1-2) nos dice que familia, trabajo y día festivo son dones y bendiciones de Dios para ayudarnos a vivir una existencia plenamente humana. La experiencia cotidiana confirma que el desarrollo auténtico de la persona incluye tanto la dimensión individual, familiar y comunitaria, como las actividades y las relaciones funcionales, así como la apertura a la esperanza y al Bien sin límites.

En nuestros días, por desgracia, la organización del trabajo, pensada y realizada en función de la competencia del mercado y del máximo beneficio, y la concepción de la fiesta como oportunidad de evasión y de consumo, contribuyen a disgregar la familia y la comunidad y a difundir un estilo de vida individualista. Por eso hay que promover una reflexión y un compromiso dirigidos a conciliar las exigencias y los momentos del trabajo con los de la familia y a recuperar el verdadero sentido de la fiesta, especialmente de la dominical, pascua semanal, día del Señor y día del hombre, día de la familia, de la comunidad y de la solidaridad.

El próximo Encuentro Mundial de las Familias constituye una ocasión privilegiada para replantear el trabajo y la fiesta desde la perspectiva de una familia unida y abierta a la vida, bien integrada en la sociedad y en la Iglesia, atenta a la calidad de las relaciones además de a la economía del mismo núcleo familiar. El evento, para lograr un éxito verdaderamente fructífero, no debe permanecer aislado, sin embargo, sino colocarse en un adecuado itinerario de preparación eclesial y cultural. Auspicio por tanto que ya durante el año 2011, XXX aniversario de la Exhortación apostólica Familiaris consortio, "magna charta" de la pastoral familiar, se pueda emprender un itinerario válido con iniciativas en el ámbito parroquial, diocesano y nacional, encaminadas a mostrar experiencias de trabajo y de fiesta en sus aspectos más reales y positivos, con particular referencia a su efecto en la experiencia concreta de las familias. Que familias cristianas y comunidades eclesiales de todo el mundo se sientan por ello interpeladas e implicadas y se pongan solícitamente en camino hacia “Milán 2012”.

El VII Encuentro Mundial tendrá, como los anteriores, una duración de cinco días y culminará el sábado por la tarde con la “Fiesta de los Testimonios” y el domingo por la mañana con la Misa solemne. Estas dos celebraciones, que yo presidiré, nos mostrarán a todos los reunidos como “familia de familias”. El desarrollo del evento en su conjunto estará preparado para armonizar completamente las diversas dimensiones: oración comunitaria, reflexión teológica y pastoral, momentos de fraternidad y de intercambio entre las familias acogidas y las del lugar y eco mediático.

Que el Señor recompense desde ahora, con abundantes favores celestiales, a la arquidiócesis ambrosiana por su generosa disponibilidad y compromiso organizativo al servicio de la Iglesia Universal y de las familias pertenecientes a tantas naciones.

Mientras invoco la intercesión de la santa Familia de Nazaret, dedicada al trabajo cotidiano y asidua en las celebraciones festivas de su pueblo, Le imparto de corazón, venerable Hermano, y a sus Colaboradores la Bendición Apostólica que, con especial afecto, extiendo de buen grato a todas las familias comprometidas en la preparación del gran Encuentro de Milán.

Desde Castel Gandolfo, 23 de agosto de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción del original italiano por Patricia Navas

©Libreria Editrice Vaticana]

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Benedicto XVI: El obispo, hombre de oración

CASTEL GANDOLFO- Ofrecemos a continuación el primer discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió, el pasado sábado 11 de septiembre, a los obispos recientemente nombrados, que se encuentran estos días en Roma, al comienzo de su ministerio, participando en varios seminarios de formación y simposios.

* * * * *

Queridos hermanos en el Episcopado,

Estoy contento de acogeros y os saludo con gran afecto, con ocasión de vuestro curso de actualización que la Congregación para la Evangelización de los Pueblos ha promovido para vosotros, obispos recientemente nombrados. Estas jornadas de reflexión en Roma, para profundizar en los deberes de vuestro ministerio y para renovar la profesión de vuestra fe sobre la tumba de san Pedro, son también una experiencia singular de colegialidad, fundada en la ordenación episcopal y en la comunión jerárquica. Que esta experiencia de fraternidad, de oración y de estudio en la Sede Apostólica acreciente en cada uno de vosotros la comunión con el Sucesor de Pedro y con vuestros Hermanos, con los que compartís la solicitud por toda la Iglesia. Doy las gracias al cardenal Ivan Dias por sus cordiales palabras, como también al monseñor secretario y al monseñor secretario adjunto que, junto con los colaboradores del dicasterio, han organizado este simposio.

Sobre vosotros, queridos Hermanos, llamados desde hace poco al ministerio episcopal, la Iglesia pone no pocas esperanzas, y os sigue con la oración y con el afecto. Yo también quiero aseguraros mi cercanía espiritual en vuestro servicio cotidiano al Evangelio. Conozco los desafíos que tenéis que afrontar, especialmente en las comunidades cristianas que viven su propia fe en contextos difíciles, donde, además de las diversas formas de pobreza, se comprueban a veces formas de persecución a causa de la propia fe cristiana. A vosotros toca el deber de alimentar su esperanza, de compartir sus dificultades, inspirándoos en la caridad de Cristo que consiste en la atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad e interés en los problemas de la gente, por la cual se está dispuesto a empeñar la vida (cfr Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Misionera Mundial 2008, n. 2).

En cada una de vuestras tareas sois sostenidos por el Espíritu Santo, que en la Ordenación os ha configurado a Cristo, sumo y eterno Sacerdote. De hecho, el ministerio episcopal se comprende sólo a partir de Cristo, la fuente del Sacerdocio único y supremo, del cual el Obispo es hecho partícipe. Por tanto, “se esforzará en adoptar un estilo de vida que imite la kénosis de Cristo siervo, pobre y humilde, de manera que el ejercicio de su ministerio pastoral sea un reflejo coherente de Jesús, Siervo de Dios, y lo lleve a ser, como Él, cercano a todos, desde el más grande al más pequeño” (Juan Pablo II, Exhort. ap. Pastores gregis, 11). Pero, para imitar a Cristo, es necesario dedicar un tiempo adecuado a "estar con él" y contemplarlo en la intimidad orante del coloquio corazón a corazón. Estar frecuentemente en presencia de Dios, ser hombre de oración y de adoración: a esto sobre todo está llamado el Pastor. A través de la oración él, como dice la Carta a los Hebreos (cfr 9,11-14), se convierte en víctima y altar, para la salvación del mundo. La vida del Obispo debe ser oblación continua a Dios por la salvación de su Iglesia, y especialmente para la salvación de las almas que le han sido confiadas.

Esta oblatividad pastoral constituye también la verdadera dignidad del Obispo: ésta le viene del hacerse siervo de todos, hasta dar la propia vida. El episcopado, de hecho – como el presbiterado – nunca debe ser mal entendido según categorías mundanas. Éste es servicio de amor. El Obispo está llamado a servir a la Iglesia con el estilo del Dios hecho hombre, siendo cada vez más plenamente siervo del Señor y siervo de la humanidad. Él es sobre todo servidor y ministro de la Palabra de Dios, la cual es su verdadera fuerza. El deber primero del anuncio, acompañado por la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, brota de la misión recibida, como subraya la Exhortación Apostólica Pastores gregis: "Aunque el deber de anunciar el Evangelio es propio de toda la Iglesia y de cada uno de sus hijos, lo es por un título especial de los Obispos que, en el día de la sagrada Ordenación, la cual los introduce en la sucesión apostólica, asumen como compromiso principal predicar el Evangelio a los hombres y hacerlo 'invitándoles a creer por la fuerza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva'” (n. 26). De esta Palabra de salvación, el Obispo debe nutrirse abundantemente, poniéndose en continua escucha de ella, como dice san Agustín: “Aunque somos pastores, el pastor escucha con temblor no sólo lo que se dirige a los pastores, sino también lo que se dirige al rebaño" (Discurso 47, 2). Al mismo tiempo, la acogida y el fruto de la proclamación de la Buena Noticia están estrechamente ligados a la calidad de la fe y de la oración. Cuantos son llamados al ministerio de la predicación deben creer en la fuerza de Dios que brota de los Sacramentos y que les acompaña en la tarea de santificar, gobernar y anunciar; deben creer y vivir cuanto anuncian y celebran. Al respecto, resultan actuales las palabras del Siervo de Dios Pablo VI: "Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación" (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 76).

Sé que las comunidades a vosotros confiadas se encuentran, por así decirlo, en las “fronteras” religiosas, antropológicas y sociales y, en muchos casos, son presencia minoritaria. En estos contextos, la misión de un Obispo es particularmente comprometida. Pero es precisamente en estas circunstancias en las que, a través de vuestro ministerio, el Evangelio puede mostrar toda su potencia salvífica. No debéis ceder al pesimismo y al desánimo, porque es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia y le da, con su soplo poderoso, el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para alcanzar ámbitos hasta ahora inexplorados. La verdad cristiana es atrayente y persuasiva precisamente porque responde a la necesidad profunda de la existencia humana, anunciando de forma convincente que Cristo es el único Salvador de todo el hombre y de todos los hombres. Este anuncio permanece válido hoy como lo fue al principio del cristianismo, cuando se llevó a cabo la primera gran expansión misionera del Evangelio.

¡Queridos Hermanos en el Episcopado! Es en el poder del Espíritu Santo donde vosotros tenéis la sabiduría y la fuerza de hacer de vuestras Iglesias testigos de salvación y de paz. Él os guiará en los caminos de vuestro ministerio episcopal, que confío a la intercesión maternal de María Santísima, Reina de los Apóstoles. Por mi parte, os acompaño con la oración y con una afectuosa Bendición Apostólica, que imparto a cada uno de vosotros y a todos los fieles de vuestras comunidades.

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